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Alfonso Periáñez, el hombre que siempre acude al rescate del SPiSP

Fundó el Sant Pere i Sant Pau y lo presidió 20 años. A los 73 vuelve al club para dirigirlo

Raúl Cosano

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Tras la dimisión de la junta directiva, Alfonso Periáñez se pone al mando de una gestora.  Foto: Lluís Milián

Tras la dimisión de la junta directiva, Alfonso Periáñez se pone al mando de una gestora. Foto: Lluís Milián

Quizás Tarragona le deba agradecer a Correos su romance atávico con el volei. Alfonso Periáñez, fundador del CV Sant Pere i Sant Pau hace 35 años, trabajaba con telegramas cuando fue destinado con 23 aquí, donde llegó desde Salamanca. Ya no se movió. Casi sin planteárselo se convirtió en uno de los protagonistas de una historia deportiva de éxito: un equipo surgido en el patio de un colegio público de barrio llegaría a estar entre los mejores de España y a jugar en Europa.&nbs p;
Desde 1982 Alfonso prácticamente no ha dejado de visitar el pabellón de sus desvelos. Él es el hombre que siempre estuvo allí, y que sigue estando: es fundador, socio número 1, presidente durante dos décadas, presidente honorífico, delegado y ahora, cuando disfrutaba de un segundo plano, se vuelve a poner al frente.&nbs p;
‘Era imposible decir que no’
Desde hace unas semanas es la cabeza visible al mando de la junta gestora tras la dimisión de la anterior directiva. «Estoy aquí por el voleibol y por el club. Nunca me he sentido alejado del club, tuviera cargo o no. Ahora se formó esta junta gestora, la gente pidió que yo estuviera y era imposible que dijera que no», cuenta. 
Alfonso siempre vuelve. Los demás van rotando, pero si las cosas se tuercen, él regresa al rescate. «Lo principal ahora es poder acabar la temporada. Luego ya veremos quién se pone al mando», explica. Esa casualidad, el rol de hombre que pasaba por allí, se reprodujo en los 80. «Es muy sencillo. Yo presidía la asociación de padres del colegio público de Sant Pere i Sant Pau. Una de mis prioridades era facilitar el deporte en elcolegio. El volei empezó a funcionar muy bien, pero cuando los chicos acababan los estudios en el cole, se iban y los perdíamos. En la mayoría de los institutos no se hacía volei. La única solución para no perder el trabajo de la escuela fue hacer un club». 
Así nació el CV Sant Pere i Sant Pau. En ese alumbramiento tuvo mucho que ver, curiosamente, otro castellanomanchego, Pepe González, un profesor de Valladolid que revolucionó las clases del cole cuando vino y preguntó un día:«¿Por qué aquí no se juega a voleibol?». En los planes de Periáñez ni en los de nadie entraba llegar tan lejos. «Se jugaba, y se jugaba tan bien que poco a poco el club fue creciendo. Diez años después nos vimos jugando una fase de ascenso a Primera División». 
En aquellos años Alfonso siempre estuvo delante como presidente. Luego las cosas se complicaron. «Cuando comenzamos a manejar presupuestos de varios millones de pesetas empezaron los dolores de cabeza», recuerda.
El pujante SPiSP se movía entre el excepcional rendimiento deportivo y cierto amateurismo obligado. Había que aprender sobre la marcha y hacer malabarismos en la precariedad. Un ejemplo: el club logró billete de competición europea. Para ahorrarse los desplazamientos, decidió organizar la fase en casa, con todo lo que ello comporta. «Fue un esfuerzo muy grande por parte de todos, aunque vivimos momentos muy estresantes», admite. 
De directivo a aficionado
Poco después el incansable Alfonso abandonó la presidencia. «Arrastraba problemas cardiacos y los especialistas me recomendaron dejarlo». Periáñez se apartó de la gestión, pero nunca falló como aficionado. Bajó su nivel frenético de vida, pero el club quedó en buenas manos, creció y él vibró en la grada. El Sant Pere i Sant Pau volvió a convivir entre los mejores, y hasta logró un nuevo acceso a Europa. Sin embargo, vinieron los problemas de financiación, la falta de ayuda municipal y la renuncia a la elite. 
En 2010 Periáñez regresó para hacerse cargo de una gestora. Junto con la posterior junta, encabezada por Martín Pilar –que acaba de dimitir–, se responsabilizó de sanear cuentas y encarrilar la recuperación de un club endeudado. Alfonso, a sus 73 años y jubilado, ejercía hasta el momento de delegado. Pero ahora vuelve al primer plano y al rescate, aunque, en verdad, nunca se fue

