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Bendito Naranjo (Nàstic 1 - 0 Osasuna)

Un golazo de falta directa del futbolista andaluz da la victoria al Nàstic ante el Osasuna y le acerca un poco más al ascenso directo. El Nou Estadi se llenó por primera vez desde la visita del Real Madrid

Jaume Aparicio López

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Los jugadores y la afición, festejando el gol de Naranjo que llegó en el minuto 83 de partido. Foto: Alfredo González

Los jugadores y la afición, festejando el gol de Naranjo que llegó en el minuto 83 de partido. Foto: Alfredo González

 

jaume aparicio lópez
A Naranjo le faltaba un gol de falta directa para completar su repertorio de dianas. Una canción ‘top ventas’ que completara la ópera prima en el fútbol profesional que el delantero de Rociana del Condado está grabando en Tarragona esta temporada. Había anotado de cabeza, con la izquierda, con la derecha, de penalti y hasta de rebote. Se guardó el mejor, el más bello de todos para sacar al Nàstic de un jardín peligroso, en el que se había convertido el choque entre el Nàstic y Osasuna.
Era la única resolución posible para un partido atascado desde el inicio. Uno de esos choques en los que hay que pelear cada centímetro del terreno de juego. Con todo el desgaste físico que eso implica. Un esfuerzo extremo a estas alturas de la película para cualquier plantilla.&nbs p;
Sólo alguien tocado con una varita mágica podía desencallarlo. Alguien como el ‘bendecido’ Naranjo, como le llamó el técnico del Osasuna Quique Martín. Un jugador de 21 años que ha cargado con la responsabilidad del gol, la tarea más enigmática de todas, como un veterano.&nbs p;
En la primera parte había tenido su primera oportunidad para abatir a Nauzet desde la distancia. Mandó la falta al marcador electrónico del Gol Mar.
Ese tiro hizo dudar hasta al mismísimo Vicente Moreno que se mordió la lengua cuando iba a decirle que dejara el segundo libre directo claro para otro compañero.&nbs p;
Naranjo estaba empeñado que no iba a fallar una segunda vez. Mimó el balón. Lo apostó con cariño sobre el pasto. Midió los pasos hacia atrás. Uno, dos, tres. Alzó la vista. Sólo la bajó para despedirse del esférico en el momento del golpeo. La pelota superó la barrera con un tirabuzón magnífico y se coló por la misma escuadra de Nauzet. Un regalo para los 14.571 espectadores y con dedicatoria solidaria para su Recreativo de Huelva con una camiseta en la que se leía #SOSRecre.&nbs p;
El ambientazo del estadio, con la mejor entrada del curso y desde que el Real Madrid visitó el Nou Estadi (temporada 2006-07), contribuyó a generar una atmósfera de día grande en Tarragona.
Dureza física
Bouzón completó la orquesta de salida. Le gustó a Moreno la actuación del defensa gallego en Zaragoza y volvió a confiar en él para cubrir la ausencia de Gerard. Su experiencia en días como el de ayer suele ayudar en la gestión de las distintas fases y los sentimientos, multiplicados por diez. 
La primera mitad fue del todo improductiva en materia ofensiva. El fútbol se contuvo en niveles bajos, bajo el yugo de la tensión que acompañaba al partido. Ninguno de los dos equipos mostraba debilidad defensiva. Tampoco demasiado empeño para poner una velocidad más y forzar a las zagas a un basculación complicada. Todo el juego se disolvía en el centro del campo, donde se impuso el trabajo de pico y pala al libre albedrío artístico.
Esperó el Osasuna con su fila de cinco zagueros bien plantada desde los primeros compases. El Nàstic arrancó nervioso. Algo precipitado. Con las piernas cargadas de angustia. Necesitaba minutos para encajar todos los factores ambientales. Posesiones largas que le tranquilizaran y le situaran sobre el césped. No las hubo y se pasó el tiempo alternando el buen hacer defensivo, gracias a una nueva majestuosa actuación de la pareja Molina-Suzuki, y la algarabía ofensiva.
El primer cuarto de hora transcurrió muy alejado de las dos áreas. La primera aproximación llegó tras un saque de esquina para el Nàstic. En una jugada que requirió más garra que otra cosa. Apretó Tejera, se sumó Emaná y el camerunés puso un centro al que no llegó Naranjo por centímetros. El africano estaba con ganas. Se le notaba ilusionado. Obsesionado con guiar al grupo. En ocasiones ese empeño le jugó en contra. Sobraron toquecitos aunque no cejó en deslomarse en la contención.
El Osasuna ralentizaba el ritmo del juego. En su guión no encajaba de ninguna manera un gol local. La resistencia grana cuando se pone por delante se incrementa exponencialmente. El primer susto visitante lo dio David García a la salida de un córner. Se estiró en el segundo palo para alcanzar el centro de De las Cuevas. Conectó mal y tiró el cuero fuera. 
Las conexiones medio-delantera estaban alteradas. Naranjo y Lobato intercambiaban sus posiciones con la idea de modificar un ataque que se estaba haciendo muy previsible. Y escaso.
El segundo acto abrió el telón con la misma escena. Los navarros inamovibles en su obsesión por ocupar todos los espacios y el Nàstic tratando de alcanzar el equilibrio entre la pasión desenfrenada y el juego paciente. 
Los rojillos (de amarillo ayer) tampoco pisaban los dominios de Reina. Un tiro de Olavide manso a los guantes del andaluz fue lo más cerca que estuvo en los 20 minutos iniciales de la segunda parte. La salida de Jean Luc no varió el dibujo. Dio profundidad pero no fue del todo efectivo. Sí lo hizo la entrada de Aníbal por Madinda, que llevó a Aburjania y Tejera a formar en el doble pivote.
Apareció Nino para meter el miedo en el cuerpo. Logró lo impensable, controlar en el área. Lo extraño fue que le pegara mal. El Osasuna parecía llegar mejor al tramo final. Estaba más estable, mientras el Nàstic continuaba agitado. Los granas sólo podían esperar a una inspiración divina de sus mejores hombres. Ese milagro tenía nombre y apellido. José Naranjo. Cuando el árbitro pitó una falta sobre Emaná, a 25 metros de la portería de Nauzet, el andaluz fue a buscar la pelota, convencido de que era esa la buena. Levantó la cabeza, esperando oír el silbato del colegiado para pegarle con toda su alma y la de las 14.571 que animaban desde las gradas. La ‘palomita’ del portero visitante mejoró aún más la foto histórica de un tanto que puede llevar al Nàstic a Primera división.

