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Benfica toma el Olímpic

Los portugueses conquistan la Copa Intercontinental ante el Reus (5-3), en una final de alternativas, en la que luce el exrojinegro Jordi Adroher, con cuatro dianas

Marc Libiano

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Foto: FEP

Foto: FEP

Nicolía es un genio incomprendido. El Gardel argentino. Parece ajeno al resto de la humanidad, juega un partido paralelo. Eso sí dispone del don de los genios, el exceso de talento. Si conecta con la inspiración probablemente decida monstruosidades. El Reus lo sabía. Lo conocen todas las escuadras del mundo. Sobre Nicolía latió el Benfica, aunque el atacante se topó con un enemigo mucho más atento que en la noche previa. El Reus amaneció con un rostro más imponente, activado, intenso.

El argentino estrelló un balón al poste en una pena máxima, respondió a los malabarismos de Torra, a un nivel astral en el estreno, cuando el Olímpic todavía acomodaba sus asientos. El de Tordera había amenazado a Pedro Henriques con una cuchara a la madera. Reus y Benfica intercambiaban golpes. No perforaban arcos, pero la final contenía un atractivo descomunal. Dos gigantes del mundo sometiéndose sin desmayo. El pulso sin descanso.

Marzia Cattini/FEP

De antemano, el Reus imaginaba el sufrimiento en el desgaste físico. El Benfica le iba a descoser en la rotación. Cuenta con dos equipos en uno. Ocho jugadores de máximo nivel. Les hace hueco a todos. Ese fondo de armario permite viajar en el vértigo sin pensar en guardar la ropa, algo que sí necesita el Reus. Más escaso de munición y con una saturación desproporcionada de calendario ya en sus piernas.

Casanovas, invisible en ese trabajo de fontanería y albañilería que suma y suma prestaciones hasta el infinito, compareció para abrir la final en ese oficio del que es maestro artesano; los penaltis. Su ojo clínico dio ventaja al Reus con un disparo de pala seco, sin tiempo de reacción para Henriques. Torra lo había fabricado en una transición en la que el Benfica olvidó el balance defensivo, le ofreció un dos para dos al Reus, y en ese escenario Torra suele visitar el desequilibrio. Nicolía cayó en la trampa.

El primer tiempo murió en las guardas de Pedro Henriques y Candid Ballart, dos tipos que enseñaron cómo un portero puede llegar a convertirse en decisivo para cualquier aspirante a los premios más lujosos. Si Reus y Benfica luchan por la gloria tiene que ver mucho con sus exhibiciones. El Olímpic aclamó sus virtudes.

El Benfica es un rodillo de individualidades. No utiliza la pizarra ni se preocupa por utilizarla. Si te gusta su particular Kaos, le adoras. Si no, mejor no le mires. Los lusos igualaron gracias a un magistral lanzamiento de penalti de Adroher, de cuchara. Segundos antes los jueces invalidaron un misil exterior de Rocha. Nadie sabe muy bien por qué. La compensación tardó cero. En forma de pena máxima. El hockey haría bien en revisar su penuria arbitral. Un lastre para el progreso.

Benfica tomó las riendas de la final gracias a su personalidad en los días en los que se toca el oro del premio. También a la categoría de sus jugadores, acostumbrados a los veladas de traje y corbata. Y eso que Casanovas volvió a poner en franqueza el Reus. Adivinen cómo. Si además de disfrutar de su computadora cerebral anota todos los penaltis, a Casanovas habrá que ir pensando en qué emplazamiento se le pone la estatua. Un reusense de bien.

Ni siquiera el 2-1 encogió a los portugueses, que hallaron en Adroher a un delicioso agitador. Se le nota de dulce. Ganchea y ganchea, nadie utiliza ese recurso como él. El 2-2 resultó condimento de la fortuna. Arrastró Nicolía y chocó con el trasero de Adroher. Imposible para Ballart. El festival de puntería del exrojinegro alcanzó su punto álgido poco después, cuando arrancó en una aventura contra el mundo. Trazó la diagonal para perfilarse de pala y ejecutó. Benfica crecía y además tomaba ventaja por primera vez. 

Marín se rebeló con uno de sus empates imposibles que únicamente él ve dónde sólo se divisa cemento. Marín arrastró entre un mar de piernas. Fue al ángulo, con Henriques totalmente superado. Oxígeno para el Reus, que envió la final a un desenlace cardíaco.

El marcador avisaba de un registro preocupante. El Reus andaba con nueve faltas. No lo necesitó el Benfica, que gestionó mejor esos instantes en los que el bien y el mal están separados por un fino hilo. En realidad, la línea que marca la gloria y el fracaso se hace demasiado estrecha en la élite. De ahí la grandeza de los campeones.

Una cuchara memorable de Valter Neves, en una esquina, sin apenas espacio para maniobrar, desplomó al Reus. Adroher decoró el título portugués desde el tiro directo, con el Reus sin aliento y rendido pero de pie. Su esfuerzo quedó impoluto, a pesar del desencanto.

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