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El Reus es un profesor de fe

Los rojinegros rascan un punto de oro de La Romareda en otra de sus exhibiciones de trabajo colectivo

Marc Libiano

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Edgar Hernández pelea un balón con un rival. Foto: José Miguel Marco

Edgar Hernández pelea un balón con un rival. Foto: José Miguel Marco

El Reus es profesor en fe, cultiva sus éxitos arropado en una actitud de hermandad colectiva fascinante. Sólo así sales indemne de La Romareda, ante un enemigo herido, exigido, al borde de la depresión. El punto significa autoestima, más creencia en el amor grupal. Es una exhibición de solidaridad. Un tesoro de pico y pala, porque durante la búsqueda hubo que partirse la cara por el compañero sin rechistar. Se trata de una inyección de futuro. De esos empates que suman una barbaridad en las cuentas de final de curso. 
 

Garai repitió con Álex Carbonell como pivote defensivo. Probablemente se trata de un hallazgo de quilates. Ante el Albacete se generó esa sospecha de la falta de exigencia defensiva en su notable aportación. En Zaragoza ya no caben dudas. Coronó una obra magistral. Con y sin el balón. Notición para el Reus.
 

Carbonell, indispensable
Carbonell se hizo gigante para que el Reus moviera la pelota con dulzura asombrosa en la puesta en escena, sobre todo por la personalidad que exhibió, ante un enjambre de entusiastas maños dispuestos a gritar cada medio segundo, para bien o para mal. 
La Romareda respira el fútbol con vino tinto del día en copa. Le da igual la categoría y la salud de su equipo. Si el Zaragoza pide ayude va con fidelidad. Sin medias obligaciones ni a regañadientes. La tradición manda. También la pasión.

A todo esto, el problema de Garai tenía que ver con las zonas determinantes, las que dirimen el bien y el mal. En tres cuartos de cancha no emergió ni un pase diferencial, ni un desborde rompedor. El Reus finalizó la puesta en escena sin disparar entre palos. Manejó mucho, amenazó poco. Sólo se recuerda un intento desviado del pequeño Haro desde la frontal y un centro sin aspirante a gloria de Miramón. Poco bagaje para tanto protagonismo. No nos olvidemos nunca del escenario ni del rival que había enfrente. 

En cambio, su enemigo avisó menos y pegó más. Fue terriblemente directo, demoledor. Sus cuatro atacantes, Papu, Febas, Vinicius y Borja Iglesias destilaban munición cada vez que hallaban la pelota. Cuatro tipos amantes del desequilibrio, eléctricos. En especial Borja, probablemente el mejor delantero de la categoría de plata. No sólo ofrece remate. Sus movimientos abren caminos, es un exponente indiscutible de la inteligencia. Si la pelota duerme en los pies de Iglesias tiembla el mundo, la Romareda sonríe, late, olvida miedo y reproches. 

Su primer remate no esperó una respuesta tan majestuosa de Badia, como un gato se manchó en el barro para escupirla. Luego, el palo y los astros se alinearon con el arquero del Reus, supersónico de reacción. Borja había recortado en una esquina con esas piernas interminables. Parece torpe. Parece. Nadie ha escrito peor mentira. 

En realidad, el problema para el Real se abría en cómo hacerles llegar la pelota a sus cuatro mosqueteros. En el origen de los ataques se convertía en excesivamente previsible. Hubo instantes de trinchera para el Reus, claro. Nadie sobrevive impoluto en Zaragoza. Gestionó las crisis con entereza el Reus, que se marchó al respiro con el botín que más o menos imaginaba. 

El fútbol resulta tan curioso e imprevisible que intercambia papeles sin escrúpulos. Fue Edgar Hernández el que otorgó la diferencia en el ataque del Reus con un pase de mediapunta. Recibió entre líneas, cuerpeó y giró. Con un ojo invisible interpretó el movimiento en diagonal de Davisd Haro al espacio libre. El servicio, magistral. Por delante de la carrera, para pegarle de primeras. Haro eligió mal. Controló y perdió el ángulo. El desenlace abría su escaparate sin definir el conquistador.

La entereza del Reus
El consumo del tiempo desconectó al Zaragoza, muy a corazonadas en su comportamiento. Su juego abusó del vértigo. Elaboró poco y se encomendó al talento de sus atacantes el equipo de Natxo, también preso de ese clima efervescente en casa. Sólo el ímpetu de Borja provocaba máxima atención al Reus. En una transición, el delantero obligó a Badia a intervenir con una mano prodigiosa. La pelota salió a la esquina. 

La fatiga abrió grietas y Garai miró al banco. En lugar de sobre proteger al Reus lo estiró. Vítor y Lekic, al césped. En cambio el gol se colocó en el flequillo de Pichu, ya con La Romareda totalmente desbocada, pidiendo el último ataque de épica a los suyos. Gus se había quedado descolgado en la izquierda, tras servir un córner. El balón llegó de nuevo a sus pies y esta vez le ejecución tomó dirección a la boca del lobo. Los dos guardianes, Olmo y Pichu, que enseñaron otra noche profesora para los niños, no conectaron, liberados. En especial el andaluz, que hasta se despeinó.

El espíritu de rebelión local se arropó desesperado al balón parado. Una estrategia estuvo a un paso de darle la razón a Natxo. Grippo la cabeceó rozando el larguero. Murió ahí una noche en La Romareda. El Reus rascó oro.

Ficha técnica

Real Zaragoza: Cristian Álvarez; Delmás, Mikel González (Grippo, min.41), Verdasca, Ángel; Zapater, Eguaras; Papunashvili (Buff, min.77), Vinicius (Toquero, min.76), Febas; y Borja Iglesias.

CF Reus: Edgar Badia; Miramón, Pichu Atienza, Olmo, Miguel García; Carbonell; Cámara (Lekic, min.66), Borja Fernández (Víctor Silva, min.61), Gus Ledes, David Haro (Tito. min.86); y Edgar Hernández

Árbitro: Arcediano Monescillo (Comité Castilla-La Mancha). Amonestó con tarjeta amarilla al local Borja Iglesias y a los visitantes Pichu Atienza, Tito y Carbonell.

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