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Henriques tenía la llave de la final

El Reus luchará mañana, ante el Barça (12.30 horas), por la Copa del Rey, después de eliminar al Vic en la tanda de penaltis. El arquero portugués ha parado cuatro de cinco tiros. Es más, en la prórroga con gol de oro, ha atajado otro tiro directo a Mia Ordeig

Marc Libiano Pijoan

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Foto: Reus Deportiu

Foto: Reus Deportiu

El factor Pedro Henriques asomó por Alcobendas. En Da Luz veneraron su condición de especialista. De ‘parapenaltis’ y directas para los niños del colegio. El portugués completó una tarde memorable no solamente por su lección de cordura ante el riesgo. También por su exhibición de cómo trabajar la portería durante 50 minutos cardíacos. La Copa, en parte, es eso. Altera con extrema facilidad los biorritmos. Henriques pareció jugar en el salón de casa. Su rostro no visitó el médico de cabecera. Tampoco el manicomio. Resolvió la tragedia en la prórroga, cara a cara ante Mia Ordeig. En la tanda decisiva paró cuatro de cinco. Héroe.

El Reus entró en el partido frío, como anestesiado por ese ritmo cansino que el Vic suele imprimir a sus conciertos. Le importa poco el entretenimiento. Se desvive por controlar los tiempos. El paso. Lo logró en la inauguración y halló además un acomodo extra. El Reus andaba sin intensidad defensiva. Preocupante. Lo corroboró Cristian con el 1-0. Torra y Marín se confundieron en el hombre a hombre y Cristian quedó liberado en el segundo palo. Convirtió sin pestañear. Casanovas cosió el primer desgarro. Definió una pena máxima que Platero había fabricado con inteligencia, llegando como tercer hombre en una transición. Podía parecer un buen argumento para que el equipo hallara la energía, pero cambió cero el escenario. Es más, los osonenses volvieron a golpear con esos tiros mordidos y misteriosos de Mia Ordeig. Le han valido durante toda una carrera. Nadie los ha conseguido defender.

Mariotti modificó el sistema defensivo y mandó a sus chicos a presionar en propia pista al Vic, cuando éste quería dibujar su cuatro para cuatro. Marín certificó un nuevo paisaje. No con sus trucos de magia habituales. Sí en una directa. Presume de especialista maravilloso el Reus. Cuando ejecuta, Marín clava su mirada en el arquero rival. Camps movió un cabello, por ahí se la coló Marín. El capitán le había dado las gracias al osonense Presas, que se autoexpulsó después de un choque incongruente ante Salvat, que perdió algún diente. La obra caridad del Vic no terminó ahí. Segundos después, Llorca vio la azul directa e invitó de nuevo a Marín, que tomó su juguete preferido. Directa es igual a gol si el capitán siente el protagonismo. El Reus le había dado la vuelta al partido sólo con esa efectividad milimétrica en la pelota parada. Hockey moderno.

Pujalte encendió entonces el espíritu de supervivencia que exhibe su escuadra cuando siente el agobio. El Reus parecía entero, pero olvidó que sin defender resulta una quimera ganar partidos de nivel astral. Una semifinal de Copa, por ejemplo. Burgaya igualó con su pala exterior y acabó con la noria del primer parcial. Un millón de emociones para tan pocos segundos.

Mariotti necesitaba dar con dos teclas en el respiro. Convencer a sus jugadores de esa necesidad urgente de alcanzar la rigurosidad cuando había que guardar la ropa. Otra con ciertos rasgos de alarma; conectar a Torra. Pareció lograrlo. La pelea se cerró. Se olvidaron despistes y abandonos. Torra halló un lugar en la pista. Se relacionaba con la pelota a menudo y exhibía ligereza en los manos a manos. El factor portería también emergió. Henriques y Camps conocían de antemano su papel. Tomaron responsabilidades en el juego.

Casanovas pudo acabar con la resistencia osonense con una pena máxima que esta vez no concretó. No evitó la prórroga, con un riesgo descomunal. El Reus andaba con nueve faltasde equipo. Precisaba protegerse con solidaridad infinita. No escapó del riesgo el Reus, pero Pedro Henriques recordó que en Lisboa había convertido milagros en rutina en esas acciones de solo ante el peligro. Cuando el resto de almas de encogen, la suya suelta carcajadas. Lo comprobó Ordeig, que se estrelló contra el arquero portugués. Una delicia de Marín al poste envió la suerte del partido a los penaltis. El Reus estaba tranquilo. Henriques tenía la llave.

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