Más de Cultura

Cultura Entrevista

Mónica Rouanet: «La sociedad te dice cómo tienes que actuar para aceptarte o rechazarte»

La autora del best-seller del confinamiento ‘Despiértame cuando acabe septiembre’, vuelve con un thriller social inquietante y plagado de misterio en No oigo a los niños jugar.

Gloria Aznar

Whatsapp
La escritora Mónica Rouanet. Foto: Marta Calvo

La escritora Mónica Rouanet. Foto: Marta Calvo

Una clínica psiquiátrica para jóvenes, un edificio con una historia y un pasado… Alma ingresará en el centro tras sufrir un grave accidente de coche. Allí tendrá que convivir con otros internos y se cruzará con unos niños a los que solo ella puede ver. Poco a poco la joven desentrañará los secretos guardados entre los muros por largo tiempo. No oigo a los niños jugar (Roca Editorial) es el nuevo thriller de Mónica Rouanet, una crítica social que pone sobre la mesa el tabú de las enfermedades mentales y su estigma. Desde hace más de diez años, Mónica Rouanet atiende a personas en riesgo y dificultad social. Como escritora ha publicado con Roca Editorial Donde las calles no tienen nombre y Despiértame cuando acabe septiembre.

¿Colegios como el de la novela existían?
El edificio de la novela había sido una residencia de niños sordos. Actualmente es un colegio público en el que el 85% de los alumnos son oyentes, pero sigue siendo un centro de atención a los niños con deficiencia severa auditiva. Yo trabajé en él en 2016.

¿Hay alguna cosa real?
La novela es ficción.

«El dolor es el olvido. El pasar desapercibido, que nadie te tenga en cuenta, cuando llega un momento en que prefieres ser olvidado que rechazado».

La sordera es un tabú, incluso en algunas familias. De hecho, hay una frase que dice «apresan el paso para que no sepan que es sordo».
Sí. Todos pensamos, desde nuestra propia perspectiva y bagaje, que los demás padres están pendientes de sus hijos. Pero hay familias que no. De hecho, cuando estaba trabajando teníamos un chaval de 15 años que era sordo y la familia se enteró a los seis años. Hasta entonces pensaban que era tonto.

¿En qué medida le influyó Amenábar?
En nada.

Plantea algo muy inquietante, el dolor después de la muerte.
El dolor es el olvido. El pasar desapercibido, que nadie te tenga en cuenta, cuando llega un momento en que prefieres ser olvidado que rechazado. Ese es un dolor muy fuerte con el que tienes que vivir y con el que tienes que mantenerte después de muerto, en el caso de la novela.

¿Le gustan las palomas?
No. Pero yo subí a esas dos plantas que todavía están deshabitadas en el edificio, abrí una puerta y allí había un montón de excrementos de pájaros. Había palomas vivas que habían roto la ventana para entrar, pero una vez dentro ya no encontraban el agujero para salir. Para poder mantenerse se picoteaban unas a otras y se bebían la sangre. Era aterrador.

«Parece que todos los temas mentales nos dan pánico y no queremos afrontarlos. Les damos la espalda en lugar de ponerles una solución a tiempo».

En la novela, los jóvenes no padecen sordera, pero sí otros problemas. ¿En la locura vemos solo lo que queremos ver?
Cuando se tiene un hijo con problemas en las piernas, se lleva al traumatólogo. Pero si lo que sufre es depresión o ansiedad, se dice que son cosas de la edad y no se quiere ni mirar. Parece que todos los temas mentales nos dan pánico y no queremos afrontarlos. Les damos la espalda en lugar de ponerles una solución a tiempo, lo que no generaría una bola enorme que dificulta el desarrollo de las personas, sobre todo en la infancia y la adolescencia. Y eso es lo que yo quiero contar con la novela. Hay que empatizar con ellos, estar pendiente de ellos, ayudar en todo lo posible. No hace falta que todos seamos psicólogos. Simplemente que estemos atentos y que los tratemos como lo que son, como personas normales con una patología específica. Son personas que tienen una disfunción y que por ese lado necesitan algún tipo de apoyo o ayuda médica. Y aquí parece que es todo lo contrario.

Lo dibuja con las visitas de los padres. ¿Hasta qué punto la familia en la que naces te forma?
Lo es todo, siempre. La familia y la ausencia de ella. Las personas nacemos y lo primero que creamos es el vínculo con esa otra persona que te coge, que te toca, que te alimenta, que te da calor, que te cuida. Ese vínculo te va a durar toda la vida. Pero la ausencia de vínculo o un vínculo mal establecido genera muchísimos trastornos mentales. Por eso es tan importante siempre la relación que se tiene con la familia o con la primera persona que te acoge.

«Lo ideal sería que estuviéramos abiertos a que nada se excluyera. Si yo acepto que todo el mundo sea distinto y único, nadie se quedaría fuera porque nadie parecería raro».

Insiste en separar responsabilidad de culpa, por ejemplo en el caso de Alma.
Cuando algo se hace mal, hay que responsabilizarse de los actos y ponerles solución, pero la culpa no es responsabilidad. La culpa hace responsable negativamente de lo que ha ocurrido. Es solo un cartel que dice 'culpable', pero detrás no hay responsabilidad de mejorar, de salvar ese daño que se ha hecho.

Todos sus personajes son adictos.
No. Solo Luna. Alma tiene un shock postraumático y una disociación.

Ferran…
Tiene una adicción a todo lo que tenga que ver con la sexualidad. Luna es adicta a todas las sustancias que haya. Y Mario padece esquizofrenia paranoide. Este personaje está basado en un chico argentino que sufría esa patología. Era como yo quería que fuera Mario. Es Facu y el libro está dedicado a él. La pena es que murió dos meses después de que yo terminara de escribirlo.

