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Miguel Bonnefoy: "Venezuela no es solo Chávez y la revolución. También es desierto, selva y bosque"

El autor francovenezolano se inspira en su singular mitología familiar para construir, en ‘El sueño del jaguar’, una saga en la que el destino de sus protagonistas se entrelaza con la turbulenta historia del país

Miguel Bonnefoy.

Miguel Bonnefoy.©Aurélie Lamachère/Leextra/Maison Deyrolle/Éditions Rivages

Glòria Aznar

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Cuando una mendiga muda de Maracaibo, en Venezuela, encuentra a un recién nacido abandonado en las escaleras de una iglesia, no imagina el extraordinario destino que le espera al niño. Criado en la pobreza, Antonio será vendedor de cigarrillos, estibador y mozo en un burdel antes de convertirse en uno de los cirujanos más ilustres de su país. El sueño del jaguar, del francovenezolano Miguel Bonnefoy, es una saga familiar donde el destino de los protagonistas se entrelaza con la historia del país. Una novela publicada en catalán por Les Hores y en castellano por Libros del Asteroide.

El petróleo, fortuna y desgracia de Venezuela…

Obviamente, ha sido a la vez la grandeza y la pérdida de Venezuela porque cuando descubrieron el petróleo empezó esta especie de maldición de la monoproducción, que eso hace que hoy en día Venezuela prácticamente solo viva de él. No tuvo el coraje, el tiempo, la inteligencia de trabajar su agricultura o de plantar unas raíces profundas en las instituciones públicas para poder crear una ramificación un poco más grande de la economía nacional. Así que, efectivamente, el petróleo fue nuestra gran desgracia. Pero, por otro lado también dio la construcción del país.

Maracaibo pasa de ser una cosa a ser otra completamente distinta, un viaje que va en paralelo a lo que les ocurre a sus abuelos.

Esa es la clave del libro. Maracaibo empieza como un pequeño pueblo de pescadores donde se vive de yuca, de maíz y de arroz. Poco a poco, cuando llega el petróleo, se va transformando en una inmensa ciudad babélica, dantesca, titanesca, donde llegan todas las nacionalidades y va creciendo a unos niveles completamente absurdos. Es cierto que esa especie de analogía, ese paralelo se da perfectamente con la vida de Antonio y Ana María, que empiezan siendo los niños de la miseria y que terminan, por rebotes de la historia, siendo personajes extraordinarios, grandes médicos y mi abuelo, además, rector de la universidad. Es un juego de espejos, digamos, entre la ciudad y los personajes.

¿Cómo funcionó de esa manera el ascensor social?

Ese ascensor social se dio por rebotes, por azares. Otros te van a decir que se dio por el destino, por una fuerza interna, un motor interno que tenían ellos, una abnegación o una tenacidad. Esa especie de vieja ilusión del self made man, o de la self made woman, que fue un gran mito desde el siglo XIX y el siglo XX, a partir del momento en que cortaron cabezas de reyes en Francia y en el mundo se empezó a crear la idea de que, efectivamente, no estabas totalmente determinado por tu condición social. Que podías cambiar las cosas con tu fuerza de trabajo y con algunos azares. Y eso fue lo que les pasó a Antonio y Ana María en una Maracaibo que se estaba formando. Se necesitaban cabezas, se necesitaba inteligencia y ellos se montaron en ese tren.

Entre mitos y leyendas, ¿ha podido discernir la realidad?

Como en todas las familias hay muchos mitos, muchas leyendas, muchos imaginarios colectivos entre los que uno, finalmente, no sabe qué es verdad y qué mentira. La gente, en todas las familias, repite cosas que ha escuchado, que se han dicho en otras generaciones y puede haber relatos que van atravesando y cruzando todo un linaje hasta que ya nadie los pone en duda.

En la suya propia...

Lo que hice fue simplemente recuperar todas esas historias que son a menudo simbólicas, un poco metafóricas, que tienen algo alegórico para poder meterlas en el libro y mezclarlas con los movimientos políticos del siglo XX venezolano.

¿La revolución bolivariana fue el inicio del fin del ascenso de Venezuela?

Prefiero no meterme mucho en esa conversación. Pienso que hay politólogos, economistas y sociólogos venezolanos que hablarán mucho mejor que yo y tienen más talento. Dicho esto, lo que veo es lo que todo el mundo ve. Por un lado, un exilio masivo de miles de venezolanos en el extranjero, lo que muestra las grandes heridas de la revolución. Por otro, que la Revolución bolivariana, sobre todo al principio, llevó las misiones sociales y cosas positivas a Venezuela. Es un tema muy delicado, pero lo que sí es cierto es que Venezuela está sufriendo y hay que saber escuchar ese sufrimiento.

¿Cómo vive el exilio? Usted, además, escribe en francés.

Para mí es un poco distinto porque nací en París. Yo ya era hijo de exiliado político porque mi padre es chileno. Lo torturaron en Chile y llegó a Francia después de la dictadura de Pinochet. Mi madre era diplomática, encargada cultural de la embajada de Venezuela en París. Tengo un vínculo con Francia muy profundo y, por otra parte, después estuve viviendo casi 14 años en Venezuela en la época de Chávez. A su muerte me volví a Francia, que fue donde empecé a escribir libros. Desde la primera novela me fue muy bien e inicié esta aventura literaria deliciosa. El sueño del Jaguar, que no es mi primer libro escrito sobre Venezuela, es por un lado un homenaje y por otro, una especie de nostalgia del país. Pero es también una manera muy humilde y te lo digo muy sinceramente, de dar voz al silencio.

Es imposible desvincularla de Chávez...

Cuando uno piensa en Venezuela... Todo el mundo te va a hablar de Chávez, de la revolución, del desastre, de la cosa, de la situación, como dicen. La situación. En verdad, Venezuela no es solo eso. Venezuela es también la historia de Antonio, la historia de Ana María, es la historia de la medicina, de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, es la historia del boom petrolero. Es la historia del desierto, la selva, la nieve y el bosque. O sea, es el espesor del aire, es el perfume de la sonrisa, son tantas cosas un país, no es solo un instante, una pincelada del instante en la historia. También quería mostrar la rosa y no solo la espina. Mostrar la luz y no solo la sombra y decir, ‘Esto es Venezuela’.

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