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Crónica Nàstic-Albacete (2-2). 'Delirio épico'

El Nàstic rescata un punto en el descuento ante el Albacete arropado por la heroica. Los granas, que merecen ganar con claridad, igualan un 0-2 con 10 jugadores, tras la expulsión de Manolo Martínez
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Los jugadores del Nàstic celebran del 2-2 de Marcos. Foto: Pere Ferré

Los jugadores del Nàstic celebran del 2-2 de Marcos. Foto: Pere Ferré

 

Giner gritó auxilio en una estrategia. A tres del 90. Con el Nàstic golpeado por un rival con piel de cordero, pero de mirada asesina. El valenciano sirvió con el alma y Molina se agigantó en el salto. Cabeceó a la red y llamó a filas a sus compañeros. El furor del central para poner el 1-2 contagió al equipo, desfondado, pero con el corazón intacto. No existe un jugador más entusiasta que Xavi Molina. Su grito de rabia simbolizó el arreón final conmovedor del Nàstic. 
Giner volvió a convertirse en agitador por la izquierda en el siguiente mordisco. Con el descuento amenazando. Centró para el remate de Marcos y la continuación de Álex López, que besó la cruceta. Como toda épica, eran innegociables los instantes cardíacos. Porque también tuvo que intervenir de urgencia el arquero grana Reina. En una contra definitiva del Albacete. Fue valiente y salió a por César, un avión en la galopada. Le paró los pies. 
A Marcos De La Espada siempre le gustó la pesca. En sus veranos mallorquines suele visitar con frecuencia el mar. Ayer pescó un penalti que no pareció, pero que valió millones. Marcos saltó para la desesperada, aunque su rostro nunca invita al desasosiego. Ante Pulido se inventó un agarrón y cayó. El colegiado le dio la razón. Él mismo, como el pescador más racional, culminó con un lanzamiento repleto de hielo. Ni pestañeó. En realidad, el punto significó un mal menor, porque el Nàstic mereció conquistar los tres.
Dominador total
Álex López sobrevivió a un tanteo incómodo. Sólo intuía la pelota en el cielo. Su metafísica le obliga al trabajo feo de la intendencia. El de convertir ladrillos en flores. La responsabilidad consiste en quitarle la nieve al balón, mimarlo y descargarlo con sentido. No acabó de sentirse feliz en el arranque, pero no desesperó. La paciencia le llevó a la conexión. Sólo necesitó una pelota limpia para sentirse protagonista. Esperó un cuarto de hora, pero valió la pena. Creció al ritmo que su equipo se reencontró. Con Rocha administrando con delicadeza la posesión. Si el extremeño juega, fluye el Nàstic. No es un secreto, sólo una verdad como un templo. Y Rocha le dio continuidad a sus apariciones. 
Los granas terminaron arrinconando al Albacete con un ejercicio de energía abrumador. Todo empezó con un despliegue poderoso de Mossa, un especialista de la banda. Arrastró y se acercó a la cueva. Le faltó aire para acabar con cordura la acción. Disparó desviado, pero no importó. Se desbocó el Nàstic. Se olvió de las cadenas tácticas y del miedo.
Álex se descolgó al costado derecho para recoger una pelota golosa a los 20 minutos. Desafió a Nuñez en el mano a mano con una especie de zapateao flamenco. Le superó con elegancia. Álex analizó el horizonte y sirvió al corazón del gol. Cayó Rayco antes de empujarla. Eiriz Mata, el juez, miró hacia otro lado. Sus antecedentes con el Nàstic generaron sospecha. 
Jean Luc intuyó disfrute y se animó. Otra excelente noticia. Cuando arranca, con esos pasitos tímidos, parece frágil, pero engaña. Pararle, una quimera. Jean Luc ha entendido que el fútbol, al fin y al cabo, es un juego de buenas decisiones. Ha aprendido a elegir mejor. Filtró un pase coherente al movimiento de Rayco, que no alcanzó. El Nàstic empujaba pero no terminaba nada. 
Cero puntería
A los 25 minutos, Rocha recibió de espaldas con el aliento de Edu Ramos amenazándole. Le sorteó con una maniobra deliciosa. Giró y afinó la diestra para mandar la pelota al espacio. Álex interpretó bien y miró al arquero visitante Sánchez. De nuevo, salvador para el ‘Alba’. Le esperó para sacar el remate con el gancho izquierdo. Murió el parcial con una sensación de asombro por el buen aspecto del Nàstic. Preocupó el punto de mira. La escasez de puntería.
El fútbol suele abrazarse con frecuencia a lo inesperado. Resulta caprichoso de costumbre. De ahí su encanto. Su mística. El Nàstic vivía en la jerarquía. Gobernaba con personalidad. Se había instalado en la confianza. Sólo bastó un detalle para que se modificara el escenario de forma radical. Fue en algo tan tradicional y tan básico como un córner. El balón parado, la estrategia, no deja dormir a los entrenadores. La pizarra premió a Luis César. 
El saque de esquina visitante generó movimientos misterioros dentro del área. Generó dudas. La pelota cayó donde quería Edu Ramos, instalado en la frontal. Controló y la impactó mordida. La colocación le ofreció gloria. Abrazó la red ajustada al poste derecho de Reina. A los 59 minutos. Hasta entonces, no hubo noticias del Albacete en las artes del ataque. Ramos se estrenó entre palos con la precisión de un reloj suizo. El Nàstic vio castigado su perdón con contundencia. La ley más vieja del fútbol.
A Manolo le traicionó el ímpetu en una pugna física con César. La pesadilla se confirmó con su expulsión con roja directa. El codazo delató a Manolo, que apenas presentó quejas con media hora por delante. Dejó al equipo en inferioridad, ya con Emaná en el césped. La carta más esperanzadora en la rotación. Los visitantes gestionaron con inteligencia el guión. Encontraban espacios para mover el balón y la fatiga agitaba al Nàstic. Además, Giner cometió penalti sobre César en el suspiro definitivo. Los dos midieron carrera como amantes de la velocidad y salió vencedor el manchego. Acertó Rubén Cruz y los hinchas más pesimistas, incluso los realistas, olvidaron que su equipo nunca muere. No lo hizo el Nàstic. Apoyado en su espíritu de supervivencia. También en su orgullo. El delirio final dignificó la épica más bella.

