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Cruel despedida

El Reus cae ante el Córdoba en el minuto 90, tras un gol de Aythami. Los rojinegros compiten con honestidad y pueden ganar el partido

Marc Libiano

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Alba Mariné

Alba Mariné

Se había encendido la luz del 90, con el Córdoba pidiendo clemencia, instaurado en un estado de desesperación terrible. Su futuro caminaba en un alambre y no había descosido a un Reus honesto, profesional, incluso plástico. El Córdoba se encomendó a los santos inocentes en un córner final con aroma inglés. De esos que los adeptos celebran como un gol por la esperanza que genera. Aguza pateó con la derecha y voló Aythami, que se disfrazó de Alexanco cabecear con el alma a la red de Badia. El Córdoba había conquistado un premio que no mereció. Sólo la fe, su extremo deseo lo permitió. Salió con vida de Reus y dejó en el Estadi un sabor cruel la noche de despedida. Nada empaña eso sí un curso delicatessen del Reus.

Quintanilla había agitado la noche mucho antes en otra estrategia que ejecutó a la corta Aguza, un auténtico valor a pelota parada. La sirvió al segundo poste y en la mordida, Quintanilla fue más listo que nadie. Con la punterita, lejos de la estética, remató la red. Sin respuesta de Supermán, vendido ante el peligro. El Reus perdió la atención en un registro indispensable, cuando se habían consumido 24 minutos. Y eso que había amanecido con buenas maneras. Metido en faena. Desconectado de las sospechas.

Fran encontró una grieta a la espalda de Fernández, en el costado zurdo. Corrió a campo abierto con ese entusiasmo juvenil que le distingue. Recibió con puntualidad de Menéndez y cedió al corazón del área, aparecía por allí Domínguez con sorpresa. Ejecutó de primeras, pero Aythmai se cruzó como un avión. Escupió la pelota. El Reus parecía controlar los latidos del partido. Sólo hasta que se despreocupó de un balón parado. Pecado capital.

El Córdoba destinó sus esfuerzos a recogerse. Había alcanzado un tesoro. No le importó demasiado perder la pelota. Le pudo costar el empate en otra aventura utópica de Fran. Transforma imposibles en realidades con una facilidad fascinante Fran. Controló entre líneas y se desplegó entre un mar de piernas malignas. Disparó desde la frontal y el rechace cayó muerto a las botas de Juan Domínguez, que de nuevo compareció por el área sin avisar. Golpeó de nuevo sin control previo. Murió la pelota en los brazos de Kieszek, el arquero del Córdoba.

Los rojinegros se tomaron como un desafío la desventaja. No se encogieron, acudieron al frente con valentía. Sometieron al Córdoba, que no salía de su refugio. Tampoco sufría gobios. Sólo en la transición, siempre arropado en los pies deliciosos de Reyes, hallaba alivio ofensivo.

Reyes ya es un solista de conciertos elitistas. Sus giras no dan para abundantes shows, pero cuando decide actuar sigue emocionando a su ejército de fans. Le queda el talento y ese afán de resistir a la jubilación.

Reyes abandonó el Estadi entre suspiros de admiración de los cordobeses que tomaron uno de los laterales del templo. Ya en pleno desenlace de la pelea. El físico le penalizó, no su fútbol. Por aquel entonces, se había diluido el mando del Reus, menos perseverante, más disperso. Garai eligió la fórmula de los dos nueves para recuperar el tono. Ingresó Edgar y se juntaron las dos torres gemelas, Hernández y Lekic. No quería ver ni en pintura la derrota el Reus.

Jovanovic exigió un milagro de Badia, con el Córdoba desbocado, en una contra con superioridad que acabó en la diestra del atacante visitante. Envió la pelota al primer poste y Edgar respondió con firmeza. Jovanovic jamás imaginó que el castigo iba a producirse en la otra orilla. El Reus le devolvió la moneda. También de estrategia.

Menéndez sirvió una falta lateral desde su perfil de zurda. Con escuadra y cartabón. Milimétrica a la cabeza de Pichu. Curiosidades de la vida. Un cordobés penalizó al Córdoba. De refilón, con la testa, anotó el empate.

La agonía resultó cardíaca, porque el Reus quiso ganar como si su futuro también estuviera expuesto sobre el verde. El ADN le obliga a competir, a no dejarse ir jamás, ni siquiera cuando sólo se juega la honra y la sonrisa de sus hinchas. Es suficiente motivo. Edgar Hernández acarició la gloria tras un centro majestuoso de Miramón. Remató con criterio, abajo, desde el sexto piso. Kieszek la escupió con los pies con asombro.

El Córdoba perdió el tino, pero no la fe y el corazón. Le quedaba la épica, que a veces sirve cuando las pulsaciones van a una velocidad incontrolable. Se topó con Badia con un doble remate venenoso. Narváez disparó liberado ya en la boca del lobo, chocó con el portero y Guardiola mandó al barrio Sol y Vista el gol salvador. Muy raro en él. Con normalidad, sin urgencias, no hubiera errado. Le salvó Aythami, el nuevo héroe cordobés. Está previsto que le hagan un homenaje en La Mezquita.

 

 

 

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