A Naranjo le faltaba un gol de falta directa para completar su repertorio de dianas. Una canción ‘top ventas’ que completara la ópera prima en el fútbol profesional que el delantero de Rociana del Condado está grabando en Tarragona esta temporada. Había anotado de cabeza, con la izquierda, con la derecha, de penalti y hasta de rebote. Se guardó el mejor, el más bello de todos para sacar al Nàstic de un jardín peligroso, en el que se había convertido el choque entre el Nàstic y Osasuna.

Era la única resolución posible para un partido atascado desde el inicio. Uno de esos choques en los que hay que pelear cada centímetro del terreno de juego. Con todo el desgaste físico que eso implica. Un esfuerzo extremo a estas alturas de la película para cualquier plantilla.

Sólo alguien tocado con una varita mágica podía desencallarlo. Alguien como el ‘bendecido’ Naranjo, como le llamó el técnico del Osasuna Quique Martín. Un jugador de 21 años que ha cargado con la responsabilidad del gol, la tarea más enigmática de todas, como un veterano.

En la primera parte había tenido su primera oportunidad para abatir a Nauzet desde la distancia. Mandó la falta al marcador electrónico del Gol Mar.

Ese tiro hizo dudar hasta al mismísimo Vicente Moreno que se mordió la lengua cuando iba a decirle que dejara el segundo libre directo claro para otro compañero.

Naranjo estaba empeñado que no iba a fallar una segunda vez. Mimó el balón. Lo apostó con cariño sobre el pasto. Midió los pasos hacia atrás. Uno, dos, tres. Alzó la vista. Sólo la bajó para despedirse del esférico en el momento del golpeo. La pelota superó la barrera con un tirabuzón magnífico y se coló por la misma escuadra de Nauzet. Un regalo para los 14.571 espectadores y con dedicatoria solidaria para su Recreativo de Huelva con una camiseta en la que se leía #SOSRecre.

