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Crónica CF Reus-Espanyol B (3-1). 'Espíritu insaciable'

El CF Reus conquista su primera victoria con una exhibición de carácter, tras remontar al Espanyol B en diez minutos vertiginosos. Edgar Hernández, con dos dianas, se reencontró con el gol y David Haro completó el éxito en el Estadi
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Edgar Hernández celebra el primero de sus dos goles ante el Espanyol B. Foto: Alfredo González

Edgar Hernández celebra el primero de sus dos goles ante el Espanyol B. Foto: Alfredo González

 

Edgar Hernández desafía a la fatiga en cada uno de sus despliegues. Cada balón se convierte en una oportunidad. Sus prestaciones van mucho más allá del caramelo del gol, aunque se le ha acusado con el dedo de ternura en la definición. En cada esfuerzo que realiza aparece una parte de admiración conmovedora. Su fisonomía le obliga al trabajo desagradecido del albañil. Acude con fervor a todas las disputas aéreas. Reta a los centrales para conquistar balones divididos, sacarles el polvo y convertirlos en tesoros para sus compañeros. Suele irse a casa con cicatrices de todas las geografías. No hay rendición posible para él. 
Su oficio, eso sí, reclama el añadido más difícil. Las referencias necesitan ese alimento para justificarse. Empujar, de vez en cuando, le pelotita a la jaula y celebrar. Edgar recogió ante el Espanyol B una cosecha de méritos incuestionable. El caprichoso fútbol premió al de Gavà cuando el Reus pedía auxilio, entre el ruido del Estadi. Impaciente.
El supersónico Dalmau había agitado el partido con el 0-1 a los 63 minutos. A los de Natxo se les abría un escenario cardíaco. Necesitaban controlar más que nunca su sistema nervioso. Acudieron a la cordura. La madurez les llevó al éxito. Ni siquiera hubo espacio para la espera interminable.
Benito cabalgó por la derecha y observó a Edgar en el corazón del área. Le sirvió un balón como mordido. A los 66 minutos. El delantero quiso ceder a Olmo, que se había desbocado para un remate salvador. Aquella pelota sonrió a Edgar. Dio en el rostro del defensor y quedó muerta. No perdonó el de Gavà. Hambriento. Repleto de rabia. 
A Edgar, el destino le regaló la gloria. Ricardo Vaz, que inauguró la rotación de Natxo, se tomó la última media hora como un examen de septiembre. A todo  o nada. Recibió una pelota en la derecha, su punto de partida. Levantó la cabeza y midió su centro con ojo clínico. Cayó en la cabeza de Hernández. Su primer cabezazo chocó en Andrés, el portero del Espanyol, pero éste dio una segunda oportunidad. Edgar, como un avión, completó su obra. Sólo dos minutos después del empate.
Dominio sin premio
En realidad, el Reus exhibió jerarquía mucho antes. La justicia no le amparó. Sólo la escasez de puntería le privó de la tranquilidad. Sin ir más lejos, el repertorio de recursos ofensivos se estrenó con una pena máxima que marró Óscar Rico, al cuarto de hora. Marín utilizó la sorpresa para aparecer en el área rival. Se apoyó en Folch y éste fue más Folch que nunca. Se la devolvió como indica el librillo; de primeras. Cayó Marín y la sentencia marcó el punto fatídico. Andrés adivinó el pensamiento de Rico.
Justo antes, Fran se había plantado solo ante el guardameta blanquiazul, pero éste decidió calentar su cuerpo con el primer milagro. La poca concreción no maniató a Fran. Para el pequeño mediapunta no existen las utopías.  Muerde en cada presión. Es un amante de la aventura. El compañero de viaje más fiel.
Un trueno llamado Haro
David Haro se instaló como segundo punta en el once. Cada vez que entra en contacto con la pelota parece romperse. Miente. Su poca corpulencia crea confusión. La timidez no le impide sortear rivales porque es un trueno. Arranca y esquiva. En carrera y con todo el frente de ataque ante él desprende veneno. 
Dos disparos de Haro exigieron de nuevo la mejor versión de Andrés. El primero, repleto de belleza. Escorado en la derecha. Con una media vuelta plástica. A bote pronto. El respiro cortó la lucidez de David, aunque no importó demasiado. Ni siquiera que el Espanyol tomara ventaja. El Reus había hallado un espacio vital fiable. No cayó en el confort ni tampoco en el ataque de nervios más quisquilloso. 
A los 63 minutos, Haro había recogido un balón en tierra prometida. Quiso girarse y amenazar para el desequilibrio, pero besó el pasto. El juez miró hacia otro lado. La transición del Espanyol B se completó en dos toques. El balón voló a la espalda de los centrales. Justo a la carrera del Dalmau. Edgar Badia, el arquero del Reus, leyó bien el movimiento, pero su salida se convirtió en un suicidio porque el bote le traicionó. Culminó Dalmau.
La reacción rojinegra agrandó la figura de Edgar, bigoleador y titán. Eso sí, con un excelente comportamiento colectivo detrás. Hasta el punto que David Haro decoró el éxtasis con el 3-1 que trajo alivio a los hinchas. Benito optó por la profundidad y sirvió al primera palo. Haro concretó y firmó una carta de presentación interesante. Su expulsión final quedó en anécdota. El Reus ya había cumplido. Con su espíritu más insaciable.

