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Tosquelles, el psiquiatra revolucionario

Joana Masó publica un estudio sobre el reusense ilustre, que entendía la disciplina en el sentido más humano.

Gloria Aznar

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Francesc Tosquelles en Saint-Alban, en 1944-1945. Fuente: archivos familia Tosquelles. reproducción fotográfica: ©Roberto Ruiz

Francesc Tosquelles en Saint-Alban, en 1944-1945. Fuente: archivos familia Tosquelles. reproducción fotográfica: ©Roberto Ruiz

Francesc Tosquelles (1912-1994) fue un reusense ilustre, un vanguardista, a pesar de que su figura no ha llegado como debiera. Republicano exiliado tras la Guerra Civil, marxista crítico con los dogmas soviéticos y médico contracorriente, Tosquelles entendía los pacientes de salud mental como un todo dentro de la sociedad, no aislados, anulados y encerrados en instituciones a las que él creía que era justamente las que había que curar. Para ello, utilizó la psiquiatría en combinación con las artes, con lo que en realidad nos hace humanos, con la escritura, la escultura, la pintura, el teatro o el cine. 

A pesar de ser Hijo Ilustre de Reus, la figura de Tosquelles se difumina entre el gran público. Ahora, la crítica literaria y profesora de la Universitat de Barcelona (UB), Joana Masó, la recupera en su interesante libro Tosquelles. Curar les institucions (Editorial Arcàdia), un exhaustivo análisis sobre la vida y obra del reusense, en lo que ella concibe como el inicio de posteriores investigaciones. «Espero que se dé a conocer», expresa Joana. De hecho, adelanta que el 13 de noviembre se estrenará la película La historia potencial de Tosquelles, sobre las partes menos conocidas de su vida, en la Filmoteca de Catalunya, financiada por la Generalitat a partir de un premio de creación.

Francesc Tosquelles con una escultura de Auguste Forestier en Saint-Alban. Fuente: archivos familia Tosquelles. reproducción fotográfica: ©Roberto Ruiz

Tosquelles fue un humanista, en el amplio sentido de la palabra. Durante la República fue profesor y psiquiatra en el equipo del Institut Pere Mata hasta el final de la Guerra Civil. En septiembre de 1939 cruzó los Pirineos caminando y en 1940 empezó a trabajar en Saint-Alban. Joana explica que en aquel momento el gobierno francés no le reconocía el título, por lo que tuvo que volver a cursar todos sus estudios en Francia. «Hizo una tesis sobre Gérard de Nerval. Es decir, llegó a ser psiquiatra con una tesis sobre literatura romántica». Un hecho que la autora compara con la actualidad, un siglo después, «en un mundo en el que todas las disciplinas están completamente separadas».

En este sentido, Tosquelles está estrechamente vinculado al movimiento del Surrealismo, a partir de lo que se conoce como Art Brut. Durante la ocupación nazi de Francia, el reusense trabajaba en Saint-Alban, un hospital que se encontraba aislado, lo que propició que surrealistas pertenecientes a la resistencia se escondieran en él. Fue el caso de Paul Éluard y Tristan Tzara, quienes comprobaron cómo los pacientes de Tosquelles creaban pinturas y esculturas. «Cuando llegaron al París del movimiento surrealista volvieron con esos objetos, que empezaron a circular entre los artistas y acabaron exponiéndose. Incluso algunos cayeron en manos de Picasso o de Dora Maar, como los de Auguste Forestier». Precisamente Forestier se pasó encerrado la mayor parte de su vida. «Nunca salió del hospital», dice Joana.

En realidad, lo que el reusense ofrecía a los enfermos mentales era la posibilidad de expresarse y lo hacía a través de los talleres de ergoterapia, «que significa terapia a través del trabajo. Los objetos como alpargatas, cestos o las artes plásticas eran fundamentales. Era la voluntad de sacar al enfermo de la pasividad».

Joana Masó: «El libro es una reivindicación de todo lo que fue posible durante la República».

Con el mismo objetivo, en los años 50 se compró una cámara super 8, de 16 milímetros y grabó la cotidianeidad de la vida en Saint-Alban como herramienta terapéutica. «Los viernes y sábados se organizaban veladas en las que mostraba a los enfermos lo que habían hecho. Se trata de cine experimental en el que intervenían internos y la comunidad médica, anterior a directores de los 60, como Mario Ruspoli, quien trabajó con Chris Marker».

Es también lo que hacía en el periódico mural. «Cada sábado tenía lugar una asamblea en la que se revisaban los textos elaborados durante la semana por los pacientes». Y cuando escenificaban teatro decidían desde el vestuario hasta la escenografía. 

El reusense Francesc Tosquelles. Fuente: archivos familia Tosquelles. reproducción fotográfica: ©Roberto Ruiz

Tosquelles concebía las enfermedades mentales como un producto de la sociedad y de los propios psiquiátricos. «Él era un marxista. Siempre decía que su práctica se sostenía sobre dos patas: Freud y Marx y que le interesaba las locuras del hombre normal. ¿Qué les pasa a los hombres?, se preguntaba». Adelantado a su tiempo, no quería ni oír hablar de las pastillas ni de los visitadores médicos, en una época de camisas de fuerza y electrochoques, terapia esta última a la que fueron sometidos tiempo después la poeta Sylvia Plath o el músico Lou Reed. «Es una cosa muy histórica de las mujeres escritoras», resalta Joana, quien destaca una frase de Tosquelles: «Sin la dimensión humana de la locura, es el hombre mismo el que desaparece. No soy un psiquiatra que trata a enfermos, trato las locuras que nos atraviesan a todos. Y una de ellas son los psiquiátricos infrahumanos que socialmente hemos construido».

«Para mí el libro es una reivindicación de todo lo que fue posible muy brevemente durante la República. Fue cuando las mujeres pudieron votar, pudieron abortar y también cuando se recibió un tratamiento humanizador de la locura. Con el franquismo todo esto desapareció. Cuando Tosquelles regresó, en el 68, nadie le hizo caso. Es como si el momento de la República fuera un paréntesis maravilloso», concluye Joana Masó.
 

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