El ambientazo del estadio, con la mejor entrada del curso y desde que el Real Madrid visitó el Nou Estadi (temporada 2006-07), contribuyó a generar una atmósfera de día grande en Tarragona.

Dureza física

Bouzón completó la orquesta de salida. Le gustó a Moreno la actuación del defensa gallego en Zaragoza y volvió a confiar en él para cubrir la ausencia de Gerard. Su experiencia en días como el de ayer suele ayudar en la gestión de las distintas fases y los sentimientos, multiplicados por diez.

La primera mitad fue del todo improductiva en materia ofensiva. El fútbol se contuvo en niveles bajos, bajo el yugo de la tensión que acompañaba al partido. Ninguno de los dos equipos mostraba debilidad defensiva. Tampoco demasiado empeño para poner una velocidad más y forzar a las zagas a un basculación complicada. Todo el juego se disolvía en el centro del campo, donde se impuso el trabajo de pico y pala al libre albedrío artístico.

Esperó el Osasuna con su fila de cinco zagueros bien plantada desde los primeros compases. El Nàstic arrancó nervioso. Algo precipitado. Con las piernas cargadas de angustia. Necesitaba minutos para encajar todos los factores ambientales. Posesiones largas que le tranquilizaran y le situaran sobre el césped. No las hubo y se pasó el tiempo alternando el buen hacer defensivo, gracias a una nueva majestuosa actuación de la pareja Molina-Suzuki, y la algarabía ofensiva.

El primer cuarto de hora transcurrió muy alejado de las dos áreas. La primera aproximación llegó tras un saque de esquina para el Nàstic. En una jugada que requirió más garra que otra cosa. Apretó Tejera, se sumó Emaná y el camerunés puso un centro al que no llegó Naranjo por centímetros. El africano estaba con ganas. Se le notaba ilusionado. Obsesionado con guiar al grupo. En ocasiones ese empeño le jugó en contra. Sobraron toquecitos aunque no cejó en deslomarse en la contención.

El Osasuna ralentizaba el ritmo del juego. En su guión no encajaba de ninguna manera un gol local. La resistencia grana cuando se pone por delante se incrementa exponencialmente. El primer susto visitante lo dio David García a la salida de un córner. Se estiró en el segundo palo para alcanzar el centro de De las Cuevas. Conectó mal y tiró el cuero fuera.

Las conexiones medio-delantera estaban alteradas. Naranjo y Lobato intercambiaban sus posiciones con la idea de modificar un ataque que se estaba haciendo muy previsible. Y escaso.

El segundo acto abrió el telón con la misma escena. Los navarros inamovibles en su obsesión por ocupar todos los espacios y el Nàstic tratando de alcanzar el equilibrio entre la pasión desenfrenada y el juego paciente.

Los rojillos (de amarillo ayer) tampoco pisaban los dominios de Reina. Un tiro de Olavide manso a los guantes del andaluz fue lo más cerca que estuvo en los 20 minutos iniciales de la segunda parte. La salida de Jean Luc no varió el dibujo. Dio profundidad pero no fue del todo efectivo. Sí lo hizo la entrada de Aníbal por Madinda, que llevó a Aburjania y Tejera a formar en el doble pivote.

Apareció Nino para meter el miedo en el cuerpo. Logró lo impensable, controlar en el área. Lo extraño fue que le pegara mal. El Osasuna parecía llegar mejor al tramo final. Estaba más estable, mientras el Nàstic continuaba agitado. Los granas sólo podían esperar a una inspiración divina de sus mejores hombres. Ese milagro tenía nombre y apellido. José Naranjo. Cuando el árbitro pitó una falta sobre Emaná, a 25 metros de la portería de Nauzet, el andaluz fue a buscar la pelota, convencido de que era esa la buena. Levantó la cabeza, esperando oír el silbato del colegiado para pegarle con toda su alma y la de las 14.571 que animaban desde las gradas. La ‘palomita’ del portero visitante mejoró aún más la foto histórica de un tanto que puede llevar al Nàstic a Primera división.

 

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