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Colofón infeliz (0-1)

El CF Reus despide su idílico 2016 con una derrota por la mínima ante el Elche, en un partido marcado por la fuerte lluvia que cayó en el Estadi. Un gol de Guillermo definió una pelea sin dueño

Marc Libiano Pijoan

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Colofón infeliz (0-1)

Colofón infeliz (0-1)

El Reus es tan generoso que manda al infierno cualquier reivindicación del ombligo propio. Ni siquiera en los días en los que no se viste de solista pierde la fe, la búsqueda de sus paraísos. Va y va, en el compromiso nadie le discute méritos. Ni siquiera cuando le tocó perder, como ante el Elche, desnudó miserias. Fue señor ante la pena. Cayó con el orgullo impoluto.

Ante el Elche descifró una aventura repleta de retos, la enésima de 2016, también la última. Fue otra demostración de personalidad, porque el paisaje, la naturaleza, pedía una versión alejada del virtuosismo. Cayó agua a raudales. Había que renunciar a la estética y arroparse en las labores del hogar. Juego directo, transiciones rápidas, elaboración mínima. El césped penalizaba las conducciones, con esos charcos insoportables, enemigos de los artistas. El diluvio universal pedía mono y caja de herramientas. Exigía dejar el frac en el ropero.

Natxo experimentó con Chrisantus y Máyor para la ofensiva justamente para potenciar el libreto vertical, sin medias tintas. El novedoso plan seguramente se contempló desde la previsión meteorológica. Dos delanteros naturales y pólvora en la sien. La incomodidad del escenario y el respeto impidieron amenazas en las áreas. Edgar Badia y Juan Carlos, los guardianes del arco, parecían desear a gritos el paraguas, aunque no perdían la atención al juego. Se lo prohíbe el código. Las normas de conducta. La esencia de la profesión.

Poco fútbol

El partido desencadenó en un mar de disputas divididas, de guerras de guerrillas sin campeones ni siquiera morales. El emergente Liberto lo probó desde el desierto. Ejecutó y la pelota salió escupida. No sorprendió a Badia. Poco después, Máyor prolongó desde el cielo y Chrisantus peleó la caída. No le alcanzaron las piernas. Así se consumió el primer tiempo. Bajo una incertidumbre misteriosa. Sólo Edu Albácar desprendía cierta sensibilidad. Dio un curso acelerado del oficio del lateral. Conquistó balones por inteligencia. Anticipó a menudo, desde esa perspectiva que le facilita la experiencia. Albácar acumula un millón de cicatrices en su rostro. Del resto se encargó su zurda. Podría ejercer de pateador titular en los Giants.

Su Elche halló un pasillo goloso por la izquierda, con los hinchas todavía apurando en el bar o en los aseos. Liberto recibió al espacio, con Benito descolocado. Se instaló en el fondo y alzó la frente. Su servicio lo celebró Guillermo. La empujo a la red de primeras. Badia lo lamentó sin disimular. El Reus se había descosido sin avisar.

La reacción

Miramón amagó con responder sin respiro. Activó su guante para ejecutar un libre directo desde la frontal. Lo había generado Chrisantus. Se fue desafiando al larguero. La rotación eligió a Edgar Hernández y Haro para modificar inercias peligrosas. Dos entusiastas, amantes de la libertad, con hambre y reivindicaciones pendientes. David Haro, el niño diabólico, se asomó a la gloria temprano. Se había acomodado en el segundo palo. Esperó una maniobra coherente de Miramón, desde la izquierda. Fue deliciosa. Haro quiso convertir sin pensar. De media volea. Le dio al viento. Se quedó con cara de pocos amigos. Quizás en ese remate se encontraba el desenlace final de la película.

Natxo no esperó a la suerte. Se abrazó al riesgo finiquitando la nómina de recursos desde el banco. Ingresó Fran por Benito. Garai se incorporó a la cueva, con Pichu y Babic. El Reus se protegió sólo con tres, aunque apenas le inquietaba mucho. Se había desbocado en busca de la hazaña. Mensaje de ambición. Una llamada a la épica. Haro recogió la señal y disparó sin violencia. Juan Carlos sólo la vio pasar. Los rojinegros optaron por el acoso y derribo, merodearon la línea de combate pero no atinaron. No les bastó su exceso de energía. Cedieron tres puntos, pero no la dignidad.

 

mlibiano@diaridetarragona.com

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