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El mejor lloró esta vez

El Reus cae en la tanda de penaltis de la gran final de la Copa de la CERS (3-4). Los rojinegros proponen mucho más que el Sporting, pero su falta de efectividad les condena. Los lusos conquistan el título con su idea especulativa
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Decepción entre los rojinegros tras caer en la tanda de penaltis. Foto: Alfredo González

Decepción entre los rojinegros tras caer en la tanda de penaltis. Foto: Alfredo González

La CERS vuela a Lisboa alejándose del buen gusto. No apuesta por eso el Sporting. Un equipo terriblemente experto, que domina los registros diferenciales en las finales. Cree en lo que hace, es riguroso y cuenta con delanteros efectivos. Eso sí, no pretendan divertirse con el Sporting. Entre otras cosas porque escapa de cualquier estereotipo que ha definido al hockey luso siempre. No es una crítica a su idea. Es igual de lícita que el resto.

El Reus se quedó con las manos vacías después de exponerse mucho más. No miró hacia otro lado a la hora de asumir el timón del juego. De hecho no paró de remar, de descubrirse, de tomar responsabilidades en cada uno de sus ataques. No conquistó la gloria. En deporte, el resultado le da la grandeza absoluta al ganador. No hay consuelo para el perdedor. Ni siquiera aportando más cosas.

Coy había cargado su arma de francotirador en la previa. Se le notó especialmente hambriento en el arranque. Sus disparos cogían portería, pero el arquero rival no se permitió ni un lapsus de concentración. Ángelo Girao se encuentra en la élite de la portería. Sus prestaciones, de máximo nivel. Girao frenó el entusiasmo rojinegro. Sus compañeros se refugiaron en el orden y en sus milagros para permanecer en la lucha. Con la pelota, el Sporting quiso una final antagónica a la del Reus. Especuló y especuló. Fue preciso en su primera aparición ofensiva. Para hacer un daño terrible.

Tiago Losna, su atacante más talentoso, sorprendió a Molina en un remate confuso. Poco limpio. Valió igual. Sirvió para cargar de confianza al Sporting y bajarle las pulsaciones al partido. Éste entró en una monotonía peligrosa para el Reus, que intentaba generar juego, cuando apenas ocurría nada. Se chocó con un sistema defensiva militar. Su enemigo casi nunca le permitía correr, porque llevaba sus posesiones al infinito. Ligaba con el pasivo. No le importaba. El Reus estaba obligado a atacar continuamente el cuatro para cuatro.

Domínguez acudió a la rotación para hallar una dinámica más preciosita para sus chicos. Emergió especialmente Ollé, valiente en los uno contra uno. El problema de este Reus radica casi siempre en la definición. Cuando crea peligro no ejecuta. O necesita crear demasiado para hacerlo. Le ocurrió de nuevo en ese intervalo de la final. En nada se asemejó a su rival. El Sporting, del abismo, saca premio.

Un arrastre de Coy al ángulo obligo de nuevo a lucirse a Girao. El delantero del Reus quiso más. No se rendía. Mandó al poste otra cuchara repleto de veneno. Sirvió para ver morir el primer tiempo.

El Sporting mantuvo la final en una caja de hielo. Era puro insomnio. Su propuesta no resulta nada estética. Ni siquiera atractiva, pero le valía. El Reus necesitaba un zarpazo de imaginación. O manejar como nunca la pelota parada. Ese recurso iba a aparecer tarde o temprano. En batallas tan cerradas se presenta como definitivo. Los dos equipos se mantuvieron en el alambre de las nueve faltas. Dio a tiempo a que Coy acertara y llevara el partido a un nuevo escenario.

El de Cerdanyola volvió a enseñar su cuchara para batir a Girao, tapado por un mar de piernas. No le dio tiempo a reaccionar. Su insistencia recogió presente. La final entraba en territorio cardíaco. Con poco más de diez minutos en el horizonte. El Reus gestionó con grandeza el subidón anímico. Y encontró otro pequeño tesoro. Costa es un experto de las artes malabaristas. Vio que el stick de Coy preparaba otro misil a los 41 minutos y fue a buscar la pelota. La cambió de dirección con un toque sutil. El 2-1 era real. La demostración que las historias definitivas se deciden por momentos de lucidez supersónicos. Eso sí, aparecía un peligro. El Reus andaba con nueve faltas.

 

De la nada, el empate

Joao Pinto, un amante de las labores caseras en el fondo de la pista, pensó antes que el resto en el empate luso. Emergió casi de la nada. Disparó desde su cueva Figueira y el rechace fue al stick de Pinto. Tuvo imán para cazar la pelota. Igualó. Y con el Reus intacto en las nueve faltas. Así se presentó en la prórroga. Con gol de oro. Un riesgo temible.

En un acto heroico, los rojinegros mantuvieron su organización defensiva sin cometer ni una penalización durante el tiempo extra. Rozaron el título con un remate de Costa que se estrelló de nuevo en Girao, el hombre de la noche. En realidad, el Sporting dominó las artimañas de la intendencia. En todo lo que no tiene que ver con el juego fue mejor. Le valió para campeonar. En los penaltis, Poka y Nico Fernández mandaron al Reus a la lona. En un terrible desenlace.

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