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Deportes FÚTBOL

CF Reus: El universo de Edgar Hernández

El delantero del Reus asesora y disfruta con los más pequeños de su Academia, el Sporting de Gavà. Su primer hijo, Dante, no escapa del balón, con un año lo ha convertido en el mejor amigo

Marc Libiano Pijoan

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Edgar, junto al pequeño Dante, rodeados de balones

Edgar, junto al pequeño Dante, rodeados de balones

Todos los familiares más cercanos a Edgar vivieron en directo el ascenso a Segunda A.

Todos los familiares más cercanos a Edgar vivieron en directo el ascenso a Segunda A.

Dante exige a papá una de las pocas palabras que vocaliza. Con apenas un año de vida, el pequeño Hernández ya se ha echado un amigo inseparable. Se llama balón. “Papá, pelota” pide cuando ve entrar a Edgar por la puerta de casa. Edgar (Gavà, 1987) intenta cazar goles los fines de semana. Su oficio, delantero centro. Hace más de mil días que conquista el alma del Estadi. El atacante del Reus ha encontrado en Dante una gota de agua. Su primer hijo ha heredado aquellas costumbres de infancia que Edgar adoptó en el centro de su Gavà natal. Se crió en la calle Santa Teresa, aunque provocó algún destrozo en la Plaza Magdalena Trías, su primer campo de fútbol. Allí, con la cuadrilla de amigos, inauguró el repertorio balompédico.

En realidad, el fútbol es un arte que se ha venerado en casa de los Hernández. Ventura, el padre de Edgar, alcanzó la Tercera División con el mismo Gavà. Hoy sigue al milímetro la carrera de su delantero particular, igual que Rosa Mari, la madre, y Ester, su hermana, probablemente la fan número uno del futbolista. Dante sólo lleva en los genes una tradición innegociable. Junto a Virgi, la pareja del futbolista, ofrecen el equilibrio emocional tanto en los días de luz como en los de oscuridad. El fútbol resulta tan bestia que cambia lágrimas por bailes con extrema facilidad.

Dante presume de sus primeros goles en la pequeña portería que le han instalado en el salón de casa o en las mañanas de sol en el municipal de Can Tintorer, la casa del Sporting de Gavà, esa joven Academia que Edgar, Dani y Alfred han fundado en la ciudad. Tres amigos que ha construido el fútbol, porque los tres jefes del Sporting cosieron la relación gracias a la pelota y esa pasión desmesurada por el juego. Hace cuatro años presentaron un proyecto que sedujo a los mandamases de Gavà. Una idea alejada del resultado y muy cercana a los valores.

Y es que en el Sporting el ganar no pasa por delante del respeto. Sin respeto, sin educación, no hay victoria. Los primeros que dan ejemplo en el cemento de la grada son los mayores. A los padres de los chicos se les ha inculcado y pedido rigor desde el nacimiento de la Academia. Los niños no huyen del saludo a sus monitores, en el Estadio o en la calle. En el Sporting, además, suspender en el colegio no entra en el libreto de conducta. La escuela de fútbol formativo se gestó como un posible Campus. Se inauguró con 70 niños y hoy ya ha alcanzado los 320.

La inquietud formativa de Edgar consume sus tardes de martes y jueves y algunos viernes siempre y cuando el ámbito profesional se lo permite. Precisamente, esa vocación de profesor en el Sporting le permite escapar de la noria exigente en la que se encuentra cualquier futbolista de élite. Pisar realidad en un campo sintético, más propio de una cancha de barrio, donde el fútbol contiene su pureza más romántica.

Edgar Hernández saborea la felicidad de una buena tarde de domingo en las últimas horas. El gol y la convincente actuación ante el Getafe le permiten recobrar impulso después de un tiempo en el pequeño olvido. Forma parte del juego. Trabajar, callar y esperar suele traer buena cosecha. Aunque la espalda ofrezca algún que otro susto.

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