Finestres: carta de amor a una librería

Una librería es, ante todo, un espacio propicio para la producción cultural, un intercambio de modos de mirar, de lecturas

| Actualizado a 22 abril 2022 22:05
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No recuerdo cuándo fue la última vez que entré en una librería y sentí que nada ni nade podría sacarme de allí, ofrecerme una salida o captar de nuevo mi atención, decirme: vamos, están cerrando, tenemos que irnos. Así, y no de otro modo, tuvieron que, literal y literariamente, cogerme del brazo y sacarme de la librería Finestres en Barcelona hará unos días.

Llevaba algún tiempo curioseando sus escaparates, estanterías, selección bibliográfica y eventos a través de sus redes sociales, pero lo cierto es que este romance comenzó un tiempo antes por medio de su página web. De estética cuidadísima y actitud monocromo, el sitio en internet ofrece un programa de eventos culturales, nueva creación de premios literarios y becas de escritura envidiables. ¿Por qué decir lo contrario, por qué negar la mayor?

Una librería es, ante todo, un espacio propicio para la producción cultural, un intercambio de modos de mirar, de lecturas. De, en fin, tiempos compartidos. Así Finestres. Lo cierto es que, al atravesar sus puertas, aquella buena voluntad y entusiasmo virtual coincide de manera exacta y bella con el discurso físico que de la disposición de sus libros en las mesas desprende, sencillamente ateniéndonos a un criterio de mercado puro: la colocación de los títulos punteros para su posterior venta continuada, y qué libros. ¡Ay! Grandes sellos, grupos medianos, pequeños proyectos de cariz independiente, así como la escena ‘fanzinera’ más ‘underground’ conviven de manera armoniosa y, sobre todo, con una inteligencia que emociona en un espacio feliz, sensual, hecho para el disfrute improductivo: la naturalidad de pasear, hojear, tocar, disfrutar, leer y no estar haciendo nada más, realmente. 

El paladar lector no es el único que se percibe entumecido al recorrer las distintas salas que componen Finestres. Quien escribe estas líneas, quizá aún pueda estar hipnotizada bajo el yugo de unas estanterías repletas de libros nuevecitos, tanto en un sentido de novedad editorial, como de haber salido de la caja hace escasos minutos. Bajo este canto asirenado de promesa y viaje gracias a la lectura y los libros, subyace un potentísimo discurso librero, una declaración férrea de intenciones hacia el sector editorial en general y hacia el libresco en particular.

Las librerías son espacios de resistencia e igual de resistentes son sus libreros y libreras, quien tratan de armar con muy pocos elementos una conversación atemporal y hacer de la librería un amigo impetuoso y arrollador con quien siempre quieras hablar y con quien siempre quieres estar.

Es imposible obviar estos días que los libros que leemos no son los que quizá nos gustaría leer, y solo nos damos cuenta cuando los terminamos y sentimos que quizá nos hemos distraído, que nos hemos dejado conquistar. Pero ¿por quién? Resulta paradójico que el encanto del mercado haya resuelto varias incógnitas de un plumazo al plantearnos lo que han dado en llamar «bibliodiversidad», algo que, por cierto, no es tal.

La libertad de la que disponíamos a la hora de elegir una lectura ahora se encuentra sometida al mandato del presente, repleto de capturas de pantalla y de dedos índices que te dicen qué debes leer. Espacios como el de Finestres se vuelven, entonces, ambientes libres de prescriptores capciosos porque lo único que se ven son argumentos bien ensamblados a favor o en contra de un libro u otro. Ahora es infrecuente encontrar alguien que, con verdad, ponga un libro entre tus manos y te invite a su zambullir de forma clara y segura. Es verdad que cuando alguien recomienda un libro no siempre ha de acertar, pero quizá el acierto resida más en la libertad con la que se esgrime ese gesto que en la libertad que se emplea para imponerlo como un credo salvaje. Quizá sea también importante destacar que las secciones que componen el total de ejemplares que alberga Finestres recrean una virtualidad gozosa. Podría estar en internet, brujuleando la obra de una autora que te acaban de recomendar o repasando los títulos de tu autor favorito en Goodreads, pero no: estás en una librería y esa es la buena noticia. Deseas igualmente llevarte a golpe de clic todo lo que te cabe en la mirada, pero al responder a la pregunta de por qué te enfundas los zapatos y bajas a la librería en lugar de comprarlo al Gran Servidor la inteligencia, el sumo cuidado de las propuestas de lectura y, sobre todo, el interés por el libro como objeto de los libreros y libreras de Finestres te ofrecen una respuesta atractiva y belicosa.

Y sí, creo que también existe en la librería un bar, pero no me dio tiempo a tomar nada: me distraje entre las novedades que no había visto, los libros que no sabía que existían, el descomunal fondo bibliográfico sobre cada autor en el que puedas pensar, en fin, las estanterías. Sobre todo, intentando mantener la compostura para no coger un libro y echarme a leer en el suelo, como acostumbro a hacer en casa o como la primera vez en mi vida que entendí que estaba leyendo uno. 

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