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Deportes FÚTBOL

CRÓNICA| Goleada reparadora (Nàstic 4- 1 Mirandés)

El Nàstic logra la victoria más holgada de la temporada con el mejor encuentro de la era Merino

Jaume Aparicio

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Emaná celebra el cuarto tanto de los granas. Foto: Pere Ferré

Emaná celebra el cuarto tanto de los granas. Foto: Pere Ferré

jaume aparicio lópez
Juan Merino habrá acabado con todas las dudas sobre qué sistema debe emplear en el Nou Estadi. El 4-1 que le endosó su Nàstic al Mirandés fue suficientemente convincente para abrazar el 1-4-2-3-1 como dibujo táctico en el Nou Estadi. De la imagen ultraconservadora ante el Elche y Córdoba al vendaval de juego y goles que desplegó el equipo en la segunda mitad hay un trecho.
Merino admitió la necesidad de un cambio de matiz, así como el periodo de trabajo previo para adaptarse a los nuevos mecanismos reclamados por el sistema. Unos automatismos que se ejecutaron a las mil maravillas sobre el tapete para completar el mejor partido de la era Merino y solventar un encuentro peligroso ante el colista que no permitía tropiezo. Se resolvió a lo grande. 
Desborde, explosividad, verticalidad, velocidad y todo ello aderezado con la dosis necesaria de equilibrio. El Nàstic atacó con maldad y defendió como bloque con un juego de posición milimétrico. Cada futbolista aparecía donde debía para impedir la circulación cómoda del rival. Desde ese orden recuperó innumerables balones. 
La victoria era vital y el equipo respondió a la altura. Sirvió para recuperar la confianza de la hinchada en sus futbolistas. La grada del Nou Estadi olvidó los últimos dos tropiezos y se entregó a los suyos con total merecimiento por parte de los futbolistas.
El triunfo también funcionó a nivel individual. Recuperó para la causa a futbolistas desaparecidos como Jean Luc. El marfileño se marchó ovacionado después de expresar ese virtuosismo endemoniado que en ocasiones se empecina en ocultar. Desató el jugador explosivo que, no pocos señalan, podría hacerle competir en Primera. Incisivo, descarado y desbordante, llevó de cabeza a su marcador desde el primer minuto. 
Zahibo se ha ganado el derecho a pertenecer a la primera fila. El galo no se dejó ir. Tenía claro que podía aportar al Nàstic a pesar de que el club quería traspasarlo en invierno. Se quedó bajo la promesa de sumar en los entrenamientos y ha acabado como titular en una fase crítica de la liga. Frente al Mirandés se encumbró como futbolista práctico y oportuno.
Con el 1-4-3-2-1 de salida, el equipo mostró síntomas de comodidad. Mejoró la circulación de balón. Gerard comenzó pronto a mostrarse como una amenaza constante en la derecha, mientras Jean Luc andaba enchufado por la izquierda. Ala grada se la veía ilusionada. Más satisfecha con el matiz ofensivo.
Tocó remontar
Todo ese ánimo se vino abajo en un plis plas con el gol de Álex García en el primer acercamiento del Mirandés a la puerta de Reina. El meta malagueño estuvo mal. Dejó que el cuero se le escurriera. Precisó de manos fuertes para atrapar el cabezazo. Iba colocado a la escuadra pero flojo.
El conjunto dirigido por Pablo Alfaro perdió los nervios. Replegó filas y se aferró el clásico juego de interrupciones. Desmayos, lipotimias, piscinas y demás. Los granas picaron a medias. La desesperación fue comedida y tuvieron la habilidad pertinente para convertirla en fe.
Todos los jugadores abrieron la taquilla y se pusieron el traje de minero. Sacaron pico y pala y se dispusieron a abrir brechas en el muro burgalés. Hizo falta paciencia. No perder los nervios ante la retahíla de ocasiones perdidas y seguir insistiendo. Persistir con esfuerzo hasta obtener el premio. Lección de vida. 
Molina fue la imagen del sentimiento grana. Ese carácter indómito. Su resistencia a la sumisión y a la exigencia ajena partiendo de la propia son cualidades que ningún entrenador puede despreciar. El de La Canonja, desde el suelo, cazó el rechace de Roberto para empatar y poner el 1-1, que reflejaba algo mejor lo sucedido en el césped. El Nàstic no merecía marcharse al descanso por detrás en el marcador. Había hecho oposiciones para llevar un gol a favor. Álex López había estrellado un balón en el poste, justo antes del tanto de Xavi, y también Emaná, con un tiro duro al palo corto, pudo tener mejor recompensa.
El Nàstic arrancó la segunda mitad desde la complacencia. La sensación de dominio que dejaron los primeros 45 minutos hizo creer que resolverían fácil el encuentro. Pero los visitantes mostraron rebeldía. Se sacudieron del control local y pudieron meter al Nàstic en mayores problemas. El tanto sobrevoló el Gol Nord, donde atacaba el Mirandés.
Hasta que el Nàstic se activó. Como si se hubiera manipulado un resorte mágico, el equipo grana desplegó su mejor juego visto hasta la fecha con Merino. 
Vinieron tres goles, pero pudieron ser muchos más. La superioridad tarraconense era aplastante. Especialmente cuando el cuero caía a pies de Achille Emaná.
El camerunés sacó la versión mística. De la que disfrutaron como niños en el Benito Villamarín o antes en el Stadium de Toulouse. Allí regresó el pasado domingo para celebrar los 80 años del club francés. Aclamado como uno de los once mejores de la historia del Toulouse se trajo su mejor fútbol a Tarragona. Removió su chistera para empezar a repartir asistencias, regates y un lanzamiento de penalti magistral que cerraba la goleada (4-1). Un método pausado al alcance de un puñado de elegidos. Engañó al meta con el cuerpo y disparó ya sin oposición al lado contrario.
Antes Tejera había puesto su picardía al servicio del equipo para hacer el 2-1 aprovechando un cuero suelto –después de un penalti clamoroso sobre Álex López–. Lobato, con un golpeo exquisito parabólico, sirvió el 3-1 y sentenció a un Mirandés tocado de muerte que se queda a ocho.

