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Como un latido de The Kop

Minuto 88, córner para el Reus y 0-0. El Estadi enloquece, tiembla, se aferra a la épica de un simple tiro de esquina. En lugar de buscar culpables, empuja. Marca Edgar y se dibuja una estampa a lo Anfield

Marc Libiano Pijoan

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Los jugadores del CF Reus y sus aficionados celebran la victoria ante el Xàtiva. Foto: Alfredo González

Los jugadores del CF Reus y sus aficionados celebran la victoria ante el Xàtiva. Foto: Alfredo González

En The Kop se han celebrado las mejores gestas del Liverpool. También se han llorado con orgullo las peores pesadillas. Su rugido ha creado una mística inigualable, la más romántica del fútbol europeo. The Kop es el fondo norte de Anfield, la casa de los red devils. Allí comparten emociones los hinchas más enérgicos. Su leyenda se inauguró en 1906 y todavía hoy permanece. El lugar fue bautizado por Ernest Edward, editor del Liverpool Echo, una de las publicaciones más relevantes de la ciudad.

A Edward ese rincón del estadio de Anfield le recordó a una colina localizada en Spion, en Sudáfrica. Allí murieron hasta 3.000 víctimas naturales de Liverpool, en una batalla entre fusileros de Lancashire y los bóers, habitantes de la zona.

The Kop puede reunir hasta 12.390 almas, aunque la vieja leyenda cuenta que en épocas de menos control y abundancia de cemento, en el mítico espacio se juntaban hasta el triple de hinchas. En él retumba el inigualable You’ll Never Walk Alone, el himno que siempre ha distinguido al viejo Liverpool. En La Colina suelen celebrar con entusiasmo desproporcionado cada córner, como buen lugar de culto británico. Su latido no suena igual que en otros lares. ‘This is Anfield’, dicen.

En el Estadi no entran ni la mitad de fieles que en The Kop. No importó demasiado el sábado, cuando probablemente Reus se acordó del fútbol como casi nunca. Se rompieron barreras y etiquetas ventajistas. Se creó un clima amable, apasionado. Ya no cuesta demasiado visualizar hinchas con la rojinegra puesta. En los aledaños del recinto, horas antes del partido decisivo ante el Xàtiva, la lucían unos cuantos, la mayoría jóvenes, recién llegados a la familia.

Hasta 4.250 devotos rellenaron el Estadi ante el Xàtiva, un rival que no seduce por tradición, aunque los chicos de Natxo pedían arropo en altavoz, una palmadita en la espalda el día en el que el play off precisaba quedar cerrado con candado. La fecha se había marcado con fluorescente. Algunos complejos antiguos se borraron porque el respetable decidió involucrarse en el concierto. Decidió no convertirse en un público aburrido y pasivo y se disfrazó de protagonista.

Como en ese córner, cuando se habían consumido 88 minutos y el Reus se mantenía en plan equilibrista. La angustia amenazaba cualquier sistema nervioso, pero emergió un ejercicio de optimismo desmesurado. Los aficionados, en lugar de mirar hacia otro, buscar culpables y señalar con el dedo, levantaron sus rostros del aposento para gritar alto y empujar. Suplicaban el último esfuerzo, una dosis extra de energía, que el flequillo de cualquiera de sus héroes peinara el balón milagroso. Ese aire británico que tomó el escenario decoró de épica el instante. Un simple tiro de esquina alimentó la esperanza.

Edgar y la carrera de locos

La fe hasta religiosa que mantuvo el equipo recogió el premio. Sirvió Vítor, prolongó Moyano y la puntera poco elitista de Edgar acarició la pelota a la red. La pureza del fútbol se recogió en pocos segundos. Hinchas absolutamente idos de alegría se abrazaban, saltaban, gritaban. Edgar echó a correr como un desposeído. Como ante el Lleida, los fisios le habían recuperado de percances físicos a contrarreloj. Dedicatoria para ellos.

No sólo la clasificación matemática inmortalizó la tarde. En Reus se olvidaron, o eso pareció, algunas averías históricas. Quedó demostrado que la ciudad puede enamorarse de su equipo de fútbol si aparecen motivos para ello. En el Estadi, el sábado, se disfrutó de esa estampa a lo Anfield que puede marcar un nuevo destino. Fue como un latido desgarrado en The Kop, ese romántico fondo.

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