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Eduard Esteve, profeta en casa

El reusense y su tenis agresivo conquistan el torneo ITF que se ha celebrado en el Monterols durante esta semana. En la final sobre tierra batida ha superado al suizo Nikles

Marc Libiano

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El tenista reusense Eduard Esteve. Foto: Alba Mariné

El tenista reusense Eduard Esteve. Foto: Alba Mariné

Suele resultar cuanto menos curioso apreciar el diálogo interior que mantienen los tenistas consigo mismos, inmersos en una concentración casi desmesurada durante los partidos. El tenis no se trata sólo de golpear con una raqueta la pequeña y caprichosa pelota amarilla. Existe un factor mental diferencial que decide la suerte de los resultados.

El reusense Eduard Esteve se presentó en la final del Monterols como anfitrión y profeta. Lo fue en su tierra. Pega derechazos como martillos y exhibe un saque demoledor. Le costó actuar cerca de la red ante el suizo Johan Nikles, pero tampoco le hizo falta. Perdió los primeros dos juegos, pero precisamente su fortaleza psicológica le llevó a dominar la final incluso con autoridad. El segundo set lo aniquiló con rapidez. El primero sintió la resistencia de un rival que se consumió como el azúcar.

Hubo detalles imperdibles de Eduard Esteve. Entre puntos pedía a los recogepelotas su toalla, como si esta la tuviera como un amuleto. La tocaba y la soltaba, muchas veces sin secarse el sudor. Pedía cuatro pelotas por saque. Descartaba dos sólo al sentir el tacto. Celebraba a puño cerrado los puntos, que salían de sus entrañas en cada golpeo. De derecha o de revés. Con grito de fe incluido.

Decía un entendido mientras los dos aspirantes se tuteaban en la pista central, que el tenista no solamente es un jugador. También ejerce de entrenador y de psicólogo de sí mismo. Sobre la tierra batida del club reusense, Nikles y Esteve debatieron contra sus propios miedos. El suizo acabó lamentando a voz en grito sus errores no forzados, aquellos que regalan chance a los rivales. Perdió la concentración cuando Esteve conquistó el primer parcial. Prácticamente no compitió el segundo.

El incendio que caía sobre la central no impidió algunos puntos de esos que rozan la eternidad y erizan pieles de emoción, aunque algún exigente, de otra época, entonara aquella frase romántica de “el tenis ya no es lo que era. Ahora sólo pegan golpes”. Eduard Esteve terminó recogiendo el premio de campeón, después de una semana de esfuerzo, en la que 66 tenistas aspiraban a lo mismo que él. Este deporte dispone de ese encanto. Detrás de cada victoria hay un millón de deseos. Y de raquetas que luchan por derribar puertas. Como la del escaparte del torneo ITF.

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