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Deportes La crisis rojinegra

CF Reus, un año sin fútbol

365 días después del último partido ante el Numancia, los hinchas todavía sufren la desaparición del equipo

MARC LIBIANO PIJOAN

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Marc Peláez, Manel Barroso, arriba, y Arnau Graset y Maria Gisbert, abajo, son cuatro de los aficionados más fieles del CF Reus. FOTO: ALFREDO GONZÁLEZ

Marc Peláez, Manel Barroso, arriba, y Arnau Graset y Maria Gisbert, abajo, son cuatro de los aficionados más fieles del CF Reus. FOTO: ALFREDO GONZÁLEZ

12 de enero de 2019, hace frío en el Estadi, parece que el Numancia haya trasladado de Soria esa temperatura mínima que encoge el alma. Los hinchas vuelven a acudir al recinto sin saber si justamente ese partido puede significar el último en Segunda. El Reus vive al límite, entre la amenaza de LaLiga y la venta de la Sociedad Anónima Deportiva, que nunca acaba de concretarse. David Querol, un reusense de pro y canterano hasta la médula, anota el gol del empate en el añadido. Todo muy al filo de la navaja, como el propio presente del Reus. Pocos días después de aquella tarde, LaLiga, con su presidente Tebas con la guillotina en la mano, lo expulsa de Segunda. Aquella fría tarde de enero ante el Numancia acabó con la vida del Reus.

Justo hoy se cumple un año sin fútbol profesional en la capital del Baix Camp y los hinchas se han convertido en las víctimas de esa irresponsabilidad de los dirigentes, que dejaron a deber demasiadas cosas y jugaron con un fuego innecesario. De ahí que en este reportaje se dé voz a los que más lo sufren, a aquellos que en los últimos 365 días se han quedado sin su gran ilusión del fin de semana; disfrutar del fútbol de su Reus.

Esos aficionados a los que les costaba pasar la semana cuando el Reus perdía y que celebraban a rabiar cada éxito, transitan huérfanos de respuestas de los máximos responsables de la tragedia económica que ha padecido la SAD. Ni antes Joan Oliver ni ahora Clifton Onolfo les han explicado a ciencia cierta el por qué de una situación tan depresiva. De ahí su tristeza y también la indignación.

Manel Barroso presume de carnet de abonado desde hace más de 15 años, ha visto al Reus remangarse en el barro de Tercera y sudar brillo en el fútbol de élite. Ha gozado del crecimiento casi impensable del club. «Nunca creí ver al Reus en Segunda A, por eso se me hace muy difícil comprender por qué han desaprovechado esta oportunidad», reconoce. «Oliver se equivocó en muchos aspectos, es el gran culpable, nos llevó a una situación a la que nunca se debió llegar y Onolfo no ha sido capaz de pagar la deuda con jugadores, aunque confié en él», añade. «Los fines de semana se hacen duros sin fútbol».

Difícil futuro

Sobre el futuro, este socio con historia no observa un horizonte claro. «Se necesita a alguien que quiera invertir dinero en el club y eso ahora, con la situación actual, es muy difícil». Manel todavía presume de un anillo con el escudo bañado en oro, que siempre lleva a cuestas.

Marc Peláez cuenta con 19 años y había dedicado los últimos cinco en acompañar al CF Reus por casi todos los rincones de la península. Instaló su lugar en el fondo norte del Estadi siempre que el equipo actuaba como local. Jamás pensó en un final tan dantesco. «Para mí, poder ver al equipo de mi ciudad crecer era algo muy bonito. Nos lo quitaron de las manos», afirma. «Echas mucho de menos al Reus los fines de semana, era una ilusión que ya no tengo», confirma.

Marc se emocionó en las dos tardes gloriosas del ascenso a Segunda ante el Racing de Santander, en mayo de 2016. Cruzó el país en autocar para formar parte de la expedición de hinchas que animaron desde la jaula del estadio de El Sardinero. Podrá contar a sus hijos la gran obra maestra de aquella histórica escuadra que dirigía Natxo González (0-3). «Los recuerdos son imborrables. Disfrutamos mucho».

Para Maria Gisbert, la desaparición del primer equipo ha borrado un espejo en el que reflejarse. Milita en la cantera de fútbol femenino de la Fundació y se había hecho habitual su presencia en el Estadi. «Es una pena cómo ha terminado todo. No venir al campo a verlos con el resto de mis compañeras se me hace muy raro», reconoce. Eso sí, «por lo menos, las chicas del femenino podemos seguir jugando aquí», asevera. Y es que para Gisbert, «defender este escudo, aunque no tengamos al primer equipo, es un motivo de orgullo».

El caso de Arnau Graset resulta similar. Siente al CF Reus como algo suyo, desde los siete años que ha experimentado la sensación de animar y celebrar las victorias del equipo en el campo. «Fue algo muy bonito lo que pudimos vivir y una pena lo que pasó después, pero hay que mirar hacia adelante», refleja. Graset también apunta a futbolista y conoce perfectamente la pasión que despierta el fútbol a chicos como él en Reus. Paseó como un pionero la camiseta rojinegra por las calles de la ciudad, después de lustros sin que esto ocurriera.

En el Estadi hay mucho silencio, a pocos minutos del inicio de un partido del equipo femenino de la Fundació de Fútbol Base. Un año después, la vida ha cambiado mucho.

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