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La rebelión del ‘9’

El Reus conquista su primer éxito del curso con una actuación colectiva convicente y un gol de Máyor, el mejor de la noche. El alicantino primero, y después Edgar, reivindicaron sus prestaciones

Marc Libiano

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Pablo Íñiguez empuja con rabia la pelota a la red, tras el gol de Máyor.  Foto: alfredo gonzález

Pablo Íñiguez empuja con rabia la pelota a la red, tras el gol de Máyor. Foto: alfredo gonzález

Máyor ofreció magisterio sobre lo que significa actuar de nueve en el Reus. No sólo se trata de acumular celebraciones los domingos y subir fotos en Instagram para el postureo gracioso. En el Reus, su delantero centro debe arrimar las costillas, apurar el físico, sumar coscorrones con los guardianes rivales, a menudo de anatomía gigantesca. Le ocurrió a Máyor ante el Numancia. Dio un curso de inteligencia, porque actúa con el cerebro. Conoce perfectamente que, a veces, en el cuerpeo, dispone de limitaciones. Esquiva el choque. Se ausenta de una forma curiosa. Parece que se vuelva invisible. Casi siempre gana. Máyor desquició a toda Soria. Conquistó un millón de pequeñas batallas en el barro. Aire puro para el Reus.

Jesús Olmo intenta alcanzar un balón ante el meta visitante Aitor. Foto: alfredo gonzález

El gol fue el decorado a una actuación de librillo. Álex Ménendez le sacó el polvo a su zurda para poner una pelota maravillosa. En la estrategia, en una de esas faltas laterales en las que se precisa el alfiler cirujano. Máyor se quebró entre los dos centrales pero no se rompió. Se elevó con personalidad. De resto, ya saben. El flequillo de Lucky Luke. Lo conocen al milímetro.
El alicantino se despidió del partido sin éste consumido y rendido a los gritos de admiración de los hinchas. Edgar tomó el testigo de su socio con una energía brutal en los minutos del pánico. Dignificó de nuevo la intendencia del punta. Completó con firmeza la rebelión del nueve en el Reus. La platea suspira por un tipo que anote 30 goles. Equivoca el perfil y las posibilidades en la tesorería.

La cordura de los delanteros simbolizó una actuación colectiva fascinante del Reus. Manejó los registros con astucia. Entendió lo que le pedía el juego en cada instante.

Los jugadores del CF Reus celebran el 1-0 de Máyor. Foto: alfredo gonzález

Cámara madrugó para conectar la varita. Acostado en la derecha, su repertorio de virtudes técnicas le permite bailar en cualquier zona del campo. Nunca será un velocista supersónico. Lo suyo tiene que ver con el traje y la corbata. Por dentro le generó desorden al Numancia, tanto en el dibujo como mental. Cámara giró tras recibir de Gus en tres cuartos de cancha, con el partido todavía perezoso. Se perfiló y armó el látigo. Aitor, el arquero visitante, se estiró para escupir la pelota. Quedó golosa para que Máyor la acariciara hacia el éxtasis. No la alcanzó. 

El Reus jerarquizó el dominio. Quería combinar en un campo de minas. En eso se ha convertido su césped. Incómodo, quisquilloso en el bote. En todo caso, los chicos de Garai prefirieron no traicionar su esencia a convertir la noche en una carrera de galgos. Al Numancia tampoco le estresó demasiado. Refugiado en un diseño simétrico esperó. Suele hacerlo. Si te equivocas, te castiga sin clemencia. Mateu asomó en el segundo poste tras una servicio majestuoso de Manu, desde la otra orilla. La pegó mordida. Sin dolor de cabeza para Roberto, ayer titular con Badia en la grada lastimado.

Ricardo Vaz recibió un vendaje en la cabeza tras un fuerte golpe. Foto: alfredo gonzález

El flequilllo de Máyor se despeinó para acompañar a gol ese guante que enseñó al respetable Menéndez, muy mejorado, profundo, valiente. Muy él. Como Miramón en la diestra. El Reus disfrutó de dos carrileros largos que abrieron caminos insospechados por fuera. Descubrieron pasillos deliciosos. Ni siquiera la amenaza estéril de Manu del Moral, un atacante con aroma a Primera, cambió el paso del Reus. Andaba en posición ilegal, aunque su remate, desde el corazón del área, resultó profesor para los niños. 

Otro registro

El Reus precisó cambiar el pincel por los alicates cuando el partido se enredó en abundancia, ya en un segundo parcial repleto de fatiga, con los gemelos pidiendo auxilio. En ese escenario emergió Tito, un tipo que actúa con una escuadra y un cartabón para medir distancias y coser descosidos. Jamás se despista en las vigilancias. Parece un ajedrecista minucioso. Garai acudió a la rotación y eligió a Fran, un valor absolutamente fiable. Fran se lo tomó como el último baile con su chica en la Universidad. No hay mañana. En su primera aparición desafió a Medina y le sorteó hasta presentarse en el fondo. Cedió para que convirtiera Cámara. La definición repelió en Calvo y se marchitó.  Fran acarició lo que merece siempre por ese ímpetu juvenil que exhibe en el bocado final. Edgar había secuestrado una pelota en el rincón derecho y la cedió con dulzura el segundo palo, para que el pequeño diablo la empujara. Medina la barrió desde la alcantarilla. Por aquel entonces, Arrasate ya había expuesto sus delanteros de gama alta sobre el tapete. Higinio y Guillermo, dos tanques norteamericanos, querían pescar en río revuelto. Con ese juego arcaico indefendible. Balones frontales para cabezas soñadoras. El United ganó una Champions así. No hubo que lamentar tristeza. Sí mucho que celebrar.

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