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Clifton Onolfo, 365 días sin soluciones

Se cumple un año desde que el americano y su socio Russell Platt compraron la SAD del Reus a Oliver

MARC LIBIANO PIJOAN

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Arriba, Onolfo, el día de su llegada a Reus, el 24 de enero de 2019 después 
de la compra de la SAD.Abajo,junto a su exabogado, David Peña, 
en una de sus últimas apariciones. FOTO: A. GONZÁLEZ/
A. MARINÉ

Arriba, Onolfo, el día de su llegada a Reus, el 24 de enero de 2019 después 
de la compra de la SAD.Abajo,junto a su exabogado, David Peña, 
en una de sus últimas apariciones. FOTO: A. GONZÁLEZ/
A. MARINÉ

La madrugada del 20 al 21 de enero de 2019, en una operación relámpago, Joan Oliver firmó el contrato de venta de la Sociedad Anónima Deportiva del CF Reus a un supuesto fondo de inversión que contaba con dos caras visibles, el americano Clifton Onolfo y Russell Platt, con sede en Londres. Los nuevos dueños del club oficializaron el acuerdo durante la mañana de aquel 21 de enero y generaron un entusiasmo brutal en los hinchas. Las intenciones de los dirigentes iban más allá del aspecto deportivo. Su deseo era invertir en un nuevo estadio, un hotel y un centro comercial.

Hoy se cumplen 365 días del desembarco de Mr Marshall en Reus. Aquella tremenda esperanza ha quedado en humo, con la SAD en concurso de acreedores y sin realidad deportiva en el club. Sólo una resolución judicial mantiene un hilo de ilusión. Onolfo no ha mejorado a Oliver, sus 365 días al mando del CF Reus no han contado con soluciones firmes.

Joan Oliver había dejado la SAD en una situación económica precaria, con una deuda superior a los cinco millones. Además, la plantilla había quedado debilitada por la imposibilidad de inscripción de jugadores importantes y la marcha de otros debido a los impagos de las nóminas. Onolfo sólo se encontró problemas a su llegada. Tampoco se apresuró a solucionarlos.

El nuevo propietario apareció por Reus una tarde del 24 de enero, con aires de mesías y sonriente. Se hospedó en el hotel NH y en aquella primera noche mantuvo una reunión de urgencia con la plantilla. No sirvió. Los futbolistas quedaron liberados de sus contratos gracias a un papel que Oliver les firmó conforme quedaban libres si no se les pagaba antes de ese mismo día. Ahí se inauguró una cascada de dolores de cabeza interminables. El 28 de enero, LaLiga expulsó al Reus de la Segunda División y el TAD no concedió la cautelar para seguir compitiendo. Sólo quedaba el filial de Tercera y sus actores tampoco habían cobrado una sola nómina hasta entonces.

Clifton Onolfo se mezcló con los aficionados en las manifestaciones por la ciudad, se fotografió junto al alcalde, Carles Pellicer y el exconcejal de deportes, Jordi Cervera. Parecía un matrimonio perfecto hacia la prosperidad. Nada más lejos de la realidad. El nuevo jefe decidió no pagar a nadie. Sólo dos nóminas a un puñado de futbolistas del filial, que acabó la temporada. Los empleados denunciaron a la SAD y la credibilidad del propietario perdió fuerza a medida que pasaron los días. Decidió además situar a la Sociedad Anónima Deportiva en un concurso de acreedores en marzo. El administrador, David López, se encarga ahora de la actividad en la SAD, en la cual Onolfo ha perdido poder de decisión.

Desde entonces, Clifton ha agotado la fe de la administración municipal, que no quiere recibirle y la de la mayoría de la ciudad. Se marchó tres meses a Estados Unidos para regresar en agosto y juntarse con el abogado David Peña, una relación que acabó en guerra mediática, después de un show surrealista en pretemporada. Se llegó a simular un entrenamiento con jugadores desconocidos. También en agosto, la Federación Española eliminó al Reus de la Segunda B por el impago del aval necesario para competir. Además, el club mantiene todavía una deuda de 200.000 euros con los futbolistas del filial que necesita abonar para poder disponer de actividad deportiva, sea en la categoría que sea. El americano tampoco pagó ese dinero.

Solo una resolución en octubre del Tribunal Administrativo del Deporte, que ha devuelto, de momento, al Reus a Segunda B, conserva la fe en el futuro. Y Onolfo, desde Estados Unidos, sigue gritando optimismo.

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