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Achille Emaná, punto final en el Nàstic

En su segunda etapa como jugador del Nàstic, el camerunés no ha rendido al nivel esperado, sobre todo en el tramo final del curso y su vinculación con el cuadro tarraconense llega a su fin

Iñaki Delaurens

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Imagen del mediapunta camerunés que ha ido perdiendo protagonismo en el juego del Nàstic desde su llegada el pasado mes de enero. Foto: pere ferré

Imagen del mediapunta camerunés que ha ido perdiendo protagonismo en el juego del Nàstic desde su llegada el pasado mes de enero. Foto: pere ferré

Por mucho que nos cueste admitirlo la vida no suele ser un cuento con final feliz. Achille Emaná se convirtió en el ídolo de la afición la temporada 2015/16. Era el jefe del Nàstic, el Messi grana, el número uno en Tarragona. Quedar a las puertas de Primera no devaluó al camerunés. Sus lágrimas sobre el verde del Nou Estadi calaron hondo en el corazón de la hinchada. 

Pero se fue a Japón, en una aventura con muchos flashes y poco balón. El invierno pasado volvió a Tarragona para ser el estandarte nastiquer en la complicada misión por la salvación. Empezó teniendo protagonismo, pero las lesiones le fueron mermando de tal manera que le privaron del fútbol. Ha acabado lejos de su mejor versión y desde la dirección deportiva no se apuesta por su continuidad.  

Achille Emaná (Yaoundé, 1982) llegó a Tarragona el verano de 2015 de la mano de su representante José Pablo Varela. La idea principal era la de mantenerse en forma mientras le buscaban un equipo en los Estados Unidos. Pero poco a poco se fue sintiendo a gusto en la familia del Nàstic y decidió ser un miembro más.

Tras vivir un gran año el curso 2015/16, esta vez no ha sido tan determinante dentro del campo

Centrado en su puesta a punto física, Emaná empezó de suplente con Vicente Moreno, pero no le costó mucho hacerse un hueco en el once del valenciano. Era un comodín en tres cuartos de campo. Se movía por dónde quería, con libertad para desarbolar las defensas rivales.

El Nàstic firmó una gran campaña, tercero de la liga y muy cerca de ascender a Primera División. Nueve goles en 39 partidos  y esa sensación tirar de genialidad en cualquier momento enamoraron a la afición. Se fue entre vítores destino a la segunda liga del Sol Naciente, en las filas del Tokushima Vortis.

Después de una agria experiencia en el país nipón, volvió el pasado mercado de invierno lleno de ilusión. La gradería grana se animaba con sólo oír su nombre. Achille Emaná contó con la confianza del nuevo técnico, Juan Merino, en un primer momento. 

Contaba con la confianza de Juan Merino pero su relación se fue enturbiando

El Nàstic dejó la última plaza y salió del descenso. Hasta ahí todo eran sonrisas. El camerunés marcaba  –esta vez han sido cuatro goles en 16 actuaciones– y su presencia sobre el pasto intimidaba a los rivales. Pero su relación con Merino se enturbió. El gaditano le acusaba públicamente de no entrenar a buen nivel y fue perdiendo minutos de juego hasta desaparecer de las convocatorias. Las diferencias entre ambos llegó a punto de no retorno. Quién sabe, si al final fueron el germen que sentenciaría a ambos. 

El cualquier caso, fuera Merino, con Nano no llegó ni a entrar en una lista. Sus dolencias en el tobillo izquierdo le impedían estar al 100%, condición obligada con la permanencia en el aire. Su nombre, tan coreado y querido por la hinchada grana, dejó de sonar en el Nou Estadi. 

Achille termina contrato con el Nàstic este 30 de junio y desde el club no se le va a renovar. Tras esta segunda etapa, el libro de Emaná como jugador del Nàstic llega a su final. Está escrito lleno de capítulos emocionantes, con intriga y un final de vértigo que deja al equipo en Segunda y al jugador fuera de él.    

En la retina del aficionado quedará aquel penalti fallado ante el Leganés que podría haber supuesto un ascenso si hubiese acabado en la red. Pese a ser recordado como un futbolista magnífico, ese fallo privó a Emaná de la gloria eterna. 

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