La importancia de llamarse Diego Armando

Fútbol. Marcelo, vecino de Reus, le puso a su hijo de nombre Diego Armando y se lo llegó a presentar a Maradona, que le tuvo en sus brazos cuando era un bebé

Raúl Cosano

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La importancia de llamarse Diego Armando

La importancia de llamarse Diego Armando

Diego Armando en brazos de Diego Armando, en un hotel de Buenos Aires, en 2001, con Argentina desmoronándose en aquella severa crisis del corralito. Diego Armando, que hoy tiene 19 años y vive en Reus, conoció a Maradona, aunque no se acuerde: era un bebé, tenía solo seis meses y su padre, Marcelo Prieto, que trabajaba de camarero en aquel hotel bonaerense y ahora reside en la capital del Baix Camp, coincidió con el ‘10’ durante los 15 días en que se hospedó allí. «Cuando las niñas cumplen 15 años se les hace una fiesta, como una boda. Maradona, que ya vivía por aquel entonces en Cuba, desintoxicándose, no tenía residencia en Argentina y se alojó durante aquel tiempo en el hotel donde ya trabajaba para venir a la celebración de una hija», cuenta Marcelo, residente en Reus, con su mujer y sus cinco hijos. 

Eran las once de la noche y el recepcionista avisó a Marcelo con una llamada de impacto, brindándole la opción de hacer de botones: «Está Guillermo Coppola aquí. ¿Quieres subirle las maletas?». Iba Marcelo en el ascensor con el conocido representante de Maradona y sus enseres cuando éste le dijo: «Ahora vamos a buscar las de Diego». «Ahí se me aflojaron las piernas», recuerda Marcelo, y todavía siente en sus carnes la emoción que vivió en aquellos instantes, previos a conocer al mito. En la habitación 901, sentado en un sofá, con su pelo ensortijado, ahí estaba Diego Armando Maradona. Marcelo, aún sobrecogido, estaba conociendo a uno de los mejores futbolistas de todos los tiempos.

Maradona le dijo a Coppola que le diera una propina por haber subido el equipaje y Marcelo respondió: «En vez de propina, ¿por qué no me firmas tu libro?     –las memorias Yo soy el Diego, entonces recién publicadas–». Y ahí empezó una relación de dos semanas, anecdótica para la estrella pero de honda huella para Marcelo, un simple empleado hotelero que tuvo tiempo de acercarse a la leyenda. 

«Recuerdo que me firmó cosas, le llevaba la cena por las noches, unos bifes, y la ginebra Absolut. Pasaba gente como Calamaro por allí, al que también conocí. Siempre le vi bien, nunca le vi con problemas de adicciones, había venido a estar tranquilo por la celebración de su hija».

Maradona se acabó enterando, claro está, de que Marcelo, en su inabarcable culto al ídolo, le había puesto de nombre Diego Armando a su quinto hijo varón, así que un día fue a llamar a la puerta de la habitación con el pequeño en brazos. Tocó el timbre y salió el genio. «¿Qué pasó, fiera?», le recibió. «Me tomo el atrevimiento de presentarte a Diego Armando». 

El campeón del mundo, cortés y solícito, respondió: «No me lo puedo creer». Y agarró al bebé tocayo en brazos, al tiempo en que se sinceraba. «Estuvimos hablando de su vida. Él decía: ‘Me tocó a mí vivir esto, nada más. No me acostumbro a ver mi cara en todos los lados. Estoy agradecido a la vida, a todos los que me han echado una mano para ser quien soy’», rememora Marcelo. Fueron apenas unos minutos que

Marcelo relata, dos décadas después, con gran exactitud, palabra por palabra. Tuvo tiempo el último día de la estancia, cuando el exjugador se marchaba del hotel, de arrancarle una última firma en una camiseta de Boca Juniors. «¿Las estás vendiendo?», le espetó Maradona con humor, antes de estampar el autógrafo y despedirse.

Hoy Marcelo y su hijo Diego Armando recuerdan aquel episodio con el pesar de la muerte reciente. «Ahora estaba precisamente viendo vídeos de él. Pensábamos que era inmortal… Maradona se iba y venía, le daban por muerto y luego regresaba. No hubo nadie como él en la historia. Todavía estamos asimilando lo sucedido». 

Con 14 años en 1986
Es difícil entender la conexión del país, ese vínculo sentimental que tiene algo de inexplicable, más aún si se forja, como las grandes pasiones, con el fuego de la infancia o la adolescencia. En el trascendental e histórico 1986 Marcelo tenía 14 años: «Recuerdo que vi aquel Mundial en casa. Yo vivía en Merlo, a 40 minutos del obelisco de Buenos Aires, y salimos a festejarlo por todo lo alto». Son recuerdos imborrables: la mano de Dios, el gol de época desde el centro del campo dejando atrás a tanto inglés en el Estadio Azteca, la Copa del Mundo levantada al fin; demasiados hitos para no edificar esa devoción de por vida por el Pelusa, a prueba de decepciones y errores personales. 

«Veníamos de una situación muy dura, la guerra de las Malvinas estaba reciente. Había un gobierno que no se preocupó por nada, que mandaba a chiquillos de 18 años al combate con unos fusiles que no funcionaban y allí morían. Éramos un país muy castigado, siempre con problemas económicos. Le faltaba una alegría al pueblo y Maradona supo dársela», cuenta el Marcelo. 

Por eso él, que ahora tiene 48 años, no dudó en hacer 14 horas de cola para comprar una entrada para la despedida de Maradona en la Bombonera, también en 2001, cuando en su parlamento dejó otra perla para la historia, aquello de ‘yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha’. Por eso tuvo claro que a su hijo menor le iba a poner de nombre Diego Armando. El joven lleva el bautismo con fervor. Es consciente de quién fue Maradona y milita en el amor a Boca como aficionado en el consulado de Tarragona, una entidad que aglutina a la hinchada ‘xeneize’ provincial. Asume que llama la atención cuando dice su nombre a la hora de renovarse el DNI y que se le presupongan grandes dotes (que las tiene, dice su padre) cuando un balón empieza a rodar. 

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