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De Tarragona a la final de la Copa Libertadores

Siete horas para lograr dos entradas. Así fue la locura argentina para estar el domingo en el Bernabéu

Raúl Cosano

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Aficionados de Boca Juniors, esta semana en Salou. Han conseguido entradas para estar en la final de la Libertadores, en Madrid.  FOTO: fabián acidres

Aficionados de Boca Juniors, esta semana en Salou. Han conseguido entradas para estar en la final de la Libertadores, en Madrid. FOTO: fabián acidres

Damián Umbert se puso el martes a las ocho de la tarde –la hora marcada desde hacía días– delante del ordenador. Fue un maratón. Estuvo siete horas, hasta las tres de la mañana. Y luego unas cuantas más al día siguiente, con una mano en la tarjeta de crédito y la otra en el F-5. En ese tiempo sólo pudo sacar dos entradas, un botín que por el esfuerzo y el tiempo invertido podría ser escaso pero que, en verdad, es bien suculento: el pasaporte para ver en el Santiago Bernabéu el esperadísimo (y accidentado) partido de vuelta de la final de la Libertadores. 

«Fue un caos. No estábamos en igualdad de condiciones. Los socios del Madrid tuvieron prioridad y ya se pudieron ver el primer día reventas bestiales», se queja Damián, argentino afincado en Salou, fan acérrimo de Boca. El pasado domingo se abría la venta primero para los socios merengues. Luego ya se hacía accesible a los seguidores de los dos equipos argentinos que buscan el título de campeón de Sudamérica. 

Había que armar todo un dispositivo tecnológico para que nada fallara. «Me puse con una tablet, un ordenador y dos móviles. A las 22.37 pude conseguir la primera entrada, por 140 euros. A las doce de la noche logré la segunda», narra Damián. El objetivo era embolsarse el máximo número de entradas para luego distribuirlas entre los aficionados cercanos. 
Las entradas de los hijos

Los hinchas de Boca Juniors y River Plate en la provincia llevan días aferrados al ordenador, hasta quitándole horas al sueño. Marcelo Alejandro Prieto, afincado en Reus desde hace tres años, es delegado en la provincia de la peña Pasión Xeneize, de Barcelona. «Yo no pude sacar mi entrada. Estuve varias horas pero no lo conseguí», admite. «Me aparecía la opción de comprar pero cuando ponía el número de la tarjeta no podía cerrar la operación», se lamenta. 

Suerte que sus hijos, Rodrigo y Leandro, también al acecho de los tickets, sí lo consiguieron vía móvil. «Compramos dos de 120 euros y una de 80. Voy con mis hijos al campo, aunque no vamos a poder estar juntos. Es una lástima, pero lo importante es estar en esta ocasión histórica», cuenta. La pena es que otro de sus hijos (de nombre Diego Armando, por Maradona, al que Marcelo conoció cuando trabajaba en un hotel de Buenos Aires) se quedará sin entrada y no podrá estar en Madrid. Entrar luego en la jungla de la reventa en internet (¡ya se alcanzan los 2.000 euros!) no era aconsejable. 

Los peñistas han actuado como una red colegiada: cada uno intentaba comprar el máximo de entradas posibles para luego dárselas a otros miembros que se habían quedado sin. «Seguro que hay gente que se ha quedado sin entrada, pero hemos intentado cubrir a todo el mundo, y sin reventa. No está permitida en la peña. Se paga lo que costó de entrada y ya está», explica Marcelo.
Su pensamiento ilustra bien la sensación agridulce de los argentinos que van a estar en Madrid en un partido inesperado: «Para nosotros esto es la llegada de Papá Noel. Se ha adelantado un mes. Es una ocasión única». Lo dice él, que ha visto cinco superclásicos entre Boca y River, uno de ellos con especial recuerdo en la memoria: «Vi jugar a Maradona y a Caniggia juntos». 

Por el otro lado, a Marcelo, llegado a España hace 16 años tras la crisis del Corralito, le perturba lo sucedido en esta Libertadores de desenlace insólito y entrebancado. «Es muy triste la imagen de cavernícolas que hemos dato al mundo», asume en mención a los altercados que impidieron la celebración del partido de vuelta. 

Hay quien hace la broma y cambia el nombre a la Copa Conquistadores. En la misma línea opina Damián, que tira de filosofía: «Dejando al lado la política y el hecho de que se cambiara la sede por dinero, uno tiene la oportunidad ahora de poder ver un partido así y debe aprovecharla. Ahora espero que no se empañe con la violencia».

Él, que salió de Argentina en 1998 hacia Estados Unidos y luego ha acabado en Salou, tiene que remontarse 20 años atrás para rememorar aquel último partido que vio en directo entre Boca y River. «Fue en la Bombonera. Estaba Navarro Montoya en la portería», dice Damián, en referencia al portero que luego jugó en España; memoria ligera ante lo que espera el domingo. Una final de la Libertadores con el rival histórico. 2-2 en la ida. Todo por decidir. 

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