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Un paseo entre faros

El de Torredembarra es el único que permite subir a la torre. En otros, como el de Salou, todavía reside el técnico en su interior.

Gloria Aznar

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El faro del Fangar, en el paraíso natural del Delta de l’Ebre. Foto: Joan Revillas

El faro del Fangar, en el paraíso natural del Delta de l’Ebre. Foto: Joan Revillas

«Los faros siempre me han fascinado, desde pequeña. Me atraen los edificios, ese patrimonio arquitectónico histórico, así como los parajes en los que normalmente están situados, muy sugerentes. En playas o acantilados, presidiendo las villas marineras». Cecília Lorenzo Gibert ha querido compartir su pasión por estas gigantescas guías nocturnas de los navegantes con el libro 15 excursions a peu pels fars de Catalunya (Cossetània Edicions. 9 Grup Editorial), un volumen que inicia la Col·lecció Fites, la nueva serie de la editorial vallense.

El de Cap de Salou, uno de los mejores conservados de Catalunya. 

Entre estos quince itinerarios, destacan cuatro tarraconenses: El del Fangar, en el Delta de l’Ebre; el de Cap de Salou; el de la Banya, en Tarragona y el de Torredembarra quedando fuera, a propósito el de la Punta de la Banya, en el Delta «porque está en un lugar protegido, sin acceso a los visitantes». 

‘15 excursions a peu pels fars de Catalunya’, de Cecília Lorenzo Gibert, inicia la colección Fites de la editorial vallense Cossetània.

Las excursiones, que duran entre una y cuatro horas, empiezan, pasan o terminan en un faro, aunque Cecília advierte que muchos no se pueden visitar. De hecho, el único que permite subir a la torre es el de Torredembarra, que también cuenta con visitas guiadas. Es también el más alto y el último construido en Catalunya, en el año 2000.

Faro de la Banya, en el dique de Levante, en Tarragona, uno de los pocos de hierro. Foto: Pere Ferré

Del resto, algunos permanecen cerrados al público y otros han cambiado sus usos. Es decir, lo que era la antigua vivienda de los fareros o fareras, se ha reconvertido en centro de interpretación como es el caso del de Cap de Creus, el de Tossa de Mar o los de Calella y el de Sant Cristòfol, en Vilanova i la Geltrú, que albergan museos. Precisamente en el Espai Far de este último trabaja Cecília, que también es periodista y guía turística.

Lugar de residencia
La profesión de farero o farera es uno de los oficios relegados por los nuevos tiempos. Sin embargo, los faros continúan iluminando a buques y cruceros. «No están en desuso», apunta Cecília. «Lo que ocurre es que funcionan de manera automática, por lo que no necesitan una persona que resida en ellos. Sin embargo, hay dos faros, el de Salou y el de Palamós, en los que el técnico sí vive allí», cuenta la periodista, quien destaca las dos caras de estos edificios. Por un lado la más bucólica y por el otro, la más dura del día a día.

El de Torredembarra, el más joven de todos y también el más alto.                                                

«Idílica por los lugares donde están situados. Y dura porque no sería fácil para los fareros y sus familias residir en algunos de ellos, que se encuentran muy aislados». Así, explica que el de Sant Cristòfol, por ejemplo, estaba considerado de descanso, lo que quiere decir que destinaban allí a trabajadores que habían pasado mucho tiempo en un faro aislado, a gente mayor o a familias con niños. «Eran más fáciles, cercanos a poblaciones con acceso a hospitales, escuelas o servicios. El destino dependía de las circunstancias personales de cada uno». En cuanto a las fareras, se sabe que en el faro de Cap de Creus trabajó una, a partir del momento en el que las mujeres pudieron acceder a los estudios de técnico de señales marítimas. 

Las excursiones duran entre una y cuatro horas y son accesibles para todos los públicos.

Asimismo, entre los más singulares está el faro de la Banya, situado en el dique de Levante. Antiguamente ubicado en el Delta de l’Ebre, en 1984 fue desmontado y trasladado a Tarragona para restaurarlo. Hoy en día forma parte del Museu del Port y «es uno de los pocos supervivientes con torre de hierro», como revela Cecília. Para animar a acercarse hasta estas edificaciones o al menos hasta algunas de ellas, en el volumen la autora incluye particulares retos que únicamente se pueden resolver si se accede al lugar. Mientras, propone un cuestionario final con posibilidad de un premio.

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