Cortar sin necesidad de navajas

“Los tontos tienen el vientre grande. ¿Y los demás? -ahí está el poleo menta, solo hay que saber usarlo. Pero el tiempo no es más que otro mentiroso, así que avanza un poco más sobre el muro; si las zarzamoras resultan amargas, habrá setas entre la hierba, senderuelas para ser exactos, los hongos más dulces”. William Carlos Williams

| Actualizado a 29 mayo 2022 18:22
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Siento especial predilección por los libros que implican un viaje. Más allá de que toda buena experiencia lectora es un viaje y que, parafraseando a Borges, todo viaje es espacial, pues nadie negará que del dormitorio al salón hay un cambio de espacio, hay lecturas tan físicas como una migración. Así, La muerte feliz de William Carlos Williams (Candaya, 2022), es un viaje de ida y vuelta de las Américas a las Europas, de Puerto Rico a París y de regreso a Rutherford tras los pasos de Raquel Hoheb, pintora caribeña y madre del gran poeta norteamericano William Carlos Williams, uno de esos poetas a los que cada tanto regreso, porque, entre otras razones, también creo que:

1. El habla que sirve para informar es servil.

2. Los hombres de muy pobre imaginación se compran trajes de gala y se abandonan a sus estados de ánimo para llenar su vacío con otras manos.

3. Ninguna derrota es enteramente una derrota, pues el mundo que abre es siempre un sitio hasta entonces insospechado.

Había algo en William Carlos Williams que me lo conectaba con Robert Walser. Quizás su determinación en demostrar con su vida que la poesía está en todas partes, que la sensibilidad y la potencia de la mejor poesía se encuentran en las voces de la gente, en las tristezas y las alegrías humanas. Y de repente este párrafo vino a confirmar mis intuiciones: “Escuchar y apuntar son hábitos. Suele llevar papelitos en los bolsillos. Echar a la basura un papelito equivale a despreciar a los humildes. Por más que los hubieran destinado a la esclavitud de los recibos, al dorso estaban en blanco. Un dorso en blanco puede salvarle la vida a un poema” ¡La versión poética de los microgramas en prosa de Walser!

$!La muerte feliz de William Carlos Williams

Pero el libro que nos ocupa, escrito magistralmente por Marta Alponte Alsina, se centra en el vínculo del poeta con su madre. Raquel también es poeta, aunque sus herramientas son los pinceles porque “dibujar bien es descifrar la oculta estructura del universo” o porque “el dibujo es la quintaesencia del alma”. Para Raquel la pintura y la poesía son representaciones de objetos muertos, pero no hay por qué asustarse: hay mucha vida en la muerte. La escritora portorriqueña explora la vida de una mujer que siempre supo aprender tanto del provecho como del desastre. Lo hace partiendo de sus propia biografía y reescribiendo textos de su hijo, el médico poeta, el poeta médico educado por una madre muy especial: “Así creció William Carlos, junto a una teoría imposible del arte arte imposible de una madre pintora que no podía trazar una línea sin temblores, pero que adivinaba con claridad absoluta lo que sus balbuceos no sabían comunicar: el arte triunfa cuando las cosas desaparecen”.

La poesía sobrevuela toda la novela. Incluso los animales miran con la “intensidad de las criaturas que viven en poesía sin saberlo” ¡Qué lindo mirar así! La poesía lo es todo. Queremos estar en poesía. ¿Qué es estar en poesía? Marta Aponte Alsina tiene las mejores respuestas: “Estar en poesía: cortar sin necesidad de navajas”. Y sin tiempo a reponernos, nos damos un chapuzón y aparecemos en París donde Raquel, cuando no vive poéticamente, ejerce de médium en unas prácticas espiritistas en las que entra en trance, que seguramente es una manera más elevada de vivir poéticamente. A muchos también nos gustaría vivir siempre en trance, “si nos dejaran quedar ahí, pero hay tantas tareas”.

Ya se dieron cuenta: el libro es un festival de subrayados de frases geniales que expanden sin límite, por ejemplo, la manera de escribir sobre una ciudad. Así, “Nueva York en 1882 era una piedra imán de carnes” o “el puente de Brooklyn se extiende entre dos pirámides egipcias adelgazadas”. Es la euforia de la escritura. Es escribir como si las palabras fueran flores de un jardín botánico. Es abrumar al lector como si una escritora fuera un parte metereológico enloquecido, como si se hubiera trasmutado en una naturaleza, la del Caribe, que tanto te acaricia con unas manos empapadas de aguardiente como te arrastra el corazón a una tormenta tropical desmesurada.

El único problema de leer a Marta Aponte Alsina es que te entran unas ganas irrefrenables de comprar un pasaje a San Juan, luego alquilar un automóvil y a continuación manejar con Lavoe a todo trapo hasta El balcón del zumbador. Música, ron y el mar, ¿hace falta algo más? Eso sí, con más energía que vigor, palabra de Dereck Walcott: “el vigor puede ser la imaginación levantando peso. La energía, en cambio, es la magia que hace levitar los objetos”.

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