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Honor a la dignidad (0-1)

El CF Reus conquista Alcorcón, donde nadie había ganado hasta ahora, con otro ejercicio de supervivencia. En la semana más oscura, los rojinegros reviven en la Liga

Marc Libiano

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FOTO: LALIGA 123

FOTO: LALIGA 123

El Reus se ha acostumbrado a rebelarse contra los elementos. Ha logrado encontrar su mayor riqueza en la escasez. Ha llevado la dignidad a extremos insospechados. Su comportamiento responde más al de una pandilla de amigos de la infancia que al de un equipo de fútbol, de 25 tipos que deben mirar por ellos y sus circunstancias. En Alcorcón no había ni un solo motivo para sonreír, pero ese insólito y sorprendente espíritu de supervivencia elevó de nuevo a los altares al Reus. Conquistó un escenario en el que nadie había arañado nada y ante un enemigo que presumía de liderato. Justo en la semana de la extrema depresión. Cuando todo parece que se derrumba, el Reus. Siempre el Reus.

No se trata de una situación esporádica. El Reus acumula cinco meses en las tinieblas, pero sobrevive. Por lo menos se mantiene con vida. Ha soportado obstáculos, penurias y un presente institucional desolador. De momento aguanta. El equipo sostiene al club en un alfiler.

La  protesta
El abrazo con aroma a protesta del primer minuto resultó conmovedor. Los once sujetados en el centro del campo y los hinchas del Alcorcón de pie, sonando palmas de comprensión. La reivindicación de unas condiciones de trabajo mínimas terminó al minuto. Fue un mensaje dirigido a la planta noble. Del resto se encargó el fútbol. El Reus no ganó en Alcorcón con su versión más estética. Cambió belleza por solidaridad. En eso fue un ejército italiano. Si el mundo va contra nosotros, nosotros vamos contra él.

Pronto, los chicos de Bartolo se percataron de que enfrente había enemigo de verdad. El Alcorcón lleva los partidos a un ritmo extremo. Domina su estadio como nadie. Santo Domingo es tierra movediza, incómoda hasta para los que pretenden bailar ballet. Bartolo decidió modificar el dibujo, mucho más tradicional, con Querol de estreno en el inicial como socio de Linares en el frente de ataque. El equipo se ordenó en un sistema defensivo detallista, casi militar. Creció a partir del rigor. No concedió nada, a pesar de la terrible energía que desprendía el Alcorcón, a mil por hora desde el calentamiento. Un remate de Galán salió desviado. Fue lo único de los madrileños en el primer tiempo.

En cambio, a los 21 minutos, el Reus sacó partido de una estrategia para tomar ventaja. Hubo doble remate de Linares y Planas, Bellvís se apoyó en la mano para evitar el gol. Penalti y expulsión. Notición. Por fin el viento de cara para el Reus.Gus convirtió con precisión la pena máxima y se abrió la luz. Una oportunidad única para rescatar vida. Y el ejército se aferró a sus encantos.

A los rojinegros les faltó confianza para coger la pelota y someter a su rival. Se hallan en una situación tan dramática, que no están para adornos en el juego. Su rival no le perdió la fe al partido, pero todo lo que hacía resultaba muy previsible. No se recuerdan milagros de Badia, aunque sí su categoría estelar bajo el arco para controlar cualquier acercamiento venenoso. Badia no se permitió ni una desconexión. No se las permite casi nunca.

Olmo y Catena
Tampoco los centrales, Olmo y Catena, recuperados para la causa. Regresaron al nivel superlativo que han convertido en costumbre. Hasta Shaq, un lateral con alma de extremo, decidió ponerse el casco de minero y guardó las alas en el armario. El partido pedía firmeza, no osadía ni inventos artesanos.

Acoso estéril
En realidad, el acoso del Alcorcón tuvo más ruido que otra cosa. La fatiga, lógicamente, consumió poco a poco a sus actores, a los que la inspiración se apagaba en tres cuartos de cancha, en los espacios cortos. El Reus, en cambio, pudo aniquilar el resultado con mucha menos elaboración. Cocinó menos, pero creó más. En un córner, Catena prolongó de espuela totalmente liberado. Se le marchó la pelota al anexo.

Ya en el adiós de la mañana, Fran, que se había postulado en la rotación, cruzó demasiado el balón también solo, sin oposición de piernas malignas. Con el banquillo rojinegro suplicando la hora, Bastos, otro que amaneció desde el banco, mandó la pelota al larguero. No hubo que lamentar desgracias ni exceso de perdones. El Reus acabó inyectado de autoestima en campo rival. Entero y sujetado a esas siete vidas que parece que tiene. No hay equipo más digno que él.

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