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María Folguera: «El amor por sí mismo no resuelve nada, ni los conflictos ni los desencuentros»

Hermana. (Placer) está basada en hechos reales, aunque la autora madrileña ficciona y fantasea. En la novela, la narradora se propone acabar con el drama y el sacrificio como única versión de la vida de algunas de las escritoras más relevantes de la literatura española.

Gloria Aznar

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La escritora María Folguera. Foto: Danilo Moroni.

La escritora María Folguera. Foto: Danilo Moroni.

María Folguera es escritora, dramaturga, directora de escena y gestora cultural. Hermana. (Placer), de Alianza Editorial, es su última novela, una historia basada en hechos reales. En ella, la autora indaga sobre lo que callaron algunas autoras que admira, como Elena Fortún, Rosa Chacel, Matilde Ras, Carmen Laforet, María Lejárraga o Teresa de Jesús. Una obra que habla de amistad, maternidad y mujeres en días de pandemia.

¿Por qué ha escogido estas escritoras?
Todo empezó en mis años de estudiante. A la hora de pensar en referentes que me sirvieran de modelo, todas las escritoras que se me presentaban como canónicas estaban muy marcadas por el sacrificio, el martirio, el sufrimiento y el fracaso vital.

¿Es una cuestión únicamente femenina?
Hay muchos escritores cuya vida no necesariamente la cuentan tan marcada por el sufrimiento. Siempre pongo el ejemplo de Hemingway porque tardas un tiempo en enterarte de que se suicidó. Mientras que de Virginia Woolf, hasta hace poco era como una especie de coletilla trágica, como de epíteto. Entonces, poco a poco fui acumulando esta sensación de necesidad de revisar ese canon y surgió esta idea para una novela en la que la protagonista escribe una Enciclopedia de los Buenos Ratos de las Escritoras.

Todas las escritoras que se me presentaban como canónicas estaban muy marcadas por el sacrificio, el martirio, el sufrimiento y el fracaso vital.

¿Ha pensado en escribir una enciclopedia similar?
Nunca me lo he planteado porque sería exhaustivo. Pero lo que me permite la ficción es imaginar esa enciclopedia, de la A a la Z, dedicada a algo aparentemente inaprensible como son los placeres. Me parecía una especie de reverso necesario, de hablar de ellas no ya desde sus biografías sufridas y fallidas, sino de sus momentos de triunfo, de conquista personal e incluso de placer. 

Desmitifica la maternidad. Es un tema que de un tiempo a esta parte empieza a tratarse.
Sí. Afortunadamente ya llevamos un par de años con novedades editoriales o con mujeres que están en las redes sociales dando otras versiones desde el humor o desde la denuncia. Creo que tenemos suerte de que la lucha de tanto tiempo esté dando estos frutos. De hecho, ahora se están publicando en España títulos que en el campo anglosajón llevan décadas circulando y nosotros teníamos pendiente este compartir visiones y desacralizar.

¿Usted es madre?
Sí. Y desde mi experiencia y desde la mayoría de las que conozco, evidentemente es un enorme aprendizaje e incluso un gran placer porque tienes la suerte de recibir en tu vida a nuevas personas que amas, pero por sí solo no llena el mundo. El mundo es enorme, está lleno de frustración y de retos, donde la maternidad, la paternidad o el amor en general no solucionan nada por sí mismos. Y lo mismo se puede decir de la pareja. El amor por sí mismo no resuelve nada, ni los conflictos ni los desencuentros entre personas.

¿Todavía cuesta hablar abiertamente del placer femenino?
Creo que sí. Por ejemplo, en alguna entrevista me han preguntado por mis grandes placeres y principalmente hablo de que ahora que mi hija tiene 5 años por fin puedo tenerla cerca viendo cómo ella juega y se entretiene mientras yo leo un libro. Y veo que no estoy tan lejos de ese complejo que tenían Zenobia Camprubí o María Lejárraga, en el sentido de que necesitaban justificarse siempre y presentarse desde la entrega, desde el servicio, desde el ser solícita y facilitar la vida a los demás. A mí me cuesta muchísimo reservar tiempo para mí, perder el tiempo, entre comillas.

