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Botín en la noria (L'Hospitalet 1 - 1 CF Reus)

El CF Reus rescata un punto de la Feixa Llarga gracias a un gol de penalti de Colorado en la agonía del partido. Los rojinegros pueden perder hasta el 1-1 y ganar en el descuento, con dos ocasiones claras de Fernando Rodríguez
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El lateral zurdo del Reus, Miguel Marín, conduce el cuero seguido de cerca por un futbolista local ayer en L´Hospitalet. Foto:  Xavi Guix/CF Reus Deportiu

El lateral zurdo del Reus, Miguel Marín, conduce el cuero seguido de cerca por un futbolista local ayer en L´Hospitalet. Foto: Xavi Guix/CF Reus Deportiu

Edgar miró al cielo y elevó su figura para peinar una especie de coco caído del árbol. En la desesperada del Reus. Con el tiempo agonizando y su sistema nervioso a un millón de pulsaciones. Aquel balón chocó en las manos de Aleix Coch o por lo menos eso pareció. El juez señaló el punto fatídico. No dudó. Lo hizo firme. El alivio rojinegro lo culminó Colorado con suspense. Víctor, el arquero local, llegó a rozar el balón, pero éste besó la red.

El Reus rescató botín en la noria de la Feixa Llarga. El partido se convirtió en delirio en una tarde de domingo. Los locales merecieron ganar antes y pudieron perder después. El fútbol resulta tan caprichoso que no concede nada. Su mística apasiona precisamente por eso.

Las artimañas de tinieblas incomodaron demasiado al Reus, que se aburre cuando debe acudir al trabajo obrero. Aquel que obliga a ir a las disputas, a mirar más que de costumbre al cielo. La naturalidad de este equipo responde a otra cosa, pero la categoría exige adaptación a escenarios feos como el que se dibujó en L’Hospitalet. Los locales exhibieron su pose más poderosa en el músculo. Llevaron el partido hacia el lugar que habían imaginado en la previa. El Reus jamás halló la continuidad para un concierto coherente. El césped tampoco puso de su parte. En lugar de conducir un balón, daba la sensación de que los actores necesitaban domar a un conejo.

Avisó L’Hospi pronto. En la transición, con espacio por detrás de la línea de cuatro rojinegra, los chicos de Martí Cifuentes solían hallar resquicios golosos. Guzmán recibió en la derecha y en dos toques pudo alcanzar la gloria. Recortó hacia adentro y ejecutó. Salió el balón lamiendo la madera de Edgar Badia. El arquero estiró su tronco para evitar la angustia.

Los de Natxo necesitaban mancharse ‘en el barro’ para mantenerse de pie. Decidieron responder con cierta elegancia. Colorado, al cuarto de hora, peinó un balón en tres cuartos de cancha. Edgar interpretó su idea y atacó la zona vacía. Se hizo un lugar entre los centrales acomodando el cuerpo y remató. Le salió mordido. Víctor, el aquero barcelonés, no atajó sólo escupió y dio una segunda oportunidad. Colorado, de primeras, mandó alto el balón.

Monotonía imprecisa

Esa especie de intercambio de golpes se perdía de vez en cuando en la brega en la sala de máquinas. Desatascó la tarde Ruibal, con un movimiento fantástico. A los 25 minutos, trazó una diagonal entre Olmo y Moyano. El servicio de David López alcanzó puntualidad británica. Anotó Ruibal, preso del éxtasis. A L’Hospitalet se le apareció el sueño semanal. Optó por refugiarse y descoser al Reus a contragolpes. Le generó inquietud quisquillosa.

Natxo confió en la sorpresa de sus laterales para romper la telaraña local. Marín y Benito tomaron un papel principal en los ataques rojinegros. Llegaban mucho pero concretaban poco. Ese fue el problema. En cambio, el rival combinaba menos, pero era más preciso en sus verticales despliegues. El Reus se descubrió porque optó por el riesgo. En sus rotaciones existía un mensaje ambicioso. González sacrificó a su eje, Jaume Delgado, para apoyarse en el vértigo de Ricardo.

Olmo sujetó a Ruibal en otra transición casi definitiva de L’Hospitalet. Acomodó la punterita para evitar un remate en boca del gol, tras la cabalgada del punta. Éste conquistó sin oxígeno el momento de la verdad. Edgar Badia necesitó hacer otro milagro a disparo de Guzmán, a los 68 minutos. El perdón local fue castigado. Suele ocurrir en este juego, especialmente cruel.

Edgar Hernández se disfruzó de pívot baloncestístico para repartir asistencias en la embestida directa del Reus. Peinó la pelota del penalti y le ofreció otro caramelo a Fernando, que llegaba como un avión ya en el añadido. El disparo del atacante, también recurso en la rotación, salió desviado. Otro intento del andaluz cerró la locura. Una locura sana y, a veces, amable. En la noria del fútbol.

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