Clásicos
Viaja a la Roma de los grandes escritores
Desde Petrarca a Henry James, Mark Twain, Goethe o Dickens dejaron sus impresiones de la Ciudad Eterna. Ahora, una guía las recoge

Foro romano
«Necio es quien admira otras ciudades sin haber visto Roma», aseveró Francesco Petrarca. El poeta italiano, figura clave del humanismo, idealizó la antigua Roma como modelo de virtud, grandeza y cultura, pero no fue el único subyugado por la Ciudad Eterna. Estrabón, Michel de Montaigne, Goethe y Stendhal lo acompañaron. También Percy Shelley, Dickens, Melville o Henry James. Todos ellos están reunidos en la Guía literaria de Roma. Los lugares imprescindibles vistos por los genios de la literatura (Ático de los Libros). Unos referentes para incluir en la maleta de cualquier viaje con destino a la capital italiana.
¿Qué dijeron? ¿Cómo la vivieron? ¿Qué impresiones se llevaron de la Antigüedad?
La primera vez que Petrarca (1304-1374) fue a Roma tuvo lugar en 1337 invitado por la importante familia Colonna. Su primera impresión fue una amarga decepción, «¿Dónde están las numerosas construcciones erigidas por Agripa, de las que solo queda el Panteón?», se preguntó.

El segundo viaje y más influyente fue en 1341 para recibir la coronación poética en el Capitolio. En la Epístola familiar 6.2, durante su paseo con Giovanni Colonna por el Foro romano y las Termas de Diocleciano, describe la ciudad como un museo viviente: «Deambulábamos solos por Roma, en cada paso había algo que excitaba el lenguaje y el espíritu». Sin embargo, apuntó «¿quién hoy sabe menos de las cosas romanas que los propios ciudadanos romanos? Sin querer lo digo: en ninguna parte se conoce menos Roma que en Roma».
Petrarca fue uno de los grandes responsables del renacer del interés por Roma durante el Renacimiento. Tras él, escritores y humanistas continuaron visitándola, explorándola y describiéndola, contribuyendo al redescubrimiento y la preservación de su legado clásico.
En la línea de Petrarca, muchos años después se lamenta Edward Gibbon (1737-1794) cuando habla del Coliseo. En su Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, publicada entre 1776 y 1789 en seis volúmenes, el historiador británico describe cómo, en el siglo XIV, facciones rivales en Roma acordaron extraer piedras del Coliseo para sus propios fines, una práctica criticada por su impacto en el monumento. Fue precisamente sentado entre las ruinas del Capitolio mientras unos frailes descalzos cantaban vísperas en el templo de Júpiter, cuando decidió escribir su obra magna.

Coliseo en Roma.
Viaje a Italia de Goethe (1749-1832) es el relato del año y medio que pasó recorriendo el país. Según él mismo escribió cuarenta años antes de partir «Roma será mi universidad. Desde luego, es en verdad una universidad, quien la ha visto, lo ha visto todo». En una de sus valoraciones, el genio alemán muestra su aprecio por la cadencia arquitectónica de la Plaza de San Pedro, el equilibrio entre grandiosidad y orden, algo que valoraba como artista con influencias neoclásicas en su obra: «Me he encontrado frente a la Plaza de San Pedro. Nada puede ser más imponente que este espacio y, sin embargo, todo se mantiene en armonía», escribió. Para Goethe, «hasta el individuo más vulgar se convierte en alguien en Roma, pues como mínimo adquiere una visión no vulgar de la vida».

Plaza de San Pedro
Stendhal (1783-1842) viajó a la Ciudad Eterna en varias ocasiones, la primera en 1815. Nada mejor que la lectura de los fragmentos del diario personal de un autor para el que Roma era la metáfora del amor perfecto. Se refirió al Coliseo, al mausoleo de Adriano «convertido en fortaleza durante el ataque de los godos» y a San Pedro. De la Fontana di Trevi destacó su «majestuosidad», pero, «desafortunadamente, descansa sobre un terreno muy bajo y el espacio es muy estrecho», para seguidamente elogiar a Agripa, quien «hizo construir un acueducto de 14 millas para alimentar la fuente de agua y así sigue desde hace mil ochocientos cuarenta y siete años».

Fontana di Trevi
Charles Dickens (1812-1870) en Imágenes de Italia se centró en la descripción de acontecimientos y ceremonias, más que en monumentos y palacios. Del Coliseo dijo «No es literatura, sino la verdad más clara, sobria y honesta, decir que a día de hoy sigue siendo tan sugerente y distinto a todo que, por un momento, cuando se traspasa su umbral, quienes penetran en su interior pueden sentir aquella gran masa ante ellos tal y como fue, con miles de caras ansiosas contemplando la arena, donde acontecía un torbellino de lucha, sangre y polvo que ningún lenguaje puede describir». También Mark Twain (1835-1910), que visitó Italia en 1867, imaginó su peculiar tarde de espectáculos en el Coliseo, monumento que «cuenta mejor que ninguna crónica la historia de la grandeza de Roma y su decadencia».
Henry James (1843-1916), en su paseo por los monumentos más significativos, incluye los jardines Colonna. Y Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891), autor de El sombrero de tres picos, habla de los «muchos palacios, algunos de ellos interesantes y hermosos» de la Piazza Colonna con la columna Antonina «erigida donde mismo se halla (antiguo Foro de Antonio), para celebrar las victorias de Marco Aurelio».
Roma sigue siendo, como lo fue para tantos escritores, un espejo del alma europea, un escenario donde el pasado convive con la imaginación de quienes la recorren.