Quizás Tarragona le deba agradecer a Correos su romance atávico con el volei. Alfonso Periáñez, fundador del CV Sant Pere i Sant Pau hace 35 años, trabajaba con telegramas cuando fue destinado con 23 aquí, donde llegó desde Salamanca. Ya no se movió. Casi sin planteárselo se convirtió en uno de los protagonistas de una historia deportiva de éxito: un equipo surgido en el patio de un colegio público de barrio llegaría a estar entre los mejores de España y a jugar en Europa.

Desde 1982 Alfonso prácticamente no ha dejado de visitar el pabellón de sus desvelos. Él es el hombre que siempre estuvo allí, y que sigue estando: es fundador, socio número 1, presidente durante dos décadas, presidente honorífico, delegado y ahora, cuando disfrutaba de un segundo plano, se vuelve a poner al frente.

‘Era imposible decir que no’

Desde hace unas semanas es la cabeza visible al mando de la junta gestora tras la dimisión de la anterior directiva. «Estoy aquí por el voleibol y por el club. Nunca me he sentido alejado del club, tuviera cargo o no. Ahora se formó esta junta gestora, la gente pidió que yo estuviera y era imposible que dijera que no», cuenta.

Alfonso siempre vuelve. Los demás van rotando, pero si las cosas se tuercen, él regresa al rescate. «Lo principal ahora es poder acabar la temporada. Luego ya veremos quién se pone al mando», explica. Esa casualidad, el rol de hombre que pasaba por allí, se reprodujo en los 80. «Es muy sencillo. Yo presidía la asociación de padres del colegio público de Sant Pere i Sant Pau. Una de mis prioridades era facilitar el deporte en elcolegio. El volei empezó a funcionar muy bien, pero cuando los chicos acababan los estudios en el cole, se iban y los perdíamos. En la mayoría de los institutos no se hacía volei. La única solución para no perder el trabajo de la escuela fue hacer un club».

Así nació el CV Sant Pere i Sant Pau. En ese alumbramiento tuvo mucho que ver, curiosamente, otro castellanomanchego, Pepe González, un profesor de Valladolid que revolucionó las clases del cole cuando vino y preguntó un día:«¿Por qué aquí no se juega a voleibol?». En los planes de Periáñez ni en los de nadie entraba llegar tan lejos. «Se jugaba, y se jugaba tan bien que poco a poco el club fue creciendo. Diez años después nos vimos jugando una fase de ascenso a Primera División».

En aquellos años Alfonso siempre estuvo delante como presidente. Luego las cosas se complicaron. «Cuando comenzamos a manejar presupuestos de varios millones de pesetas empezaron los dolores de cabeza», recuerda.

El pujante SPiSP se movía entre el excepcional rendimiento deportivo y cierto amateurismo obligado. Había que aprender sobre la marcha y hacer malabarismos en la precariedad. Un ejemplo: el club logró billete de competición europea. Para ahorrarse los desplazamientos, decidió organizar la fase en casa, con todo lo que ello comporta. «Fue un esfuerzo muy grande por parte de todos, aunque vivimos momentos muy estresantes», admite.

De directivo a aficionado

Poco después el incansable Alfonso abandonó la presidencia. «Arrastraba problemas cardiacos y los especialistas me recomendaron dejarlo». Periáñez se apartó de la gestión, pero nunca falló como aficionado. Bajó su nivel frenético de vida, pero el club quedó en buenas manos, creció y él vibró en la grada. El Sant Pere i Sant Pau volvió a convivir entre los mejores, y hasta logró un nuevo acceso a Europa. Sin embargo, vinieron los problemas de financiación, la falta de ayuda municipal y la renuncia a la elite.

En 2010 Periáñez regresó para hacerse cargo de una gestora. Junto con la posterior junta, encabezada por Martín Pilar –que acaba de dimitir–, se responsabilizó de sanear cuentas y encarrilar la recuperación de un club endeudado. Alfonso, a sus 73 años y jubilado, ejercía hasta el momento de delegado. Pero ahora vuelve al primer plano y al rescate, aunque, en verdad, nunca se fue.

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