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Mohamed El Morabet: «El arte ha cambiado nuestra forma de mirarnos y de relacionarnos»

El escritor de origen marroquí retrata en ‘El invierno de los jilgueros’ (Galaxia Gutenberg) un mundo en descomposición con un desierto hostil y la Marcha Verde como centro

| Actualizado a 05 agosto 2022 21:49
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Brahim reside en Alhucemas, es su hogar y su mundo conocido. Hasta allí regresan los jilgueros en primavera, igual que un día regresa su hermano desde el desierto, tras participar en la Marcha Verde. Sin embargo, no vuelve igual, es otra persona, taciturna, callada. Mientras, Brahim crece como un joven sereno, al que le gusta dibujar el horizonte, un hombre que acepta lo que le acontece. Años más tarde, cuando se marcha a estudiar a la Escuela de Bellas Artes a Tetuán, conocerá a Olga, con la que establecerá una relación que lo marcará para siempre. Es El invierno de los jilgueros, de Mohamed El Morabet, publicado por Galaxia Gutenberg.

¿Todavía existe ese espíritu de vecindario en Alhucemas?
No creo que actualmente exista esa ciudad que he dibujado en la novela. Ha crecido, ha sufrido migraciones, tanto de personas que han venido a Europa como de gente de otras ciudades de Marruecos y del mundo rural que han acudido a Alhucemas, con lo cual ha habido una transformación. No creo que exista esa sensación de pequeño vecindario, donde todo el mundo se conoce y donde se dejan las puertas abiertas.

El Sáhara es de Marruecos y punto, ni siquiera se debate. Esto se da por hecho, es casi un axioma

Igual que en Occidente.
Es una idea que tenía muy presente. Es algo consustancial a una ciudad pequeña que se va haciendo grande. Pasa en todas partes.

Citando una frase de la novela, ¿usted es de los que se establecieron allá donde se tuvo que aprender idiomas o solo se conocía de los libros?
En mi caso conocía el español de los libros, pero también tenía un conocimiento más académico. Fui a estudiar a Madrid a los 19 años después de haber pasado la Selectividad a distancia, por la UNED, en Rabat. Más o menos tenía un contacto, aunque no tenía muy claro un proyecto migratorio. Yo iba a estudiar. Después, por una serie de cuestiones, entre ellas la pereza, me quedé en Madrid.

Le iba a preguntar si siente añoranza, pero con su respuesta, imagino que no.
No. Rápidamente me hice mi hueco en Madrid, una ciudad acogedora. Me sentí parte del paisaje. Echo en falta cosas concretas, como el mar o comer pescado todos los días, pero las echo de menos sin dramatismo.

Presenta el desierto y el mar como medios hostiles.
Por lo que respecta al desierto, hay ausencia de información. El narrador, que es Brahim, se imagina el desierto a través de lo que su hermano no le dice. Entonces, como ve que su hermano ha cambiado en el desierto, que regresa diferente, está más callado, utiliza palabras parcas, entonces imagina un desierto muy hostil en contraposición con un mar que también es hostil, aunque lo considera propio. Es decir, creo que las personas somos más benévolas con la hostilidad que consideramos propia. Si el mar es hostil, pero es tuyo, lo aceptas. Pero si el desierto no lo es y además está muy lejos, pues no lo aceptas. Dudo mucho que los que vivan en el desierto sientan esa hostilidad e imagino que es el mar lo que sienten como algo hostil, sobre todo el Mediterráneo, en este caso.

Brahim dibuja el horizonte, para él es la esperanza. ¿Qué es para usted?
En esta novela creo que cumple un poco la función de divinidad, de Dios con los que no creen en Dios. Está ahí siempre, omnipresente, siempre que recurres a él lo tienes delante, no te contesta ni te habla, pero te da una sensación de serenidad al contemplarlo durante un rato. Es una sensación de recurrir a una divinidad, pero en este caso, una divinidad casi plástica porque la puedes transformar en un dibujo, en un cuadro.