Giner gritó auxilio en una estrategia. A tres del 90. Con el Nàstic golpeado por un rival con piel de cordero, pero de mirada asesina. El valenciano sirvió con el alma y Molina se agigantó en el salto. Cabeceó a la red y llamó a filas a sus compañeros. El furor del central para poner el 1-2 contagió al equipo, desfondado, pero con el corazón intacto. No existe un jugador más entusiasta que Xavi Molina. Su grito de rabia simbolizó el arreón final conmovedor del Nàstic. 

Giner volvió a convertirse en agitador por la izquierda en el siguiente mordisco. Con el descuento amenazando. Centró para el remate de Marcos y la continuación de Álex López, que besó la cruceta. Como toda épica, eran innegociables los instantes cardíacos. Porque también tuvo que intervenir de urgencia el arquero grana Reina. En una contra definitiva del Albacete. Fue valiente y salió a por César, un avión en la galopada. Le paró los pies. 

A Marcos De La Espada siempre le gustó la pesca. En sus veranos mallorquines suele visitar con frecuencia el mar. Ayer pescó un penalti que no pareció, pero que valió millones. Marcos saltó para la desesperada, aunque su rostro nunca invita al desasosiego. Ante Pulido se inventó un agarrón y cayó. El colegiado le dio la razón. Él mismo, como el pescador más racional, culminó con un lanzamiento repleto de hielo. Ni pestañeó. En realidad, el punto significó un mal menor, porque el Nàstic mereció conquistar los tres.

