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Deportes FÚTBOL

Final injusto y cruel para el Nàstic

El Nàstic pierde ante el Reus con un gol de Máyor en el minuto 90 de partido, en el único disparo rojinegro entre los tres palos

Jaume Aparicio López

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Foto: Pere Ferré

Foto: Pere Ferré

Los derbis no se miden por la justicia. No existe en el fútbol tal concepto. Ni poétic ni de ningún tipo. La única regla válida es el gol. Gana el que marca. Las ocasiones no sirven. Los errores arbitrales tampoco. Sólo los goles. Las veces que el cuero besa la red. Es lo único que cuenta. Y ahí, solo ahí, el Reus fue mejor. Disparó una vez entre los palos y se llevó el derbi. Tres puntos que le acercan a la salvación y, de paso, hunden al Nàstic. Le despiden dejándolo en zona de descenso. A un un punto de la salvación y con un golpe anímico difícil de superar.

Máyor desencadenó un desenlace inesperado . Como les había advertido Natxo González en el vestuario, la ocasión llegaría cuando su rival menos se lo esperase. Apuraron los rojinegros hasta el 90. Con el Nàstic volcado en el área reusense. A los grana ni se les pasaba por la cabeza que pudieran perder un choque en el que apenas habían sufrido defensivamente.

El delantero del CFReus vio la oportunidad de convertirse en protagonista. Desterró el cansancio que le acarreó 90 minutos corriendo tras el balón para ilusionarse con la aventura de su socio en ataque David Haro. Iban agotados. Asfixiados pero con un deseo incontenible de hacer saltar el derbi.

El ‘pequeño’ extremo le puso el cuero largo, lejos del alcance de Molina. Máyor no se lo pensó. Tal y como le llegó, le pegó con la rabia de quien lleva demasiado tiempo ausente del gol (cinco jornadas hacía que no probaban su sabor). Reina la tocó. Logró desviar el cuero pero no lo suficiente para evitar que avanzara hasta su red. La épica se escribió en rojinegro. Un final tan cruel para el Nàstic como dulce para sus vecinos.

Choque intenso

Ambos equipos ofrecieron un partido intenso con dos visiones claramente palpables en el césped. El Nàstic practicó un despliegue ofensivo, pero comedido, por los pasillos interiores. El Reus fue invariable en su postura protectora sobre un Edgar Badia que volvió a desplegar sus alas de ángel.

‘San Edgar’ hizo necesario llamar a Iker Jiménez para explicar su intervención ante Perone. La puso lejos el central italobrasileño. Inalcanzable para cualquier arquero mortal. Menos para Edgar. El guante salió de la nada. Impulsado por unos reflejos supersónicos que arrebataron la felicidad al Nou Estadi.

Emaná también tentó al guardián rojinegro con un disparo impresionante. Después de una delicatessen propia del genio de Yaundé. El zapatazo de Achille encontró una respuesta a la altura en la portería. Firme, Edgar repelió la pelota.

Defensa brillante

El Reus se sostuvo desde el inicio en su repliegue. Un fortín inexpugnable. Una auténtica máquina de devorar creatividad entre líneas. Ni los cambios obligados por la lesión (Ángel y Pichu Atienza) desentonaron en la belleza defensiva rojinegra, convertida en una clase magistral de táctica diseñada y ejecutada con precisión. El único punto débil resultó ser el contragolpe.

Álex López abrió el camino hacia la meta del Reus a los 20 minutos de juego. Marcó el pase al hueco con la mirada. Tejera lo leyó como nadie. La asistencia del barcelonés acabó en un control dirigido y el cuero en el fondo de la red. Pero el colegiado, mal asesorado por su asistente, invalidó la jugada por fuera de juego.

La buena presión ejecutada por los arietes granas abría eso hilos entre costuras que Tejera y Lobato tanto les gusta destrozar. El ‘9’ grana encontró una en esa mala salida visitante. Condujo el balón obligando a los reusenses a un retroceso incómodo. Lobato fue midiendo el tempo de los pasos para llegar al balcón del área y cargar la pierna sin oposición. Le faltó empeño en el chut porque la pelota llegó plácida a los guantes de Edgar.

El Reus encontró la estabilidad en el arte de defender. Las líneas ahogaban el control local y lo llevaban a zonas vacías. Sin peligro.

Juan Merino apostó por Muñiz, por delante de Jean Luc. Intuyendo la dificultad de rasgar el escudo rojinegro tributó por la estrategia. La pizarra como instrumento para sorprender a las marcas reusenses. El asturiano no estuvo acertado en la puesta en escena. Sólo pudo conectar con sus compañeros en un saque de esquina. Zahibo había huido de toda sombra. Saltó impecablemente pero le salió el remate desviado.

Vitor, el mago rojinegro, se mostraba aplicado en los automatismos defensivos. Adelantando la línea un buen trecho y pisando terreno grana. Pero un futbolista como él luce cuando puede acariciar el cuero. Levantar la vista y visualizar el escenario en su mente. Zahibo era el encargado de apagarle. Una tarea titánica. Excesiva para el joven galo que se cargó a las primeras de cambio con una amarilla. El luso le buscó todo lo que pudo, que no fue mucho, puesto que su prioridad era como la del resto del equipo, mantener impolutos los dominios de Badia.

En la segunda mitad, el Nàstic se lanzó con más ahínco sobre la meta rojinegra. Pisaba área pero no acertaba con la finalización. Valentín recogió un regalo defensivo inusual. Encaró con valentía pero se equivocó en la definición.

La aparición de Edgar desesperaba al cuadro de Merino. El técnico prescindió de extremos al inicio y los recuperó cuando vio que el partido pendía de un hilo y podía romperse por las bandas. Jean Luc y José Carlos entraron al césped pero detectaron errores.

Natxo Gonzalez tenía que sacar a López Garai por Albístegui, lesionado. No se desentendió del ataque el vitoriano que dispuso de Jorge Díaz por un Querol revolucionado, como todos los duelos contra el Nàstic.

El árbitro permisivo con las interrupciones rojinegras –avisó hasta en tres ocasiones a Edgar antes de amonestarle en el tiempo de descuento–, desesperaba a la grada y a la plantilla que reclamó un penalti claro por manos de Melli. Pizarro Gómez no lo pitó. Sí señaló un fuera de juego evidente de Molina que acabó en gol.

Sin atacar a Reina, el Reus empezó a presentarse en el campo tarraconense. Lo hizo tímidamente, hasta que llegó ese minuto 90. Fatídico para los granas, épicos para los rojinegros que tras años sin poder ganar al eterno rival en su estadio lo consiguen en la primera vez que la cita era profesional.

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