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La Marcha Verde vuelve a estar de actualidad. En aquel momento, ¿qué significó para Marruecos?
Tengo un gran recuerdo de la Marcha Verde. Se celebra el 6 de noviembre y para los niños era importante, era una gran festividad porque nos daban tres días de fiesta en el colegio. Además, era justo la primera festividad tras empezar las clases. No obstante, a través de la novela, la situación que quiero dar a conocer es que con la Marcha Verde se inaugura un país. Es decir, Marruecos es muy grande y heterogéneo, diferente lingüísticamente de una zona a otra. El paisaje también es distinto, en el norte es muy azul y verde y a medida que bajas, se hace más arenoso, hasta el desierto, que es totalmente amarillo. Y esta es mi interpretación ahora, con la perspectiva del tiempo. Creo que con la Marcha Verde se inaugura la idea de intentar homogeneizar el país, una idea que no se completa hasta los años 2000. Ahora, si uno viaja por Marruecos, encuentra elementos comunes que te dicen que es el mismo país. Pero estoy convencido que antes sentías que era diferente, tanto lingüísticamente como en la forma de comunicarse, de socializarse también.

Un poco como aquí.
Los procesos tanto de construcciones o de destrucciones de las ciudades y los estados se parecen mucho y son muy aburridos. Se dan similitudes muy grandes.

Las personas somos más benévolas con la hostilidad que consideramos propia. Si el mar es hostil, pero es tuyo, lo aceptas. Pero si el desierto no lo es y además está muy lejos, pues no

¿Cuál es el sentimiento de la población hacia el Sáhara Occidental?
No hay una discusión en torno a este tema. El Sáhara es de Marruecos y punto, ni siquiera se debate. Esto se da por hecho, es casi un axioma.

¿Qué opina del último movimiento de Pedro Sánchez?
Llevo mucho tiempo en España y desde los años 80 ha habido una pasividad, una aceptación casi tácita de la pertenencia del Sáhara a Marruecos. Lo que ha hecho Sánchez ha sido un cambio de discurso, más que de realidad.

Y ha puesto en brete a Argelia...
Se me escapan un poco las dimensiones que existen porque la rivalidad entre Marruecos y Argelia es manifiesta desde incluso antes de la independencia de los dos países. Es una realidad incrustada por el colonialismo francés. Luego se intensificó a raíz del Sáhara. Y tampoco se entiende. Estoy casi convencido de que tanto el pueblo marroquí como el argelino no entienden por qué esa rivalidad, ya que es política, diplomática. Por ejemplo, la frontera terrestre entre ambos países lleva cerrada desde el año 94 y no tiene sentido.

En esta novela el horizonte cumple un poco la función de divinidad, de Dios con los que no creen en Dios

En cuanto a sus personajes, si hablamos de Olga, ¿el arte puede cambiar el mundo?
El arte ha cambiado el mundo. El ser humano, desde el Renacimiento hacia aquí, es un ser totalmente diferente a si leemos por ejemplo los relatos escritos en el medievo. El arte puso en el centro del debate al individuo. El ser humano es el objeto de la mirada, es quien mira y es mirado. Es algo maravilloso. Se trata de un invento humano que se ha centrado mucho en Europa porque las circunstancias geográficas y políticas, económicas y sociales coincidieron. En realidad, es fruto del Mediterráneo. ¿Te imaginas ahora para añadir una variable más la ausencia del cine y la fotografía, que han ocupado el siglo XX de una forma contundente? El arte ha cambiado de forma tajante nuestra forma de socializarnos, mirarnos y de relacionarnos. Lo tengo clarísimo.

Y a través de Olga plantea la identidad.
Estoy un poco cansado de las novelas en las que aparecen personajes marroquíes que siempre tienen problemas de identidad. Por ejemplo, Brahim no creo que lo tenga. Él está en su contexto, en su rutina y no llega a plantearse quién es. Esto se lo plantea Olga porque hace un viaje. En el planteamiento identitario tiene que haber un catalizador y siempre suele ser un viaje. Si tienes dinero se llama viaje y si no lo tienes, se llama emigración. Pero es lo mismo. Ella hace un viaje en el que más o menos sale del núcleo familiar, de la casa de su madre, se plantea ir a Tetuán a enseñar, alejarse de Madrid, coge perspectiva para ver qué puede hacer en el futuro. No tiene muy claras las ideas, pero sí el espíritu y las ganas de emprender una nueva aventura.

¿Qué haría usted si estuviera en el caso de Brahim y de su hermano y este le pidiera lo que le pide a él?
Me dejaría guiar por el ejemplo de Brahim. Me dejaría guiar por todas las sensaciones que guiaron a Brahim para tomar la decisión que tomó.

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