Y no lo pudo leer.
No. Tampoco lo hubiera podido leer. El padre sí, y le ha gustado. Allí quedará, en Mario, un poquito de su hijo Facu. Me gustó el poder escribirlo y contar con su colaboración porque aparte del tema médico, también sé cómo es el día a día con este tipo de personas.

Personas diversas. Siempre es el mismo problema social.
Somos completamente diferentes, aunque tengamos la misma edad, hayamos crecido en el mismo lugar, nos hayamos educado en el mismo colegio e incluso en la misma familia. Y los chicos que yo reflejo en la novela y todos los que están ingresados en la clínica psiquiátrica tienen cada uno una patología diferente y actúan de manera distinta ante los mismos estímulos.

«Cuando algo se hace mal, hay que responsabilizarse de los actos y ponerles solución, pero la culpa no es responsabilidad. La culpa hace responsable negativamente de lo que ha ocurrido».

A todo el mundo se le llena la boca cuando habla de la diversidad. Pero, ¿está la sociedad preparada?
No. Pero es imposible abarcar toda la diversidad en el momento en el que estamos. Esperemos que en un futuro sí que se pueda. Incluirlo todo es muy complicado porque hay cosas que son muy puntuales y porcentajes muy mínimos. Lo ideal sería que estuviéramos abiertos a que nada estuviera excluido. Si yo acepto que todo el mundo sea distinto y único, nadie se quedaría fuera porque nadie parecería raro. Lo ideal sería que llegáramos a comprender las individualidades de cada uno y a respetarlas.

Mario comenta que «nos buscan para decirnos cómo debemos pensar». ¿Es una crítica al sistema o a la sociedad?
Es una crítica a la sociedad y al sistema. Ahora mismo las modas te dicen cómo debes vestir, cómo debes llevar el pelo, cómo debes hablar, qué coletilla debes soltar, cómo debes actuar y de pronto eso cambia y es totalmente lo contrario. Y en cuanto te sales de la norma eres un motivado o un rechazado. Ya te ponen la etiqueta o te pones tú mismo la etiqueta de malote y actúas fuera del sistema, aunque realmente estás dentro, en el grupito de malotes. La sociedad te dice cómo tienes que actuar para aceptarte o rechazarte.

«Ni siquiera todos los psicópatas son asesinos. Eso es de las películas. Solo un porcentaje muy pequeño de los psicópatas del mundo son asesinos».

Sobre todo a los adolescentes.
Claro. En ese momento en el que estás componiendo tu vida, cómo va a ser tu futuro. Lo que quieres es encajar y no sabes bien dónde.

¿Usted cree en fantasmas?
No. Yo nunca vi nada ni oí nada.

A nivel estilístico, utiliza la segunda persona cuando hablan los niños.
En cada novela que escribo hago cambios de la voz narrativa o del tiempo verbal para ir experimentando. Siempre quise escribir en segunda persona, que es alguien hablándole a otro personaje y el lector escuchando. Y entonces aquí, en los capítulos alternos, uno de los niños que todavía vive en el recinto habla con otro. Es como si los estuvieras oyendo. No se lo cuentan al lector, sino uno al otro.

Alma habla en primera persona.
Y en pasado. Lo más fácil, tanto para leer como para escribir, es primera persona y pasado porque empatizas enseguida con el personaje. Ya me parecía difícil poder empatizar con una chica de 17 años con un trastorno psiquiátrico, que además en el primer capítulo sabemos que se ha cortado las venas y que por eso ingresa. Pero creo que si entras en la novela es facilísima y te llena del todo. Aunque hay gente a la que le cuesta ver el mundo desde los ojos de un niño o de un adolescente porque aquí no es el adulto el que dice cómo son las cosas. Hay momentos en que te descolocan.

«El personaje de Mario está basado en un chico argentino que sufría esquizofrenia paranoide. Era como yo quería que fuera Mario. Es Facu y el libro está dedicado a él».

El personaje de Luna podría ser el más incómodo.
Pero al final le llegas a coger cariño porque Alma también se lo coge, aunque no lo dice.

La institución es como una prisión. ¿Cree que ayuda a los jóvenes?
Las terapias siempre ayudan y el estar en un sitio de estos cuando te encuentras en estado muy grave en el que puedes atentar contra tu propia salud o contra la salud de otros. En el caso de todos los personajes, Alma se ha cortado las venas; Luna se mete tantas cosas que es peligrosa para sí misma; Ferran es peligroso para otros y Mario es muy peligroso también, para él mismo y podría serlo para otros. Lo bueno es que tengan una relación familiar y puedan entrar y salir de la institución. Que la familia también sea un apoyo para estar con ellos. Considero que un centro que esté bien organizado y que trabaje bien puede ser la solución para algunos casos específicos. Eso sí, no para siempre. Un tiempito. Muy poquito.

E intentar que no los estigmaticen.
Depresión, crisis de ansiedad, angustia… no es locura asesina. Ni siquiera todos los psicópatas son asesinos. Eso es de las películas. Solo un porcentaje muy pequeño de los psicópatas del mundo son asesinos. Si todos fueran asesinos estaríamos llenos de muertes porque no te puedes imaginar la de psicópatas que hay por la vida. Tenemos ideas un poco raras.

Temas

  • novela
  • literatura
  • thriller psicológico
  • sordos
  • sordera
  • adicciones
  • Mónica Rouanet
  • Roca Editorial
  • narrativa

Comentarios

Lea También