Edgar Hernández desafía a la fatiga en cada uno de sus despliegues. Cada balón se convierte en una oportunidad. Sus prestaciones van mucho más allá del caramelo del gol, aunque se le ha acusado con el dedo de ternura en la definición. En cada esfuerzo que realiza aparece una parte de admiración conmovedora. Su fisonomía le obliga al trabajo desagradecido del albañil. Acude con fervor a todas las disputas aéreas. Reta a los centrales para conquistar balones divididos, sacarles el polvo y convertirlos en tesoros para sus compañeros. Suele irse a casa con cicatrices de todas las geografías. No hay rendición posible para él. 

Su oficio, eso sí, reclama el añadido más difícil. Las referencias necesitan ese alimento para justificarse. Empujar, de vez en cuando, le pelotita a la jaula y celebrar. Edgar recogió ante el Espanyol B una cosecha de méritos incuestionable. El caprichoso fútbol premió al de Gavà cuando el Reus pedía auxilio, entre el ruido del Estadi. Impaciente.

El supersónico Dalmau había agitado el partido con el 0-1 a los 63 minutos. A los de Natxo se les abría un escenario cardíaco. Necesitaban controlar más que nunca su sistema nervioso. Acudieron a la cordura. La madurez les llevó al éxito. Ni siquiera hubo espacio para la espera interminable.

Benito cabalgó por la derecha y observó a Edgar en el corazón del área. Le sirvió un balón como mordido. A los 66 minutos. El delantero quiso ceder a Olmo, que se había desbocado para un remate salvador. Aquella pelota sonrió a Edgar. Dio en el rostro del defensor y quedó muerta. No perdonó el de Gavà. Hambriento. Repleto de rabia. 

A Edgar, el destino le regaló la gloria. Ricardo Vaz, que inauguró la rotación de Natxo, se tomó la última media hora como un examen de septiembre. A todo  o nada. Recibió una pelota en la derecha, su punto de partida. Levantó la cabeza y midió su centro con ojo clínico. Cayó en la cabeza de Hernández. Su primer cabezazo chocó en Andrés, el portero del Espanyol, pero éste dio una segunda oportunidad. Edgar, como un avión, completó su obra. Sólo dos minutos después del empate.

Dominio sin premio

En realidad, el Reus exhibió jerarquía mucho antes. La justicia no le amparó. Sólo la escasez de puntería le privó de la tranquilidad. Sin ir más lejos, el repertorio de recursos ofensivos se estrenó con una pena máxima que marró Óscar Rico, al cuarto de hora. Marín utilizó la sorpresa para aparecer en el área rival. Se apoyó en Folch y éste fue más Folch que nunca. Se la devolvió como indica el librillo; de primeras. Cayó Marín y la sentencia marcó el punto fatídico. Andrés adivinó el pensamiento de Rico.

Justo antes, Fran se había plantado solo ante el guardameta blanquiazul, pero éste decidió calentar su cuerpo con el primer milagro. La poca concreción no maniató a Fran. Para el pequeño mediapunta no existen las utopías.  Muerde en cada presión. Es un amante de la aventura. El compañero de viaje más fiel.

Un trueno llamado Haro

David Haro se instaló como segundo punta en el once. Cada vez que entra en contacto con la pelota parece romperse. Miente. Su poca corpulencia crea confusión. La timidez no le impide sortear rivales porque es un trueno. Arranca y esquiva. En carrera y con todo el frente de ataque ante él desprende veneno. 

Dos disparos de Haro exigieron de nuevo la mejor versión de Andrés. El primero, repleto de belleza. Escorado en la derecha. Con una media vuelta plástica. A bote pronto. El respiro cortó la lucidez de David, aunque no importó demasiado. Ni siquiera que el Espanyol tomara ventaja. El Reus había hallado un espacio vital fiable. No cayó en el confort ni tampoco en el ataque de nervios más quisquilloso. 

A los 63 minutos, Haro había recogido un balón en tierra prometida. Quiso girarse y amenazar para el desequilibrio, pero besó el pasto. El juez miró hacia otro lado. La transición del Espanyol B se completó en dos toques. El balón voló a la espalda de los centrales. Justo a la carrera del Dalmau. Edgar Badia, el arquero del Reus, leyó bien el movimiento, pero su salida se convirtió en un suicidio porque el bote le traicionó. Culminó Dalmau.

La reacción rojinegra agrandó la figura de Edgar, bigoleador y titán. Eso sí, con un excelente comportamiento colectivo detrás. Hasta el punto que David Haro decoró el éxtasis con el 3-1 que trajo alivio a los hinchas. Benito optó por la profundidad y sirvió al primera palo. Haro concretó y firmó una carta de presentación interesante. Su expulsión final quedó en anécdota. El Reus ya había cumplido. Con su espíritu más insaciable.

 

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