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Bolt, por los siglos de los siglos

El velocista jamaicano cerró el viernes su relación con los Juegos Olímpicos con el oro en los 4x100, una historia de superación desde la infancia colmada de éxitos y críticas

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El atleta jamaicano celebró su última medalla en unos Juegos en el Estadio Olímpico de Río. Foto: efe

El atleta jamaicano celebró su última medalla en unos Juegos en el Estadio Olímpico de Río. Foto: efe

En un guiño al escenario, se anudó la bandera de Brasil, se ajustó la gorra y se dirigió al trote a la calle cuatro. Arrodillado la besó, puso los brazos en cruz y miró al cielo. Era su despedida de una pista olímpica. «Ahí lo tienen, soy el más grande», se definió. Sin pausa, dio un pasito a la izquierda y palmeó el número de la calle 3. La cifra de su última noche en los Juegos.

Acababa de ganar con Jamaica (37.27) su tercera final del relevo 4x100. En su palmarés esperaban las tres victorias en los 100 metros y las tres en los 200. Su dominio ha abarcado tres Juegos: Pekín 2008, Londres 2012 y Río 2016. Tres por tres igual a nueve oros. Nadie le ha derrotado.

La afición festejó el viernes esos últimos diez segundos de su ídolo sobre el tartán. El tiempo que tardó Bolt en irse directo a la eternidad. «Ya paso. Estoy aliviado y orgulloso de mí mismo. Objetivo cumplido. Se ha hecho realidad», declaró. Cerró el círculo.

«Parece que lo que hago es fácil, pero detrás hay mucho trabajo. Por eso, siempre que he salido a la pista he tratado de divertirme». Bajo la máscara de cantante de reggae feliz, Bolt esconde su ambición, su jerarquía y su pasión por la velocidad: «No autorizo a nadie a ganarme. Nunca».

«Tuve una buena infancia y una buena educación», agradece. Era el único hijo de su madre y tenía dos hermanastros. «Cuando estuve embarazada de él, no dejaba de dar patadas», cuenta Jenifer. La calma llegó al hogar de los Bolt cuando al niño le regalaron una consola de videojuegos. Con la ‘Nintendo’, santo remedio.

Enamorado del críquet

Eso y el críquet. Era un fenómeno. A los 9 años ya jugaba con críos de 12. Era de su talla. Y, mientras se divertía con la bola, empezó a deslumbrar en las carreras escolares con los pies desnudos sobre la hierba. También ganaba con su zancada y se animó con el atletismo, aunque como algo secundario. Su vida era el críquet.

En eso se cruzó en su camino un tal Keith Spence, un chaval que era una centella en la pista. Imbatible. Usain no podía con él. Así que decidió entrenarse un poco. Le bastó. Enseguida se vio en la salida de la competición escolar más conocida de la isla, ‘Chicas y Chicos’, retransmitida por la televisión. Ahí conoció los 200 metros. Ahí empezaron a conocerle a él. En Jamaica la velocidad es una cuestión de estado. En 2005, la isla organizó el Mundial juvenil en Kingston. Bolt tenía 15 años; sus rivales se acercaban a los 20.

El país entero le cargó la responsabilidad de ganar el oro. «Es la única vez en mi vida que he tenido miedo». Horror al fracaso. «Me temblaban las piernas. Me tropecé cuando iba a los tacos». Ganó la carrera con 20.61 y se convirtió en el campeón juvenil más precoz de la historia. Comenzaba a ser el primero. El mejor. Además, ya estaba vacunado contra el miedo escénico. Nunca más.

Luego se le vino encima la adolescencia, la fama, un aluvión de chicas, la noche jamaicana y el descontrol. Y los problemas de espalda, torcida de nacimiento. Resulta que el hombre más veloz del mundo nació mal hecho: con una pierna más corta que otra. Eso a punto estuvo de echarlo del atletismo. No dejaba de lesionarse. Le rescataron su nuevo entrenador, Glen Mills, y un médico alemán. Reconstruyeron el cuerpo de Bolt alrededor de esa escoliosis.

Equilibraron el defecto mientras desde Jamaica le llovían críticas por su bajo rendimiento. Bolt transformó esa malformación en un beneficio. «Me obligó a trabajar más. Gracias a ella he podido ser más rápido». No lo fue en su debut olímpico, en Atenas 2004. Tenía 17 años, estaba lesionado y fue eliminado en las series. Después llegaron los Juegos de Pekín, Londres y Río, y se dio un baño en oro.

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