Sacramento

La mezcla de sexo y marco religioso resulta fascinantemente turbadora y su atmósfera evoca a la literatura decadentista de principios del XX

FERNANDO PARRA

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Afirmar que Sacramento es para mí la mejor novela de 2021 sería absurdo, pues no he leído todas y cada una de las novelas publicadas durante el pasado año. Tomen nota de ese pequeño detalle quienes confeccionan esas listas anuales en términos absolutos. Pero apuesto a que, de ser posible tal proeza lectora, el libro de Antonio Soler ocuparía la misma consideración de marras. No sé si en Málaga son conscientes de que tienen en su tierra a uno de los mejores escritores españoles de nuestro tiempo. El elogio no es gratuito: basta con leer este último trabajo del autor de Sur para darse cuenta del prodigio literario que constituye su magisterio narrativo.

Sacramento ha sido editado por Galaxia Gutenberg, sello que está liderando, junto a Libros del Asteroide o Candaya, lo que otrora representase Anagrama para los lectores exigentes y ávidos de novedades estimulantes. Una gran noticia este modelo editorial que aquí celebramos con alborozo e ilusión.

El hilo argumental del libro se basa en la historia real de Hipólito Lucena, quien fuera párroco de la Iglesia de Santiago, en Málaga, y que protagonizó una oscura y ambigua relación de abusos a determinadas feligresas (las llamadas hipolitinas) a través del pergeño de una suerte de misticismo sexual, cuyo marco teórico de aspiraciones legitimistas va inculcando el cura durante las sesiones de confesionario. El libro comienza con una primera parte de tono cronístico, donde Soler recuerda la anécdota que tantos años más tarde daría lugar a la presente novela.

El autor explica cómo, todavía joven y poco reconocido, se le ofrece la posibilidad de participar en una revista cultural auspiciada por algunos popes de la vida literaria malacitana y cómo, al principio, se siente algo decepcionado al recibir para la misma el encargo de escribir sobre la vaga y poco motivadora historia del tal Hipólito. Le sirve a Soler esta primera parte para reflexionar sobre hermosos aspectos de metaliteratura y para recordar la precariedad de sus primeros tiempos de escritor, simbolizada en ese Callejón de las Puercas donde vive. Tras ese preámbulo llega, al fin, la novela y aquí halla el lector todo el portentoso despliegue literario de Soler.

En esos primeros apuntes de la biografía documentada de Hipólito, dirigida por un narrador omnisciente o por el estilo indirecto libre, destacan algunos primeros rasgos de su personalidad, que ya adelantan las atrocidades del futuro: Hipólito pugna denodadamente contra el dominio de la carne que le lacera y que entra en conflicto con su vocación religiosa. Esa lucha, con la culpa como eje conductor, deja algunos de los pasajes más brillantes y estremecedores del libro. Luego, cuando el Hipólito ya cura asume su claudicación, trata de conciliar ambas facetas de su naturaleza e inventa una teología del sexo que él mismo acaba creyéndose para tratar de justificar sus aberraciones.

Entretanto, el narrador traza un friso de la España de la inmediata posguerra y de las décadas siguientes, cuya ironía recuerdan al mejor Marsé. La mezcla de sexo y marco religioso resulta fascinantemente turbadora y su atmósfera evocan a la literatura decadentista de principios del siglo XX. La prosa es deslumbrante: desde el preciosismo levítico (e irónico) de un Gabriel Miró o la prosa alucinada de un José Donoso, pasando por un dominio extraordinario del lenguaje conversacional. Magistral es también la distancia del narrador respecto de las abominaciones de Hipólito.

Efectivamente, el narrador nunca juzga las acciones del cura, don la dificultad que eso debe de entrañar, y hasta a veces se atisba algo parecido a la compasión para con su personaje, a la postre otra víctima de sí mismo. El lirismo displicente de los pasajes más escabrosos son tan extáticos como las pasión mística de las hipolitinas. Si la literatura es también un sacramento, la oblea con la que comulgar debe de ser muy parecida a esta novela admirable.

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