Viejóvenes

La antología es un libro necesario, ahora que los criterios de las grandes editoriales han dejado de ser literarios

FERNANDO PARRA

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V ersátiles Editorial publicó el año pasado una Antología de poesía viejoven que recopila los versos de 20 poetas nacidos entre 1956 y 1985, todos ellos ajenos a los circuitos oficiales de la mercadotecnia. La antología es un libro necesario, ahora que los criterios de las grandes editoriales han dejado de ser literarios para rendirse al oportunismo de un feminismo mal entendido y a la tiranía de la juventud como valor añadido.

Por el libro desfilan los grandes asuntos de la poesía universal tamizados por la muy particular cosmovisión de sus autores, que es lo que le da al libro su valor añadido al reformular los motivos recurrentes de la tradición literaria desde un prisma novedoso, a veces rupturista, sorprendente y en ocasiones también desconcertante. Uno de los temas más prolíficos que jalonan esta antología es el de la infancia. La necesidad de contemplar el mundo desde el asombro del niño; la nostalgia de las comidas familiares de unos viernes retratados ya en sepia en el calendario de la memoria; el olor a Brumol ejerciendo de magdalena proustiana; o el deseo de preservar la inocencia en esa niña que sigue dándole puntadas a la aurora con la esperanza de llegar algún día a Aldebarán. A veces la infancia se mezcla con el mundo adulto como en aquella partida de un juego de mesa cualquiera, cuya interrupción es trasunto de una relación amorosa encallada. Y el amor, claro, está también muy presente entre los poemas del libro, casi siempre desde una perspectiva pesimista: hilos del recuerdo de los que no se quiere tirar por si solo traen una bota vieja o un calcetín; amores evocados en el fondo de una copa de Gin tonic; sumisiones mendicantes que ajuglaran al trovador vasallo del amor cortés para degradarlo a saltimbanqui; entregas apasionadas, casi desesperadas, que se visten de crucigramas para ser resueltas, que se desprenden de su envasado al vacío para ser por fin consumidas; amores geométricos y amores reducidos a química; pero también deudas sentimentales agradecidas. Hay asimismo muchos poemas metaliterarios: hay quien defiende la poética de la literalidad para decir el sentimiento; hay versos antiguos que vuelven un día para cumplir su función catártica, y hay otros que siguen buscando poema; se dice que los poetas son aquellos que no caben en las dimensiones establecidas o que una fuente de agua dice su llanto solo para las almas insoportablemente poetas; o que un poema consiste solamente en cebar un anzuelo. En general el tono de los poemas suele ser desazonador y esa pesadumbre se inserta en el marco de contextos urbanos hostiles donde se enseñorean la depresión, la frustración y la mera desidia de vivir, y donde los pocos accesos de alegría son, en realidad, una trampa. Una metafísica nihilista donde solo somos «polvo cósmico», cubitos de hielo deshaciéndose en el vaso. La cotidianidad gris se impone en los espejos, en la vorágine del mundo ajena a la soledad de los suicidas, en las listas de la compra, que son también versos de la supervivencia. A veces, el resultado son algunos poemas turbadores, hijos casi de la locura, donde suenan teléfonos de madrugada, el poeta tiene dos cadáveres en la garganta o se recrea en la contemplación de un cadáver; o los versos alucinados del poema «A las ventanas». Los poetas tratan de huir de todo eso a través del viaje interior pero también mediante el viaje real, como aquel poema en el que el poeta busca en la India el espacio auroral que le salve «de la desilusión de tanto ahora»; pero el tiempo marca su ley y se descubren los sueños incumplidos «en un estropajo escurrido».

Junto a estos poemas desesperanzados, resisten unos pocos poemas optimistas: cajas azules que guardan aún el cordel con que amarrar estrellas recién nacidas; la búsqueda de la paz en cada batalla diaria; las hojas que perseveran asidas a su frágil pedúnculo; el anhelo de retener la alegría sin hacerla presa; la fantasía como refugio; la garganta para el canto. Incluye también la antología temáticas sociales: por eso hay cunetas irredentas; facturas que empiezan a menguar solamente cuando uno ya es viejo; presiones sociales ante las que la coherencia del poeta resiste como un saco de boxeo; prejuicios que etiquetan y condicionan vidas; y «la sed de quien solo conoce el desierto». Ante toda esta miseria existencial, un dios impotente de cera que llora al acercarle la llama de un mechero, en su derretirse estéril.

Mi blog literario: http://cesotodoydejemefb.blogspot.com

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