Para seguir toda la actualidad desde Tarragona, únete al Diari
Diari
Comercial
Nota Legal
  • Síguenos en:

La Ruta Gráfica

El Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM) reivindica el legado artístico y creativo de la “Ruta del Bakalao”

| Actualizado a 29 mayo 2022 12:36
Se lee en minutos
Participa:
Para guardar el artículo tienes que navegar logueado/a. Puedes iniciar sesión en este enlace.
Comparte en:

Eran mediados de los 80 y el país había despertado del gris letargo de la dictadura. La década estuvo marcada por aires de libertad y apertura, y entre los más jóvenes el ansia de vivir y experimentar era inagotable. Las diferentes culturas juveniles tuvieron eclosión en las grandes capitales, como Madrid con su Movida, o la Barcelona pre-olímpica, más expuesta a las modas internacionales. Valencia, sin embargo, estaba a medio camino entre una pequeña ciudad de provincias y una capital contemporánea, menos marcada por las tendencias y más alejada del pensamiento burgués, cosa que favoreció un underground con un marcado estilo propio.

$!La Ruta Gráfica

Las discotecas fueron el verdadero epicentro de la movida valenciana de finales del Siglo XX, que asumieron el papel de auténticos templos de la modernidad. Ubicadas en una periferia bañada por el mar, en pueblos o pedanías a escasos kilómetros de la capital valenciana, y bendecidas por unos horarios relajados, gracias al distendido consistorio del socialista Ricard Pérez Casado, estos locales fueron acogiendo a todos los jóvenes disfrutones y curiosos, interesados por la estética y ávidos de nuevos sonidos.

En el principio fue Barraca, un antiguo comercio de Les Palmeres con aspecto de barraca valenciana que fue ampliada y reconvertida en discoteca. Allí se juntaban punks, rockers, pijos, gente del pueblo, modernas de capital; la fiesta era interclasista e inclusiva, y la música lo nunca oído gracias a gente como Juan Santamaría, y más adelante a Carlos Simó, los disc-jockeys que ayudaron a moldear con su gusto estético y musical la figura del Dj tal y como la conocemos hoy en día. También estaba Chocolate, otra macro discoteca que empezó como uno de los primeros after hours, más oscura y extrema que Barraca. En ella no solo había música hasta entrada la mañana, también performances y actuaciones transgresoras. En estas sesiones se oían grupos que apenas sonaban en los locales más modernos de otras ciudades europeas: Depeche Mode, Joy Division, Throbbing Gristle que los djs mezclaban con propuestas más rock, pop o incluso música clásica. Luego llegó Spook, con su proto música electrónica y su carismático dj Fran Lenaers, que provocaría auténtica devoción entre los acólitos con sus mezclas imposibles, combinando estilos sin tapujos y profesionalizando la figura del Dj.

La gente acudía en masa a estos locales que proporcionaban horas y horas de auténtico placer hedonista. Había buen ambiente, buena música y unas nuevas drogas que nada tenían que ver con la carga devastadora de la heroína o la pesadumbre de los porros. Eran drogas que permitían bailar y bailar hasta la extenuación, que desinhibían por completo y le hacían sentir a uno el rey del mambo. Pronto se empezó a hablar de “bacalao” o “bakalao” para definir la música o la atmósfera que se creaba en estos espacios: “es un buen bakalao” decían, o “vaya bakalao” o “bakalao de Bilbao” para enfatizar la calidad de la música o del local.

$!Una imagen de la exposición. Foto: Miguel Sánchez

La fiesta se fue alargando y duraba ya todo el fin de semana; apareció ACTV con sus sesiones los domingos a mediodía y su potente imagen post-industrial. Proliferaron los locales, los djs, las propuestas más extremas. Llegaba gente de toda Valencia, de toda España; buses desde Madrid, Zaragoza o Barcelona que hacían la “Ruta” de discotecas. En definitiva, 72 horas de marcha sin parar. En los parkings la fiesta continuaba; se ligaba, se bebía y se drogaban, o si se terciaba, se hacía una paella entre sesión y sesión, pero sobre todo se bailaba.