Juan Merino habrá acabado con todas las dudas sobre qué sistema debe emplear en el Nou Estadi. El 4-1 que le endosó su Nàstic al Mirandés fue suficientemente convincente para abrazar el 1-4-2-3-1 como dibujo táctico en el Nou Estadi. De la imagen ultraconservadora ante el Elche y Córdoba al vendaval de juego y goles que desplegó el equipo en la segunda mitad hay un trecho.

Merino admitió la necesidad de un cambio de matiz, así como el periodo de trabajo previo para adaptarse a los nuevos mecanismos reclamados por el sistema. Unos automatismos que se ejecutaron a las mil maravillas sobre el tapete para completar el mejor partido de la era Merino y solventar un encuentro peligroso ante el colista que no permitía tropiezo. Se resolvió a lo grande. 

Desborde, explosividad, verticalidad, velocidad y todo ello aderezado con la dosis necesaria de equilibrio. El Nàstic atacó con maldad y defendió como bloque con un juego de posición milimétrico. Cada futbolista aparecía donde debía para impedir la circulación cómoda del rival. Desde ese orden recuperó innumerables balones. 

La victoria era vital y el equipo respondió a la altura. Sirvió para recuperar la confianza de la hinchada en sus futbolistas. La grada del Nou Estadi olvidó los últimos dos tropiezos y se entregó a los suyos con total merecimiento por parte de los futbolistas.

El triunfo también funcionó a nivel individual. Recuperó para la causa a futbolistas desaparecidos como Jean Luc. El marfileño se marchó ovacionado después de expresar ese virtuosismo endemoniado que en ocasiones se empecina en ocultar. Desató el jugador explosivo que, no pocos señalan, podría hacerle competir en Primera. Incisivo, descarado y desbordante, llevó de cabeza a su marcador desde el primer minuto. 

