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Kreskol, el pueblo que escapó de los nazis

‘La aldea perdida’ es una novela del neoyorquino Max Gross que, con humor y fina ironía, invita a reflexionar sobre el convulso siglo XX y los avances que hacen posible la sociedad actual, a partir de un pequeño pueblo atrapado en el tiempo

| Actualizado a 22 agosto 2022 07:00
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¿Cómo le explicarían a un judío atrapado en el siglo XVIII que, de pronto, apareciera en el salón de su casa?, pero no a cualquier judío, sino a uno polaco. ¿Le mostrarían fotografías de los campos de exterminio liberados?, o lo sentarían durante un par de horas delante de La lista de Schindler, de Steven Spielberg?, teniendo en cuenta, por supuesto, que el nombre de Spielberg no le diría absolutamente nada. Ni el de Spielberg, ni el de Hitler, Stalin, Churhill o Pol Pot. Ninguno. Lo mejor del caso es que este judío no pertenece físicamente al siglo XVIII, sino que nos es contemporáneo. Ha salido de Kreskol, una aldea perdida en medio de Polonia donde se ha parado el tiempo. Viven sin electricidad, con coches de caballos y dan por supuesto que solo el Mesías puede llegar en helicóptero, artefacto, por otra parte, que no han visto en su vida.

Se trata de La aldea perdida, de Max Gross (Edicions del Periscopi/Gatopardo), traducida al catalán por Ferran Ràfols Gesa y al castellano por Irene Oliva Luque. Una novela deliciosa que, a pesar de la trascendencia de los temas que trata, arranca sonrisas. «Tiene puntos sarcásticos, es un libro divertido y muy inteligente, que nos hace reflexionar, que es lo que buscamos en Periscopi. En este caso, nos hace pensar en la idea de identidad. Nos imaginamos este pueblo que ha pasado a lo largo del siglo XX aislado de todas las convulsiones que la historia ha situado sobre Europa, especialmente sobre los judíos. Y, por tanto, nos hace esta pregunta, ¿qué hubiera ocurrido si este pueblo hubiera quedado totalmente aislado?», comenta Aniol Rafel, editor de Edicions del Periscopi.

La novela arranca con un caso de desamor. Un buen día, Pesha decide que no quiere a Ishmael, pero en una sociedad patriarcal -esto no cambia prácticamente nunca- tiene que ser él quien le otorgue el divorcio. Una vez conseguido, no sin dificultades y rencor, Pesha desaparece y, tras ella, Ishmael. ¿Han huido?, ¿ella?, ¿él?, ¿los dos?, ¿ha habido un asesinato? Paciencia, porque todas estas preguntas tendrán respuesta, más o menos 400 páginas después.

A raíz de las desapariciones, las autoridades de la aldea deciden informar a las polacas de que existiría la posibilidad de que entre ellos hubiera ido a parar un asesino. Y como mensajero envían a Yankel Lewinkopf, un personaje entrañable. Y es aquí cuando ya no hay vuelta atrás. Porque una vez allí, Yankel descubrirá de una tacada la Revolución Industrial y la tecnológica y acabará encerrado en un psiquiátrico tras explicar una y mil veces su historia.

Evidentemente, cuando la pequeña aldea sale a la luz, se convierte en un circo mediático y Gross plantea una dicotomía. «¿Cómo pueden reaccionar estas personas que, de golpe, redescubren la modernidad y todos los inventos, la sociedad en la que vivimos?, querrían acercarse?», se pregunta Aniol, quien añade que «al mismo tiempo que se lo preguntan los personajes, por efecto espejo hace que nos lo preguntemos nosotros. Y a pesar de que son cuestiones suficientemente importantes, Max las trata utilizando el humor inteligente, la ironía e incluso la parodia». Modernismo y tradición, avances y estancamiento, el eterno estira y afloja. En realidad, ¿quieren estos aldeanos aprender polaco, ir a la escuela, que les retiren la basura y pagar impuestos? Esta es una de las claves de la novela, en un momento en que no pocas personas deciden dejarlo todo para refugiarse entre la naturaleza. La otra, la negación del Holocausto que, si bien en la novela se debe a un desconocimiento, el autor dirige la mirada de los lectores hacia la inquietante posibilidad de la banalización del exterminio judío, de su desaparición de la memoria colectiva con el paso del tiempo.

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