Gracias al boca oreja y a las potentes campañas de publicidad de las propias discotecas la fiesta valenciana creció y se masificó, como dice Joan M. Oleaque en su fantástico libro “En Éxtasi”, la fiesta se convirtió en el “País de Nunca Jamás de Peter Pan”: el refugio ideal para no tener que enfrentarse del todo a la vida”. Pero todo cuento tiene su final, y el final de la ruta llego cuando se masificó y pasó a ser un negocio.

Pronto la fiesta empezó a protagonizar titulares de periódicos y a crear alarma social, en parte por la cobertura sensacionalista que hicieron los medios, y por la llamada de algunos políticos a acabar con el sindiós valenciano. Había que poner fin a un movimiento juvenil que se iba extendiendo a otros puntos del país, como en Barcelona, donde el bakalao derivó en una música más industrial, más básica, que daría paso a la makina. Las drogas ya no eran tan divertidas, los accidentes se multiplicaron y la estética militar trajo consigo un público neo skin fascista donde no todo el mundo era bienvenido. La ruta pasó a ser conocida como “Ruta Destroy”.

Hablar hoy de la Ruta del Bakalao y dignificarla, como ha hecho Oleaque o el también periodista y Dj Luis Costa, hubiese sido hace un par de décadas algo impensable. Desde los medios se demonizó el movimiento, pero ahora surge un nuevo interés por aquello que dejó insomne a los valencianos durante al menos 10 años.

Y es desde el IVAM, el Instituto valenciano de arte moderno, que surge la exposición “Ruta Gráfica: El diseño del Sonido Valencia” y que recoge el legado gráfico de la Ruta, trazando un recorrido que va de los pioneros de la ilustración y el comic, a los artistas y diseñadores responsables de la fuerte personalidad estética y gráfica del movimiento. Del inicio de los años 80 con el nacimiento de la llamada Nueva Escuela Valenciana, con nombres como Sento, Micharmunt, Ana Miralles, a la aparición de una nueva generación de diseñadores que como Paco Roca, que dieron sus primeros pasos profesionales trabajando para las discotecas de la Ruta que permitían un alto grado de experimentación y una total libertad a los creadores. Roca, junto Edu Marín y Ramón Marcos, fue uno de los diseñadores más vinculados a la Ruta, creando numerosos carteles para Barraca, Arena, Heaven, y también diseñando el logo The Face.

$!Otra propuesta de la muestra. Foto: Miguel Sánchez

El diseño valenciano tuvo su propio boom con la proliferación de flyers y el nacimiento del merchandising, creando así la fuerte identidad gráfica de las discotecas. Los simpatizantes de cada local llevaban camisetas, llaveros, gorras y abanicos, y en las calles se multiplicaron los grafitis con los logos de Chocolate, Spook o ACTV. Este último, creado por Paco Bascuñán y Quique Company, sería la primera imagen creada ex profeso con la clara voluntad de vincular la identidad personal a la marca. ACTV estaba inspirada en los clubs neoyorquinos del momento, con un fuerte componente industrial. Su imagen y su logo se inspiraron en el racionalismo de Bauhaus, el imaginario de Kraftwerk y la gráfica punk.

La masificación de la Ruta, que llevó a la explotación del negocio de las discotecas, también contribuyó a que degenerara la producción gráfica, dando paso a nuevas formas de lógica empresarial, con marcas promocionando el consumo directo en detrimento de la estética. Fueron los primeros años de lo que ahora conocemos como marketing.

Dentro de este marco narrativo, los comisarios de la exposición, Moy Santana, Antonio J.Albertos y Alberto Haller, plantean con esta exposición un auténtico viaje al corazón de una de las manifestaciones musicales, culturales y gráficas más importantes de este país. Barcelona tuvo sus olimpiadas, pero la medalla de oro en vivir la fiesta la ganó Valencia.

Comentarios
Multimedia Diari