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Espanto en Córdoba (Córdoba 5-0 CF Reus)

El Reus cae con estrépito ante el colista de Segunda, en la peor noche que se le recuerda en mucho tiempo. El equipo no existe durante todo el encuentro

Marc Libiano

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David Haro en una acción del encuentro de ayer en El Nuevo Arcángel. El atacante no pudo explotar su velocidad y fue superado por la defensa del Córdoba. FOTO: laliga

David Haro en una acción del encuentro de ayer en El Nuevo Arcángel. El atacante no pudo explotar su velocidad y fue superado por la defensa del Córdoba. FOTO: laliga

No suele convertirse en habitual un monólogo de rock and roll en la megafonía de los estadios de fútbol en la hora de la merienda. Sólo por eso, respeto eterno a Córdoba. Que suenen Elvis o los Australian Blonde en una previa invita a pasar mejor el frío y te altera el cuerpo. A Sergi Guardiola también pareció alterárselo. Fue el héroe cordobés. Los hinchas pidieron su estatua en la plaza de Las Tendillas. 

Guardiola domina el oficio de la definición. Es un artesano del gol. Compareció en la noche para ofrecer esperanza y regalar sueños. También para decidir. Muy del mes de diciembre. Al Reus le generó una pesadilla. Una noche de reflexión profunda y mareante.

Y eso que pareció adivinarse un escenario ideal para el Reus. Su suerte iba a cargo de la lucidez que enseñase con el balón. De la paciencia y el aseo para manejarlo. Cada vez que combinaba el equipo generaba situaciones para romper fronteras. Para hallar caminos. El Córdoba sentía esa incomodidad del necesitado. También el aliento impetuoso de sus hinchas. No pasaban una. Sólo querían ir al frente. Sin medias tintas. En todo caso, esa impresión se transformó en un espejismo.

Máyor, que regresó al foco después de sus inclemencias físicas, se equivocó en una entrega que olía a gloria. Todo empezó en la izquierda, en las piernas de Borja, que progresó y sirvió al corazón del área. El primer control de Máyor le habilitó para la última decisión. A su espalda corría como una ardilla el niño diabólico. Haro había encontrado la grieta. Al pase de Máyor resultó defectuoso. Por detrás, sin opciones para su socio, que perdió cualquier doctrina de éxito.

El Córdoba fue un torbellino de impulsos. Se expresó a zarpazos. Corazón infinito. Su primera amenaza la provocó una imprudencia de Carbonell, que se lanzó a la aventura suicida. Apuró la eterna conducción y perdió el balón en zona prohibida. Propició una transición meteórica de Galán, que disparó ajustado al palo. Curioso. Se apagó el Reus. Perdió la brújula y la fe. Emergió Guardiola, un delantero peculiar pero terriblemente cirujano.

Guardiola es un asesino silencioso. Trota de puntillas, con apariencia tímida. De esos atacantes que, cuando contacta con la pelota, decide. No distrae, pega y ni avisa. En el primer tiempo tocó dos balones. Acabaron en la red. De forma similar, en área chica, escondido entre un mar de piernas. En un suspiro. Dos minutos de distancia. El 2-0 penalizaba la ternura de un Reus, demasiado instalado en el confort. 

La noche acabó de espanto para el Reus, superado, deprimido, sin alma. Nadie halla una explicación lógica a esa sinrazón. Lo de Tenerife tenía pinta de accidente. Por lo visto no lo fue tanto. Sergio Aguza cerró cualquier sospecha de amago de reacción rojinegra. Armó la zurda desde la frontal, después de una combinación coherente y la ajustó a la derecha de Badia. Se iluminó La Mezquita. Se incendió de jolgorio el Nuevo Arcángel. Mientras renacía el Córdoba, no se apreciaba ni rastro del Reus.

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