Dominador total

Álex López sobrevivió a un tanteo incómodo. Sólo intuía la pelota en el cielo. Su metafísica le obliga al trabajo feo de la intendencia. El de convertir ladrillos en flores. La responsabilidad consiste en quitarle la nieve al balón, mimarlo y descargarlo con sentido. No acabó de sentirse feliz en el arranque, pero no desesperó. La paciencia le llevó a la conexión. Sólo necesitó una pelota limpia para sentirse protagonista. Esperó un cuarto de hora, pero valió la pena. Creció al ritmo que su equipo se reencontró. Con Rocha administrando con delicadeza la posesión. Si el extremeño juega, fluye el Nàstic. No es un secreto, sólo una verdad como un templo. Y Rocha le dio continuidad a sus apariciones. 

Los granas terminaron arrinconando al Albacete con un ejercicio de energía abrumador. Todo empezó con un despliegue poderoso de Mossa, un especialista de la banda. Arrastró y se acercó a la cueva. Le faltó aire para acabar con cordura la acción. Disparó desviado, pero no importó. Se desbocó el Nàstic. Se olvió de las cadenas tácticas y del miedo.

Álex se descolgó al costado derecho para recoger una pelota golosa a los 20 minutos. Desafió a Nuñez en el mano a mano con una especie de zapateao flamenco. Le superó con elegancia. Álex analizó el horizonte y sirvió al corazón del gol. Cayó Rayco antes de empujarla. Eiriz Mata, el juez, miró hacia otro lado. Sus antecedentes con el Nàstic generaron sospecha. 

Jean Luc intuyó disfrute y se animó. Otra excelente noticia. Cuando arranca, con esos pasitos tímidos, parece frágil, pero engaña. Pararle, una quimera. Jean Luc ha entendido que el fútbol, al fin y al cabo, es un juego de buenas decisiones. Ha aprendido a elegir mejor. Filtró un pase coherente al movimiento de Rayco, que no alcanzó. El Nàstic empujaba pero no terminaba nada. 

Cero puntería

A los 25 minutos, Rocha recibió de espaldas con el aliento de Edu Ramos amenazándole. Le sorteó con una maniobra deliciosa. Giró y afinó la diestra para mandar la pelota al espacio. Álex interpretó bien y miró al arquero visitante Sánchez. De nuevo, salvador para el ‘Alba’. Le esperó para sacar el remate con el gancho izquierdo. Murió el parcial con una sensación de asombro por el buen aspecto del Nàstic. Preocupó el punto de mira. La escasez de puntería.

El fútbol suele abrazarse con frecuencia a lo inesperado. Resulta caprichoso de costumbre. De ahí su encanto. Su mística. El Nàstic vivía en la jerarquía. Gobernaba con personalidad. Se había instalado en la confianza. Sólo bastó un detalle para que se modificara el escenario de forma radical. Fue en algo tan tradicional y tan básico como un córner. El balón parado, la estrategia, no deja dormir a los entrenadores. La pizarra premió a Luis César. 

El saque de esquina visitante generó movimientos misterioros dentro del área. Generó dudas. La pelota cayó donde quería Edu Ramos, instalado en la frontal. Controló y la impactó mordida. La colocación le ofreció gloria. Abrazó la red ajustada al poste derecho de Reina. A los 59 minutos. Hasta entonces, no hubo noticias del Albacete en las artes del ataque. Ramos se estrenó entre palos con la precisión de un reloj suizo. El Nàstic vio castigado su perdón con contundencia. La ley más vieja del fútbol.

A Manolo le traicionó el ímpetu en una pugna física con César. La pesadilla se confirmó con su expulsión con roja directa. El codazo delató a Manolo, que apenas presentó quejas con media hora por delante. Dejó al equipo en inferioridad, ya con Emaná en el césped. La carta más esperanzadora en la rotación. Los visitantes gestionaron con inteligencia el guión. Encontraban espacios para mover el balón y la fatiga agitaba al Nàstic. Además, Giner cometió penalti sobre César en el suspiro definitivo. Los dos midieron carrera como amantes de la velocidad y salió vencedor el manchego. Acertó Rubén Cruz y los hinchas más pesimistas, incluso los realistas, olvidaron que su equipo nunca muere. No lo hizo el Nàstic. Apoyado en su espíritu de supervivencia. También en su orgullo. El delirio final dignificó la épica más bella.

 

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