Zahibo se ha ganado el derecho a pertenecer a la primera fila. El galo no se dejó ir. Tenía claro que podía aportar al Nàstic a pesar de que el club quería traspasarlo en invierno. Se quedó bajo la promesa de sumar en los entrenamientos y ha acabado como titular en una fase crítica de la liga. Frente al Mirandés se encumbró como futbolista práctico y oportuno.

Con el 1-4-3-2-1 de salida, el equipo mostró síntomas de comodidad. Mejoró la circulación de balón. Gerard comenzó pronto a mostrarse como una amenaza constante en la derecha, mientras Jean Luc andaba enchufado por la izquierda. Ala grada se la veía ilusionada. Más satisfecha con el matiz ofensivo.

Tocó remontar

Todo ese ánimo se vino abajo en un plis plas con el gol de Álex García en el primer acercamiento del Mirandés a la puerta de Reina. El meta malagueño estuvo mal. Dejó que el cuero se le escurriera. Precisó de manos fuertes para atrapar el cabezazo. Iba colocado a la escuadra pero flojo.

El conjunto dirigido por Pablo Alfaro perdió los nervios. Replegó filas y se aferró el clásico juego de interrupciones. Desmayos, lipotimias, piscinas y demás. Los granas picaron a medias. La desesperación fue comedida y tuvieron la habilidad pertinente para convertirla en fe.

Todos los jugadores abrieron la taquilla y se pusieron el traje de minero. Sacaron pico y pala y se dispusieron a abrir brechas en el muro burgalés. Hizo falta paciencia. No perder los nervios ante la retahíla de ocasiones perdidas y seguir insistiendo. Persistir con esfuerzo hasta obtener el premio. Lección de vida. 

Molina fue la imagen del sentimiento grana. Ese carácter indómito. Su resistencia a la sumisión y a la exigencia ajena partiendo de la propia son cualidades que ningún entrenador puede despreciar. El de La Canonja, desde el suelo, cazó el rechace de Roberto para empatar y poner el 1-1, que reflejaba algo mejor lo sucedido en el césped. El Nàstic no merecía marcharse al descanso por detrás en el marcador. Había hecho oposiciones para llevar un gol a favor. Álex López había estrellado un balón en el poste, justo antes del tanto de Xavi, y también Emaná, con un tiro duro al palo corto, pudo tener mejor recompensa.

El Nàstic arrancó la segunda mitad desde la complacencia. La sensación de dominio que dejaron los primeros 45 minutos hizo creer que resolverían fácil el encuentro. Pero los visitantes mostraron rebeldía. Se sacudieron del control local y pudieron meter al Nàstic en mayores problemas. El tanto sobrevoló el Gol Nord, donde atacaba el Mirandés.

Hasta que el Nàstic se activó. Como si se hubiera manipulado un resorte mágico, el equipo grana desplegó su mejor juego visto hasta la fecha con Merino. 

Vinieron tres goles, pero pudieron ser muchos más. La superioridad tarraconense era aplastante. Especialmente cuando el cuero caía a pies de Achille Emaná.

El camerunés sacó la versión mística. De la que disfrutaron como niños en el Benito Villamarín o antes en el Stadium de Toulouse. Allí regresó el pasado domingo para celebrar los 80 años del club francés. Aclamado como uno de los once mejores de la historia del Toulouse se trajo su mejor fútbol a Tarragona. Removió su chistera para empezar a repartir asistencias, regates y un lanzamiento de penalti magistral que cerraba la goleada (4-1). Un método pausado al alcance de un puñado de elegidos. Engañó al meta con el cuerpo y disparó ya sin oposición al lado contrario.

Antes Tejera había puesto su picardía al servicio del equipo para hacer el 2-1 aprovechando un cuero suelto –después de un penalti clamoroso sobre Álex López–. Lobato, con un golpeo exquisito parabólico, sirvió el 3-1 y sentenció a un Mirandés tocado de muerte que se queda a ocho.

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