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Guillermo Borao: «Cuando alguien lee tu historia, tiene el poder de cambiarla»

El escritor apela a los sueños y a la esperanza en ‘La sastrería de Scaramuzzelli’, de Roca Editorial

| Actualizado a 12 noviembre 2022 13:26
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Un padre, un hijo, unas cortinas y un mundo mágico... La sastrería de Scaramuzzelli, de Guillermo Borao (Roca Editorial), puede leerse como una fábula, con muchas historias en una, como las matrioskas. Pero también como una dura realidad, con la hipocresía social o las desigualdades siempre presentes. En la novela, Borao recuerda el valor de las pequeñas cosas y se rinde al amor por la familia. Una pluma delicada que apela a los sueños y a la esperanza. Una historia en la que un personaje llega a un pequeño pueblo para cambiarlo todo, ¿para bien?

Arranca con una cita de Javier Marías. ¿Lo conocía?
No lo conocía. La cita es un guiño porque en toda la obra utilizo ciertas citas célebres en los diálogos. Las hay de Shakespeare, de García Márquez, de Plutarco, de Stendhal. Pero a Marías le había robado algo más. Abriendo la novela con una cita suya quería decirle que había disfrutado mucho con sus libros.

¿Se puede utilizar una cita de Shakespeare en un diálogo?
Esta novela, que es de época, refuerza esa sensación de que estás en un mundo mágico. El mensaje es que todo forma parte de un proceso de repetición. La novela está plagada de referencias a mi vida y también quería incluir a grandes autores que me han acompañado en este tiempo. Muchas veces son citas muy famosas y el lector puede tener un sentimiento de extrañeza al leerlas y otras son muy sutiles.

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¿Es realismo mágico?
No diría que hay realismo mágico, pero hay una gran influencia. He bebido mucho de García Márquez, de Vargas Llosa, Laura Esquivel...

Desde el principio la sensación que da es que el destino no lo forja el ser humano, que no somos libres. ¿Lo somos?
No somos libres para decidir y, de hecho, la novela no intenta dar respuestas, sino plantear preguntas. La libertad es relativa. Conocemos lo que conocemos y no somos capaces ahora mismo de saber si lo que estamos viviendo es real o no. En este sentido, los cocheros del principio de la novela tienen una parte metafórica, que hasta casi el final no se revela. Para mí son ese barquero, casi Caronte, llevándote de un mundo a otro. La función del cochero cuando lleva a Barros es prácticamente la de trasladarlo de la realidad al mundo mágico, que podría estar en Tonleystone. Lo que ocurre es que al final casi diríamos que son dos realidades como tal porque ni siquiera sabemos si esa parte inicial puede ser la cierta, lo que nosotros entendemos como realidad.

Esto lleva a tener dos novelas.
Sí. Este es el juego de siempre, casi como una muñeca rusa, siempre hay otro nivel de irrealidad. Por eso también el juego de las cortinas y de la última página de un libro. Siempre se necesita que sea otra persona la que te lea la historia porque en el momento en que alguien lee tu historia significa que tiene el poder de cambiarla, el poder de continuarla o repetirla, en este caso.

¿Por qué Londres?
Cuando yo me fui allí, Londres te permitía trabajar nada más llegar. Muchos españoles estaban llegando, había cierta precariedad y muchos jóvenes lo veían como una salida fácil. En ese momento yo trabajaba como periodista en una oficina, me sentía algo estancado y necesitaba un cambio. Al final, la carrera del escritor es vivir y Londres te permitía esto. Y sabía que tendría una experiencia que me ayudaría a escribir más, a evolucionar, a aprender.

¿Es justamente el personaje de Barros?
Barros Scaramuzzelli viene de un amigo mío que se llama Cristiano de Barros Scaramuzzelli, una persona muy especial. Cuando fui a Londres entré en la tienda en la que trabajaba. Él había llegado ese mismo día, solo que cinco años antes. Es portugués, también periodista y llegó sin saber nada de inglés, como era mi caso. Entonces, se vio reflejado y me permitió tener una vida en Londres que no habría tenido si no llego a conocerlo. Esa historia de la persona que llega y lo puede cambiar todo se inicia ahí. Luego en la novela ya veremos si es Barros o no quien cambia la vida.

El respeto te lo ganas por lo que eres, no por la posición que tienes

Los cambios no siempre son para bien...
Cambiar es bueno siempre para conocer, aunque evidentemente te puedes equivocar. Hoy en día, en la sociedad en la que estamos parece que nos cansamos enseguida de las cosas y hay momentos en que se es feliz con lo que uno tiene.

