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Gus Ledes, goles de museo

El centrocampista portugués es el pichichi sorprendente del CF Reus, con dos dianas antológicas ante el Nàstic y el sábado en Lorca. Ha disputado al completo las cinco primeras fechas

Marc Libiano

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Ledes persigue un balón ante el Numancia. Foto: CF Reus

Ledes persigue un balón ante el Numancia. Foto: CF Reus

Todavía cuesta definir el rol de Gus Ledes (Braga, 1992), un centrocampista de buen pie, con una capacidad asombrosa para asociarse. Le viene de escuela. Se crió en el Barcelona y ha adoptado esos hábitos de rondo y caricias de balón. En todo caso, en el actual Reus parece que el portugués anda en una búsqueda irreparable del puesto. Como interior o como pivote precisa hallar la estabilidad. La mayor frecuencia en sus apariciones, la continuidad en el juego, se mantiene como asignatura pendiente. Es de esos tipos que cuando entra en contacto con la pelota desprende algo distinto. Pueden desnudar situaciones, abrir caminos. Garai le confía una fe casi ciega, en ese 4-3-3 con el que pretende coser al nuevo Reus.

Gus se expresa mayoritariamente con la zurda, su pierna natural y con la que exhibe un golpeo privilegiado. Entre algunas virtudes que le presagian ha enseñado virtuosismo para el balón parado. También ejecución de larga distancia. Es más, se ha relacionado con el gol con una pasión desmesurada. Dos aciertos le distinguen. Dos obras de arte que el Picasso aceptaría sin pestañear.

Ante el Nàstic iluminó al Estadi en un estreno fetiche, en el derbi territorial, en la segunda fecha. Anotó el 1-0 en una falta de esas de las que nadie espera nada. Con un millón de millas por delante, escorado en la derecha. La pegada del mediocampista sorprendió a Dimitrevski. La curva envenenó la dirección de la pelota hacia el ángulo izquierdo. Fue gol. Un rock and roll genuino. Muy al estilo de Suspicious Mind de Elvis.

Gus andaba incómodo, terriblemente incómodo, el pasado sábado en Lorca. Refunfuñando, en contra de un guión que se alejaba de su naturaleza. No veía el balón. En el corazón del segundo tiempo decidió tomar aventura. Con el Reus en el alambre, en mínima desventaja. Recibió perfilado con la frontal en el horizonte. No avisó. Ejecutó de nuevo con su izquierda, esa pierna de seguridad que nunca falla. Mandó la pelota a las telarañas. Rescató puntaje y alivio, en una mala interpretación del Reus, en las entrañas de Murcia, a pleno septiembre.

El arquitecto portugués, tras cinco jornadas, se ha situado en la pole de artilleros, algo totalmente casual e interino. El Reus no luce, hasta el momento, registros goleadores deslumbrantes. Ha consumado tres, dos de ellos de este tipo con un tren inferior explosivo. Dos reliquias de museo que encienden el fino paladar de los hinchas y también una costumbre peligrosa. No todos los domingos salen definiciones antológicas. Con Gus parece que todo es posible.

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