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De sus hijos en las botas al fútbol en los 'tattoos': el exdelantero del CF Reus que quiere hacer historia en primera

Sergio León tiene a la afición del Osasuna cautivada

Marc Libiano Pijoan

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Los tatuajes son la gran pasión del delantero. Foto: Cedida La bota de Sergio León tiene grabados los nombres de sus hijos, Izan y Anais, además de la bandera de Andalucía. Foto: Cedida

Los tatuajes son la gran pasión del delantero. Foto: Cedida La bota de Sergio León tiene grabados los nombres de sus hijos, Izan y Anais, además de la bandera de Andalucía. Foto: Cedida

Víctor Fernández analizó con responsabilidad a aquel chico de la cantera del Betis que mantenía una relación fascinante con el gol. En 2010 eligió a Sergio León (Palma del Río, 1989), que se codeó con los mayores, en aquel fallido intento del ascenso a Primera, con los de Heliópolis luchando para reencontrar su prestigioso estatus. La salida de Víctor del club cortó la progresión de Sergio, que exhibía unas condiciones elegidas para el ataque, aunque necesitaba madurar sus aportaciones tácticas. En el filial sintió la incomodidad de un técnico, Oli, que no creyó en él.

Enero de 2011 cambió la vida del delantero. Santi Castillejo, jefe en el Reus, y José Antonio Gordillo, en aquellos tiempos director de la cantera bética, acordaron una operación solvente y barata. A coste cero. Sergio cogió los bártulos y se lanzó a la aventura, aunque nunca imaginó tanto dolor en los primeros días. Su padre, Manuel, el amigo que siempre le mantuvo la fe, murió sin despedirse. León sufrió el mal trago alejado de su gente, aunque con un desafío en su alma. «Voy a jugar en Primera, te lo prometo». El Reus se desvivía en Tercera por aquel entonces.

Castillejo acabó por transformar su personalidad deportiva. Entendió sus infiernos y trabajó sus paraísos. Siempre con la paciencia como amiga inseparable durante ese tránsito. León ascendió con el Reus al bronce en junio de 2011, tras aquella pequeña guerra civil en Níjar. No olvidó jamás que ese club le ofreció cobijo cuando andaba sin rumbo. Renovó y lució el ‘9’ en Segunda B. 18 goles en la 2012-13 le abrieron camino hacia la élite. Marchó al Elche previo paso por caja. 50.000 euros costó el pase.

En el Ilicitano, el filial verdiblanco, pidió a gritos una oportunidad en el fútbol profesional. El Elche le envió al Llagostera en verano de 2014 de prestado, gracias a la insistencia de Castillejo, que había firmado como primer técnico, y Gerard Escoda, inquilino en la secretaría técnica gerundense. A Sergio se le intuyó un cambio radical en la intendencia. Delantero de fundamentos deslumbrantes para atacar los espacios, rematador clínico con las dos piernas y alumno aventajado de la pillería para conquistar posiciones. Añadió prestaciones sin balón. Empezó a solidarizarse con los compañeros en el oficio de la presión.

El Elche ya no resistió al potencial del cordobés, que tras anotar 9 goles con el Llagostera de plata decidió iluminar al Martínez Valero. 22 aciertos, con pichichi de Segunda incluido, certificaron la explosión del andaluz el pasado curso. Los cantos de sirena le llovían en el buzón de casa. También echó humo el celular de su repre. Sergio y Rocío, la pareja reusense del futbolista, han convivido en un verano de locos. Sporting y Eibar apostaron por su traspaso. En la cláusula de León, que finalizaba contrato con el Elche en junio de 2017, rezaban 2 millones de euros. El Betis llegó a enviar mensajes de deseo. El pasado mes se oficializó su fichaje por Osasuna. 1,7 millones de euros, la razón.

«Yo le di mi palabra a Vasi y mi palabra no se negocia». Vasi es Petar Vasiljevic, director deportivo de Osasuna, avalador principal de una firma que no ha tardado en paralizar sentimientos. Sólo con tres apariciones le ha bastado a Sergio. Tres titularidades acompañadas de dos goles y penalti provocado. El Reyno de Navarrao Sadar, su nueva casa, ha enloquecido. La última obra de arte del cordobés, ante Las Palmas, con aire maradoniano, ha enamorado al firmamento.

León acumula emociones . En febrero será padre por segunda vez. Espera con deseo a la pequeña Anais. Izan, su primer hijo, luce raíces ganxets. Mientras, uno de los múltiples tatuajes que decoran su piel, reivindica «que el dolor de haberte perdido no me quite la alegría de haberte tenido». Manuel se derrite de orgullo.

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