¿La moda para usted es hipocresía social?
La moda como concepto de «es lo que se lleva» lo que hace es contagiarte de lo que la sociedad te está diciendo que tienes que llevar. En la novela, de repente llegó un sastre que quería que el pueblo llevase ropa que se ajustase a cada uno. Porque Barros concibe la alta costura como un diseño exclusivo para cada persona, según lo que es. En este caso, el pueblo asimila que llevar un Scaramuzzelli es ir a la moda. Da igual qué prenda. Lo que quieren es vestir de Scaramuzzellii. Para mí esto era una excusa para hablar de lo que viví en Londres.

¿Trabajó en moda?
Sí y lo que veía era que simplemente por lo que vestía, había una diferencia social que te marcaba mucho. Aparte de los conocimientos o los idiomas que hablaras, simplemente por lo que yo vestía o lo que desempeñaba en ese momento, me hacía ser menos. Por eso Barros trata igual al cochero que a la reina porque para él lo que importa es si uno es bueno o no y eso es lo que merece el respeto y el trato.

Un trato que le da muchos problemas.
Intento que todas las personas sean iguales ante la ley y también iguales ante los demás. El respeto te lo ganas por lo que eres y no por la posición que tienes. Y eso para Barros y para William Langhorne es muy importante. Barros es un sastre célebre y William es el dueño de la fábrica de tejidos, al que todo el mundo aprecia. A ellos les da igual si hablan con la reina o con el calentador de camas, que es algo que se dice en un momento de la novela.

¿La sociedad tiende a ser como Tonleystone?
Siempre ha sido así y Tonleystone, también. Pero no habían tenido esa manzana prohibida. Es decir, en el momento en que alguien llega y les enseña algo que desconocían es cuando empieza a cambiar todo. Aquí podríamos debatir también sobre Rousseau, si el hombre es bueno por naturaleza o somos más de Maquiavelo. Aquí se cuestiona que sea bueno por naturaleza porque en el momento en que pueden ser mejores que su compañero de toda la vida, no tienen escrúpulos. El médico, por ejemplo, se compra un coche para demostrar que es más que el boticario. Y eso es por culpa de Barros, cuando su intención era ayudarlos.

¿Ha indagado mucho en la documentación de los textiles?
Hay un proceso de documentación muy grande. En la novela todo transcurre en un periodo muy concreto, pero he intentado que no hubiera fechas para que tuviera ese carácter atemporal. Es una novela de personas. En cuanto a los textiles, hablo de la viscosa, por ejemplo, que es otro elemento metafórico. Era la imitación de la seda. En este caso, juega mucho con el pretender ser y no ser.

Hay un diálogo entre los personajes sobre el dinero. ¿Cómo de importante es?
Es un diálogo entre el rey y Barros. De él se desprende el poder de los reyes. Y aunque a Barros le sobra el dinero también, viene de una familia humilde, él ha sufrido en sus inicios y le da un valor. Hay juegos constantes a las diferencias de clases e incluso también se podría hablar de estamentos. La posibilidad de que nazcas en una clase y esto te determine. En este caso, la nobleza. Esto sería motivo incluso de debate.

Si tomamos el personaje de Barros, ¿cree en la meritocracia?
Quiero creer que cuando uno trabaja mucho y hace bien las cosas acaba consiguiendo lo que se propone. Luego siempre es necesario que llegue una dosis de suerte, aunque creo que el esfuerzo acaba teniendo su recompensa. Es lo que me ha costado esta novela. Empecé en 2016 y se ha publicado en 2022. Para mí es casi una cuarta novela porque la he reescrito muchas veces, capas y capas. En este caso, tanto trabajo y tanta constancia dieron sus frutos y quiero creer que esto es así en general.

El fabricante de tejidos Joseph Langhorne entretenía a su hijo leyéndole historias que le hacían pensar. ¿Es su caso con los lectores?
Sí. Hay que preguntarse mucho por qué escribes. Escribir es muy osado, hay millones de libros, por lo que tiene que estar justificado. Nunca podría hacer un relato de mero entretenimiento porque para eso igual hay otros escritores que lo hacen mejor, que ya lo han hecho. Lo que intento siempre es poder darle algo más. Y lo único que tengo son mis experiencias y lo que yo he podido aprender y evolucionar. Quizás esta novela no responda ninguna pregunta sobre el sentido de la vida, pero lo que hago es dar unas preguntas para que el lector tenga las herramientas para elaborar sus respuestas.

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