Entre comillas...
Fíjate, uso también las comillas, igual que María Lejárraga lo hacía para hablar de menudísimos goces. Creo que sigue operando esa autosospecha sobre una misma de no estar haciéndolo lo suficientemente bien. Y eso me interesa. Me interesa esa especie de juicio sobre la vida propia y cómo nos refugiamos en las mitologías para reforzar esas dinámicas cotidianas. Si miramos las mitologías desde otros lugares, creo que lo podemos cuestionar y no sé si liberarnos en un futuro. 

En ocasiones se consigue a medida que se cumplen años.
Entre los 25 y los 35 son años hipercríticos con una misma. A lo mejor por eso he elegido la amistad de las dos protagonistas en esa franja, en la que forjas un lugar en el mundo laboral, una imagen, una relación o bien amorosa o bien familiar.

Me cuesta muchísimo reservar tiempo para mí, perder el tiempo, entre comillas. Fíjate, las uso como hacía María Lejárraga para hablar de menudísimos goces.

También plasma la precariedad de la vida en general y del teatro en particular.
Sí. La obra recoge la vida de las personas que se dedican a la cultura en este país y no esconde tampoco que quien tenga los recursos familiares o personales que no le está dando la remuneración directa de esos trabajos dispone de una especie de colchón o un descanso.

Gracias a la tradición familiar mediterránea.
Sí. Pertenecemos a una cultura muy apegada a la familia, que a mí me parece bien. La parte buena es que nos ayudamos mucho, pero también podemos llegar a crear unos lazos de los que no vemos vida más allá de esos apoyos familiares. Yo lo veo clarísimo con la crianza. Siento que o tienes apoyos familiares o desde luego es muy difícil criar a un hijo o hija a solas en una ciudad con los ritmos laborales y urbanos.

¿La famosa conciliación?
En sí misma no existe. De hecho, mientras hablo contigo, mi hija está jugando con mi madre y eso me permite tener un poco de quietud mental, que te pueda contestar tranquilamente y no sentir que me ahogo. No sentir que no puedo estar a la altura de ese personaje que a lo mejor tiene que responder una entrevista con soltura.

O tienes apoyos familiares o desde luego es muy difícil criar a un hijo o hija a solas en una ciudad con los ritmos laborales y urbanos.

En 'Hermana. (Placer)' las dos protagonistas son antagónicas.
Me inspiraba mucho esa diferencia. Una es el arraigo y la otra, lo nómada. Y no necesariamente una está mejor posicionada que la otra o envidia a la otra. Ambas son amigas porque se complementan muy bien en sus diferencias, porque se inspiran. Una es orden y método, con esa casa, esa pareja, esa familia, ese trabajo, esa visión más estable de la vida. Y la otra necesita escapar y a la vez se atreve a hacer algunas cosas que la que tiene más arraigo no se atrevería jamás. Esto está inspirado en una amistad real, que es Julia de Castro, actriz, música y cantante. Hay un cierto morbillo entre lo que es real y lo que es ficción.

Ahora se están publicando en España títulos sobre la maternidad que en el campo anglosajón llevan décadas circulando. Teníamos pendiente este compartir visiones y desacralizar.

Porque no queda claro.
Soy consciente y lo acepto. En el momento en que tú escribes a partir de tu realidad, aunque luego ficciones, es muy normal que la gente que tiene un poco de cercanía personal esté con la lupa buscando qué ocurrió. Pero es una escritura sin compromiso biográfico. Me gustó mucho una frase que me dijo alguien, que fue “Todo lo que parece verdad es mentira y todo lo que parece mentira, es verdad”. Creo que ese es el mejor resumen para decir qué ha pasado entre esas dos amigas en la vida real.

María Folguera. Foto: Danilo Moroni.

