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Lo que Dios ha unido que no lo separe la Libertadores

Este matrimonio de Salou tiene hoy una prueba de fuego. Damián es de Boca Juniors y María de River Plate, el Clásico argentino en una final inédita por el título sudamericano que se juega a partir de las 21.00 horas

Raúl Cosano

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María Bajoberri, con la camiseta de River, y su marido, Damián Umbert, con la de Boca Juniors, junto a su hija Zoé.  Foto: Alba Mariné

María Bajoberri, con la camiseta de River, y su marido, Damián Umbert, con la de Boca Juniors, junto a su hija Zoé. Foto: Alba Mariné

La consigna es no hablar del tema, y más estos días, con la sensibilidad a flor de piel. Mejor conversar del tiempo, de economía, hasta de política. Imaginen la situación. Un partido de Boca Juniors contra River Plate, el superclásico argentino, está considerado uno de los 50 mejores espectáculos deportivos del mundo. Ahora doblen la apuesta. Imaginen qué pasaría si esos dos equipos –lo que sería en España un Barça-Madrid–, se van a medir en la final del título más importante del fútbol en Sudamérica: la Copa Libertadores. ¿Lo nunca visto? ¿El apocalipsis? Pudiera ser, pero hay más. Imaginen un matrimonio: él, fan acérrimo de Boca; ella, fanática de River. La situación se vivirá hoy en Salou, a partir de las 21 horas, cuando empiece a rodar el balón en la Bombonera, en el partido de ida de la final. Damián Umbert es ‘xeneize’ a ultranza: «Soy hincha de Boca por mi papá. Mi abuelo se hizo de San Lorenzo, por los colores del Barça, y todos sus hijos también, menos mi padre, que se hizo de Boca». 

El veneno de esa pasión le picó pronto, de niño, mientras correteaba en el barrio de Banfield. Recuerda, por ejemplo, cómo el equipo ganó el campeonato de Liga en 1991 y él vio en las gradas de la Bombonera («notas cómo ese estadio tiembla, late, vibra el piso») el triunfo clave. Y, en la memoria, cómo no, ese Boca mítico del cambio de siglo con Palermo y Riquelme que le arrebató una Intercontinental al Madrid. «Aún vivía en Argentina, antes del Corralito que me hizo emigrar a España. El partido era a las cinco de la mañana. Tuve que ir caminando lejos, de noche, al bar. Estaba lleno, logré entrar pero se quedó fuera mucha gente, al otro lado. Recuerdo que yo les iba narrando el partido, los goles, porque no lo podían ver. Fue una locura, una alegría tremenda. Aún se me caen las lágrimas de recordarlo». 

Hasta rememora Damián a su padre, cuando estaba convaleciente en la cama, enfermo tras un ictus. De pronto reaccionó: «Era el día de mi cumpleaños. Se despertó y tuvo tiempo de soplar unas velitas, de un pastel que teníamos, y nos pusimos a cantar la canción: ‘Boca no tiene marido, Boca no tiene mujer, pero tiene un hijo bobo que se llama River Plate’. Unos días después de aquello murió. Todavía hoy me emociono». 

María Bajoberri, su mujer, no le va a la zaga en frenesí futbolístico. «¿Boca? Ni me lo nombres. Me gusta el fútbol mucho. Recuerdo que íbamos cinco amigas a la Monumental a ver los partidos. Íbamos con camisetas rojas para que se nos reconociera por la tele, para que pareciera la línea roja que surca el uniforme», recuerda ella, admiradora de Enzo Francescoli, el Príncipe, la leyenda uruguaya que marcó una época en los Millonarios. «Yo lo vivía en familia, con mi hermano. Ser de River era una tradición. Disfruté mucho en esos años en los que River siempre salía campeón», cuenta esta bonaerense, también salouense de adopción. Damián y María se pinchan y se pican, a veces al límite, intentando que la sangre no llegue al río. «Si vemos un partido juntos lo hacemos callados, sin decir nada, a veces se escapa alguna mirada… Si hay enfado de alguien procuramos que se pase rápido», relata ella. Al acuerdo de no mentar el fútbol en casa se añade otro: está prohibido influir en un sentido u otro en Zoé, la hija que tienen ambos. «Ella no se puede poner ninguna camiseta, ni de Boca ni de River… ¡Ella es del Barça y punto!», zanja María con humor.

La final de la Libertadores, a doble partido –hoy y de aquí a dos sábados–, promete emociones fuertes y tensión en familia. Damián es integrante de Pasión Xeneize, la asociación de la hinchada de Boca en Barcelona, la única peña oficial del club en Europa. «El día 24 habilitaremos uno o dos autobuses desde Salou para seguir el partido de vuelta en la sede de la peña, en Barcelona», apunta Damián, que tira de sorna: «Iremos con el corazón y con el alma. Pero para nosotros no es el partido de la historia. Boca ya es grande sin jugarlo». 

En suma, filias extremas, entusiasmos arrebatadores y pequeñas triquiñuelas domésticas. «Mi hijo Elián tiene una camiseta de Boca pero con mi mujer delante no se la puedo poner... ¡Digo que es de una sobrina!». Luego está aquella disputa costumbrista del hogar, cuando Damián puso en el toldo la bandera de Salou y María le recriminó que tuviera el amarillo y el azul, los colores de Boca. Ella respondió diciendo que iba a poner un emblema del Rayo Vallecano, para recordar a la misma franja roja que cruza toda enseña de River. Damián resume tanta militancia delirante en una frase certera, crítica, lúcida y amarga a la vez: «Imagínate lo que es para un argentino una pelotita de mierda... Si un país depende de la pelota muy mal tiene que ir, ¿no?». 

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