El cronómetro del futuro - Ama tu destino

El guión de una obra como Metrópolis (1927) o de un álbum como 'Oleg' aparecen como paradigmas de vulnerabilidad y de modelos para imaginar nuestro destino

| Actualizado a 04 agosto 2021 17:20
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A través de la obsesión por el futuro que la Pandemia del SARS-COV2 y los efectos manifiestos del calentamiento global han generado, una obra como Metrópolis (1927), de Fritz Lang y Thea von Harbou, aparece como paradigma de una ciencia ficción distópica en la que reconocer tanto la vulnerabilidad del presente como la posibilidad de imaginar escenarios alternativos para nuestro destino.

La crítica profunda que Von Harbou hizo tanto en la novela como en el guión de Metrópolis hacia la desigualdad entre clases sociales, la maquinización de la sociedad, el control social y la verticalización de una urbe dominada por élites financieras, redunda en una sola palabra: explotación. Con la voluntad de releer la fábula moral Lang y Von Harbou a la luz de las formas plásticas contemporáneas —es imposible no pensar en la película Clock (2010), de Christian Marclay al ver los relojes de Montenegro— y casi como una provocación frente a la distopía contemporánea de series como Black Mirror o Years and Years, demasiado cercana como para posibilitar una proyección futura, el dibujante e ilustrador Christian Montenegro fragua un homenaje a Metrópolis donde el espacio sonoro de la película, tantas veces evocado y reimaginado, de Giorgio Moroder a Martín Matalón, se transforma en ritmo y arquitectura de la página, la viñeta y el álbum. 

El rol de las texturas, del grano y de la luz, que Montenegro maneja como un viejo maestro iluminador de los estudios UFA, relee las imágenes de Lang a la luz de la Bauhaus y el constructivismo soviético, en un despliegue secuencial que, una y otra vez, hace de la página el escenario de una interrogación por la masa. La contraposición entre la élite intelectual, el parnaso del líder de la ciudad Johan Joh Fredersen y de su hijo Freder, y los sótanos de la colectividad obrera que se desplaza sobre la página como meros pixeles de una imagen sin formar, trata de encontrar un espacio de mediación en el adroide María, sin llegar a cuajar en plenitud.

Entre las nociones de masa, que fascinara y aterrase a Elías Canetti, que vivió con alarma la amenaza nazi, y de multitud, que Paolo Virno reconoce en la colectividad atomizada del cognitariado contemporáneo, el álbum de Montenegro, además de constituir un bellísimo homenaje a la obra de Lang y Harbou, es también una advertencia ante los nuevos peligros de una sociedad, como la nuestra, que ha destruido todo lazo, toda conjunción, para substituirlo por un tejido de conexiones electrónicas que evacúan de cada individuo la idea de clase social sin que por ello las clases sociales hayan dejado de existir.  

Ama tu destino 

En uno de los pasajes más fascinantes de Oleg, el protagonista, un dibujante de cómics que constituye un trasunto del propio Frederick Peeters, deja volar su imaginación después de que su mujer, Alix, haya padecido un derrame cerebral.

“En circunstancias normales, a Oleg no le hubiera costado imaginar que el joven neurólogo era en realidad un androide de última generación, una inteligencia artificial infalible”, antes de fabular una paráfrasis futura del relato y la película Farenheit 451, de Ray Bradbury y François Truffaut de manera respectiva, en que cada ciudadano resistente memorice un cómic para llevarlo con él: Arzach, de Moebius, Tintín y el secreto del Unicornio, de Hergé, o Watchmen, de Alan Moore y Dave Gibbons Pero ¿cómo es posible memorizar y transmitir un cómic

A diferencia de una obra literaria, un cómic es su materialidad, sus imágenes, la panopsis de la doble página, la mutabilidad de las formas y, como Dante demostrara, sólo una construcción poética monumental, una ekfrasis como la que él hace del infierno, el purgatorio y el paraíso, podría describir el friso de imágenes, la experiencia rítmica de la secuencialidad, el rapto del álbum como umbral, como espacio liminar.

Como un auténtico milagro de interpenetración entre la vida cotidiana de Oleg y la de Peeters, como un canto a la vida — “Ama tu destino. Ama tu enfermedad”, le dice Oleg a Alix parafraseando a Nietzsche, tras su derrame cerebral— que trasciende la etiqueta de autoficción, Oleg recupera el aliento del álbum Píldoras azules, publicado hace veinte años y parodiado aquí con el título El reparto del mundo. 

La vida cotidiana de Alix, Oleg y su hija, la dificultad del autor para encajar el mundo hiperconectado y la sociedad del rendimiento, su anhelo de calma y una preocupación ambiental que le hace fabular con un personaje, “el hombre fosforescente” — que en cierto modo puede reencontrarse en su también recentísimo álbum Saqueo (Astiberri, 2021)—, se entreveran en un relato donde Peeters exhibe con humilde maestría su portentosa capacidad para la narración gráfica, la ironía constante de anteponer el interés por los demás a sus propias neurosis, el inicio de una singladura que, con enorme belleza, se resume en esos umbrales que sueña como viñetas, como Las puertitas del señor López de Carlos Trillo y Horacio Altuna (Astiberri, 2021), abiertas en los callejones de cada ciudad, como esa aleta alzada de ballena azul que promete un nuevo viaje en la última viñeta de este álbum extraordinario.

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