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CF Reus: Garai, máster de fútbol

El pivote del Reus no ha perdido un gramo de entusiasmo a los 36 años. No ha sufrido lesiones en toda su carrera deportiva y su rendimiento esta temporada no está defraudando. Su hijo Noah parece querer ampliar la saga, ama la pelota

Marc Libiano Pijoan

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Garai juguetea con su hijo Noah, que ama la pelota. Foto: Cedida

Garai juguetea con su hijo Noah, que ama la pelota. Foto: Cedida

Aritz López Garai (Basauri, 1980) apenas tuvo elección. Creció con el fútbol en los genes. Sus padres, Juanmari y Eguzkiñe, respiraban el juego las 24 horas. Juanmari llegó a competir en activo en categorías menores. Su tío, Iñaki, se codeó en el Athletic de principios de los 70, aquel equipo que llegó a rozar mieles europeas en las noches épicas de la UEFA en el viejo San Mamés. Su futuro estaba escrito. Aritz creció en el barrio de Urbi, en Basauri, a la vera de Bilbao. Allí empezó a destrozar portales con el balón. Vecino del mítico exenganche del Ahtletic Fran Yeste, Garai sintió al león de chico, aunque su ingreso en Lezama se coronó después de un pequeño flirteo con el Barcelona.

Con 16 de edad, sus virtudes para controlar la sala de máquinas conquistaron a los ojeadores de la Masia, que le invitaron a una prueba cerca del Camp Nou. Allí le acompañaron sus padres. El Athletic oyó campanas de esa posible operación y reaccionó rápido. Garai ya tenía el contrato encima de la mesa cuando regresó de Barcelona. Amorrortu le convenció. También su estima por el club bilbaíno y la cercanía familiar. No dudó. Se quedó en casa. Todavía en época juvenil.

Desde entonces se han consumido 20 años y nada ha cambiado en el paso de Aritz. El fútbol, el embrujo de la pelota, se mantiene como centro neurálgico de su vida. A los 36 años convive con la madurez. Ya no es aquel centrocampista joven que quería comerse el mundo. Ha conquistado muchos desafíos personales. Por ejemplo, el debut en Primera División. Fue con el Córdoba, probablemente el destino más romántico de su carrera deportiva, un 25 de agosto de 2015 en el Bernabéu. Le tocó bailar con Bale en los saques de esquina. Casi nada.

Hoy, en Reus, sigue padeciendo insomnio en los días oscuros, como ante el Getafe hace cuestión de tres semanas, con aquella expulsión temprana. La experiencia no le quita responsabilidad. Aquella noche costó articular palabra al llegar a casa. María, su mujer, y el pequeño Noah, su primer hijo, le ofrecen arropo en la tristeza. Probablemente sin ese compromiso con la profesión, Garai no hubiera firmado un trayecto tan deslumbrante. No se trata de un futbolista mágico. Su oficio responde a labores de intendencia. Es un exponente radical del equilibrio. A su edad no ha perdido el entusiasmo por entrenar, por cuidarse, por devorar vídeos y partidos en directo los fines de semana. Los domingos de sofá, fútbol y palomitas son casi innegociables para el rojinegro.

Sus mejores amigos

Dos tipos conocen confidencias e intimidades de Garai al dedillo. Cristian Bustos, el centrocampista del Lorca, y compañero de viaje de Aritz en Vigo y Gijón, y su cuñado Jonathan, técnico en las inferiores de Universidad de Chile. Se ha educado en una familia de clase media, sin alardes ni abundancia económica. Su padre ha comercializado jamones toda la vida, por ejemplo. Garai no ha saboreado el lujo casi nunca. Para coronar paraísos ha necesitado el trabajo.

Aritz López Garai detesta todo lo relacionado con el negocio que rodea a su pasión. Ama el juego, los domingos, el día a día sobre el verde. Por eso ya cuenta con los tres títulos de técnico. Quizás ahí se encuentre su futuro. Veremos. Él defiende su condición en activo porque asegura sentirse apto. Los partidos y el rendimiento con el Reus avalan su rebeldía. En casa, mientras, un pequeñajo ya ha levantado la mano. Sólo piensa en esa cosita redonda que genera sueños de infancia mágicos. A Noah el balón le enloquece. Normal. En los Garai siempre fue así.

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