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El nuevo vuelo de Edgar

Sabadell clavó una deuda dolorosa en su interior, pero el fútbol ofrece revanchas. El atacante del Reus se enfrenta a un desafío personal indiscutible, demostrar virtudes en el escalón de plata

Marc Libiano Pijoan

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Edgar Hernández celebra el gol que le anotó al Sabadell, su exequipo, la pasada temporada.  Foto: Alfredo González

Edgar Hernández celebra el gol que le anotó al Sabadell, su exequipo, la pasada temporada. Foto: Alfredo González

Sant Andreu vio estallar el rostro poderoso de Edgar Hernández (Gavà, 1987) con aquellos ruidosos 22 goles que le convirtieron en pieza franquicia del bronce futbolero en la 2012-13. Su actuación asombró al exigente y de paladar fino Narcís Sala y le permitió firmar el primer contrato profesional de su vida. No precisó acumular kilómetros. Le esperaban en Sabadell, los vecinos barceloneses que se relamían en la élite de Segunda División. El cambio de acera no resultó. Ni Salamero ni Olmo, sus dos jefes en La Nova Creu Alta, no se lo acabaron de creer. Apostaron por los expertos rockeros Aníbal Zurdo y Tamudo y Edgar se quedó con la ‘L’ de novato colgando. La desconfianza le atrapó.

El atacante eligió un cambio de rumbo, un nuevo acomodo que diera impulso a su carrera, aunque ese verano de 2014 generó mal sueño. Su salida tardó una eternidad en concretarse. El Reus fue hábil. Le esperó hasta el límite. Edgar dejó Sabadell con servicios prestados añadidos. En la inauguración de aquel campeonato 2014-15 le dio tiempo a disfrutar de un ratito ante el Betis. Marcó para despedirse. «Aquí tenéis, nos vemos», pareció gritar.

De Hernández se recuerda especialmente la imagen sentado en el palco del Estadi, justo segundos después de dar a voces su fichaje por el Reus, en el último suspiro del mercado, con las prisas ahogando gargantas. El delantero se estrenó viendo al equipo desde la zona vip, en aquel partido con exhibición de cabezazos de Marc Sellarès (2-0). Desde entonces, el de Gavà ha escrito un idilio amoroso con los hinchas.

Pichichi y ascenso

En dos temporadas, las que firmó en su contrato, el atacante ha cumplido promesas. Se le trajo para ese ascenso utópico no hace tanto y real desde hace nada. Al segundo intento y con el ‘9’ como máximo estilete se celebró. 12 goles, más tres en las Copas, le confirmaron como pieza casi indiscutible. Algunas de sus pequeñas conquistas provocaron delirios emocionales. Su gol copero ante el Lleida, en la prórroga, abrió el escaparate de los sueños.

Repitió guión en un descuento agónico ante el Xàtiva, ya en el campeonato doméstico. Ese acierto en el alambre sirvió, a la postre, para coronar el liderato. Los méritos de este futbolista, especialista en convertir misiles aéreos en margaritas, convencieron también a la planta noble, que le acaba de ampliar el contrato una temporada, con opción a otra según objetivos.

Edgar ha invertido sus horas de recreo veraniego abrazado a su gente, en especial a su hijo de menos de un año Dante y a su pareja Virgi. También siente devoción por su hermana, Ester, fiel incondicional del Reus los domingos en el Estadi. Menorca se ha convertido en un pequeño paraíso para desconectar de presiones y exigencias antes de regresar a ese universo que le mantiene atrapado.

Edgar le mira a los ojos al escalón de plata inmerso en la plena madurez y sin olvidar esa deuda del pasado. El tren vuelve a parar la estación Hernández.

 

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