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Montserrat Roig, un tiempo para la celebración

La editorial Debate reúne, 30 años después de su muerte, los artículos de Montserrat Roig en ‘Algo mejores’, volumen a cargo de Betsabé García

Andrea Toribio

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Montserrat Roig, un tiempo para la celebración

Montserrat Roig, un tiempo para la celebración

La primera vez que leí a Montserrat Roig fue en un librito que editó Alianza en 1982. Bajo el cuidado estético de Daniel Gil, y sin ausencias literarias llamativas, ante mí se desplegaron doce narraciones escritas por autoras españolas de muy distinto tono.

Montserrat Roig - Algo mejores
Montserrat Roig - Algo mejores. Artículos (1966-1983)

Casi todas eran catalanas, y entre ellas estaba la Roig, la autora de ‘El temps de les cireres’ (‘Tiempo de cerezas’), de 1976. Su narración incluida en ‘Doce relatos de mujeres’ —compilación, prólogo a cargo de Ymelda Navarro—, más que un cuento posee empaque de poética. 

Refleja un talante particular frente al hecho literario. Su proyecto creativo siempre se organiza en torno a una circunstancia que no impide la transformación de la escritura en un artefacto artístico: ser una mujer cuya relación entre su experiencia e intimidad y su vida pública aparece mediada por la vida política de un país. No por nada, Jordi de Miguel comentaba recientemente en ‘Público’ que fue alguien «directa, incisiva y valiente». 

Para Roig, la escritura es una trinchera desde la que reflexionar en cuanto a mujer que ha sufrido el franquismo y que marcha a ciegas por un camino hacia la transición democrática. ¿Cómo ser una mujer, cómo ser mujer en democracia?, parece preguntarse constantemente.

Esta deriva, quizá más de tintes políticos antes que de intereses privados, es un juego de apariencias que le permite instalarse en la ficción y desdibujar los límites entre lo personal y lo público. 

La brillantez de su obra en conversación con el tan suave como belicoso discurrir de su vida reside en el ampararse en un sentido recto del uso de la lengua; en el decidir acogerse a la certeza de que es el habla y su plasticidad la única instancia actualizable desde la ciudadanía. Para ella, es la única circunstancia que no hace distingos. 

Este año se cumplen, por cierto, que por algo estamos aquí, treinta años sin la destreza narrativa e intelectual de alguien para quien Franco era el «dictador» y no «el otro jefe del estado»; no quien vertebró «el régimen anterior», sino «el dictador». 

También este año he colgado en la pared de mi despachito la fotografía que lucía la portada de ‘Babelia’ el 4 de diciembre de nuestra autora, tomada por Pilar Aymerich en 1977, y que abre el camino al espléndido texto de Álex Vicente sobre esta escritora ‘total’. 

Se celebran con tristeza treinta años sin aquella novelista que primaba la importancia de la salud de los nombres por encima de las realidades que se convocan a medias. 

Es la editorial Debate quien restituye esa unidad de significado que es la obra de Montserrat Roig, gracias a la publicación de ‘Algo mejores. Artículos (1966-1983)’. «Feminismo, antifascismo, antiimperialismo articulados por un amor de base, sagrado y de trinchera, vértebra del pensamiento: la literatura».

Con estas palabras, finaliza el estupendo e inspirado prólogo de Betsabé García para el libro que comentamos, y son esos términos de los que la autora se desentiende en su proyecto literario, por aquello de evitar los distingos que comentábamos, al dinamitar su idiosincrasia, todo un tejido de falsos monoteísmos. 

El volumen que hoy descansa en nuestras manos reúne lo mejor de aquella escritora en ciernes que comenzaba a publicar en conocidos medios de prensa escrita como Triunfo, El País o Tele / eX- pres. En sus artículos se reivindica como mujer que escribe y aborda desde aquel lugar todos los temas importantes, mientras hace creer a los lectores que quizá no lo fuesen tanto. 

El asalto a la palabra de Roig describe la historia de una conciliación: ¿cómo enlazar su celo por la tradición literaria, su vocación por la novedad y su interés por la evolución de lo político? He disfrutado con la manera en la que se desquita con el feminismo de todo tipo, hasta con el suyo, con cómo habla sobre las otras mujeres intelectuales y artistas; con el modo tan cuidado y encendido que tiene de charlar la tradición poética catalana. 

También con su amor hacia Gabriel Ferraté, su respeto reverencial a la figura de Mercé Rodoreda y su ‘Aloma’. O con el tono renovado con y desde la moral, pese a lo manido del tema, que emplea a la hora de afirmar que los conflictos generacionales ocupan el mismo habitáculo desde que el mundo es mundo... 

En fin, no sé, de todos modos, me resulta llamativo que tengamos que traer de nuevo a la memoria a Montserrat Roig como si se tratase de una autora a quien la última historia literaria hubiese ninguneado. Como si su obra no fuese más que un algo original por su carácter periférico y no por su redondez estilística. «Un átomo libre», como la recordaba Jordi Corominas el pasado 11 de noviembre, al hablar de la que para él es «la gran dama barcelonesa» en el canal 24 horas. No puede dejar de sorprenderme que alguien inventó un ‘tiempo de cerezas’ para no olvidar que existió una vida cercada por la falta de felicidad, es decir, la de los jóvenes españoles que jamás se pensaron venturosos «porque no se acababa de morir, no había manera», y que ese alguien fue Montserrat Roig.

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