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Reseña literaria: Desocupar el espacio, abrazarlo todo

Iván Pintor Iranzo

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"El té comenzó como una medicina y terminó siendo una bebida. En la China del siglo VIII, entró en el terreno de la poesía como un divertimento cortesano. En el siglo XV, Japón lo ennobleció al convertirlo en una religión estética: el teísmo, un culto basado en la adoración de lo bello a pesar de la sórdida realidad de la existencia diaria. El teísmo propaga la pureza y la armonía, el misterio de la caridad recíproca y el romanticismo del orden social. Esencialmente, es la adoración de lo imperfecto y un suave intento por alcanzar algo posible en esa cosa imposible que conocemos como vida”, comienza El libro del té, de Kakuzo Okakura, no sólo uno de los más hermosos ensayos poéticos de la historia, sino una introducción a la cultura extremooriental acorde con el panasianismo que Okakura reivindicó tras su encuentro con Rabindranath Tagore en la India, y que, como su maestro Ernest Fenollosa, intentó defender frente a la imposición de las formas del pensamiento occidental. 

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El libro del té

Como el dao que, como señala Laozi “al pasar por nuestra boca, es insípido y desabrido”, el ritual del té puede resultar indescifrable para un occidental, pero en manos de Okakura aparece como un modo de ir sondeando las diferentes escuelas filosóficas extremoorientales, la lógica arquitectónica del salón de té o la condición bajo la cual las flores aparecen omo una belleza no extirpada de la naturaleza. Como Junichiro Tanizaki en El elogio de la sombra con respecto a la casa tradicional japonesa, la capacidad de Okakura para explicar el ritual del té como reconciliación con lo cotidiano, desocupación de la mente y el espacio y forma de meditación activa aparece como un modo de acercamiento completo a la cultura japonesa, que las ilustraciones exquisitas de Isidro Ferrer apenas se atreven a rozar, como una auténtica caricia que hace realidad una de las más contundentes afirmaciones de Okakura, que depar una sorpresa lunar, inesperada y fascinante en la apertura del capítulo cuarto, El recinto del té: “el vacío es asombrosamente poderoso porque puede contenerlo todo”.

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