El hilo conductor es Elena Fortún. Vuelve a ella constantemente.
No fue una decisión consciente. He investigado muchísimo sobre Elena Fortún y para mí es un gran referente, pero no pretendía que fuera el hilo conductor. Naturalmente, es una de las autoras que aparecen en la enciclopedia, porque también decidí en un momento dado que serían solo escritoras españolas. Y Elena Fortún tiene una serie de materiales autobiográficos relacionados con el secreto, con la culpabilidad, con la pareja, con la sumisión, con la maternidad e incluso con el deseo que me parece una fuente tan rica, que no me despegué de ahí.

Hay que leerla.
A ella y a Carmen Martín Gaite, a Ana María Matute, a Rosa Chacel… Me dejé fuera a Mercè Rodoreda, que me encanta, y creo que también biográficamente es muy potente y muy inspiradora. Si algún día escribo la segunda parte, aparecerá Mercè Rodoreda. También me he dejado fuera a Emilia Pardo Bazán. En una Enciclopedia de los Buenos Ratos de las Escritoras su entrada ocuparía varias páginas, seguro.

En la pandemia se ha demostrado cómo la cultura y el circo entre ella nos ha sanado mentalmente, nos ha ayudado a salir de la obsesión y del miedo.

¿Usted tiene sentido de la deuda como su personaje?
Sí, totalmente. Me he inspirado en mí misma. Es esa sensación de que cuando los demás esperan algo de ti, inmediatamente tienes que corresponder a sus peticiones. De lo contrario no sé qué especie de engaño cósmico tenemos, que nos creemos que si decimos que no, se va a tambalear el universo. Es lo mismo que hablábamos antes. Es decir, pensamos que si perdemos el tiempo va a haber una especie de catástrofe en nuestro entorno y no es así. La vida continúa, somos prescindibles e incluso a veces para hacer bien el trabajo es mejor decir que no a muchas cosas o renunciar, que es una palabra que a mí me cuesta.

¿Le cuesta renunciar?
Sí. Quizá por esa especie de activismo por la conciliación o porque no quiero elegir entre gestión cultural y creación. Entonces, he desterrado la renuncia de mi vida, pero no hago bien porque creo que es una herramienta que hay que utilizar en favor de una misma. Si una quiere tener una hija, escribir y además trabajar en gestión cultural puede hacerlo, pero tiene que saber que la renuncia es una especie de herramienta crítica que puede venir en su auxilio para decir hasta aquí, para excluir ciertos compromisos o simplemente poner protección a lo que ya tienes.

Somos prescindibles e incluso a veces para hacer bien el trabajo es mejor decir que no a muchas cosas o renunciar, que es una palabra que a mí me cuesta.

Me imagino el viaje del novio como una bala de cañón. ¿El circo está peor que el teatro?
El circo de empresa, de carpa, de familia ha sufrido muchísimo porque es un negocio que se sustentaba sobre la asistencia de espectadores. El circo es un arte en evolución y plural. Es decir, no hay un único tipo de circo y es un superviviente. Lleva muchas décadas adaptándose desde la llegada del cine y de la televisión en su momento y ahora a internet, al siglo XXI.

¿Continúa igual de vivo?
Sigue vivo y seguirá estándolo. Pero es frágil y hay que cuidarlo, igual que hay que cuidar el libro, el teatro o la danza porque además creo que es un espacio de metáforas y una manera de estar en el presente que puede enseñarnos muchísimo. Y de hecho, para mí en este tiempo de pandemia se ha demostrado cómo la cultura y el circo entre ella nos ha sanado mentalmente, nos ha ayudado a salir de la obsesión y del miedo.

¿El verdadero arte es contestatario al poder?
Yo diría que el verdadero arte se relaciona con el poder, inevitablemente. Más que contestatario, dialoga. Desde mi punto de vista, el arte nunca termina de emanciparse del poder, siempre está en negociación porque para compartir el arte utilizamos los espacios de poder, utilizamos el ágora, sea la plaza pública, sean los teatros privados o públicos, los libros están sometidos a leyes, a los vaivenes de la economía, de la sociología... Entonces, creo que no es ni un espacio libre ni mágico. Por eso también es necesario un arte crítico, autocrítico y consciente de esa dependencia del poder. 

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