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Los héroes nunca se rinden

El Reus, con un ejercicio de épica abrumador, conquista el Clásico ante el Barcelona y se reengancha a la lucha por el campeonato
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Los jugadores del Reus celebran uno de los tres tantos. Foto: Alfredo González

Los jugadores del Reus celebran uno de los tres tantos. Foto: Alfredo González

Los héroes nunca se rinden, así lo cuentan las leyendas y los relatos de infancia. Son tipos de otra pasta, que ven en la inferioridad y en las adversidades un motivo extraordinario para rebelarse. Lo hizo el Reus en el Clásico, enseñó un espíritu de supervivencia memorable cuando le bombardearon en un final cardíaco, abrumador, con el Barcelona aferrado a un fondo de armario inacabable y los de Garcia colgados a lomos del Front. El Reus jugó hasta que el físico le aguantó. Luego resistió, aferrado a su honor y al aliento que el templo le ofreció de nuevo. Ya saben, al Reus siempre le queda el templo. 

Lucas Ordóñez inauguró el Clásico con un remate con el gancho al larguero. Recibió un pase majestuoso de Gual, mirando el tendido. El Reus se desnudó en el balance y la transición del Barcelona generó pánico. Nadie lamentó destrozos prematuros. 

En realidad, el Reus necesitaba ser frío en la gestión del partido. Su alma, por naturaleza, le pide vértigo, pero controlar los tiempos y las emociones, con una rotación tan mermada, sin el aval de Àlex Rodríguez, comiéndose las uñas en el palco, resultaba diferencial. Por eso, Garcia suplicó cerebro. Sus chicos recogieron el mensaje con una puesta en escena fascinante. Controlaron los registros y acertaron en la pelota parada. Casanovas es un artesano de los penaltis. Presenta un porcentaje de efectividad asombroso. Anotó ante el eterno Egurrola, después de que Marín creara el castigo. A los nueve minutos.

Justo antes, Lucas había errado su tiro ante Càndid Ballart. El Barça, a pesar de la desventaja, no acudió al manicomio. Es un equipo científico. Un enjambre de estrellas en el laboratorio. Si no se puede correr, casi que mejor. En el control se maneja con el libreto. Sota, caballo, rey. Esperó su instante para igualar, cuando en apariencia, no enseñaba amenaza. Pablo Álvarez lleva demasiado tiempo desenredando nudos. Igualó cazando una pelota de apariencia estéril. Había chocado con el fondo y salió escupida. Al stick del argentino, dentro del área. De primeras convirtió. 

El cuaderno táctico de Garcia refugió al equipo en una zona para coronar un primer tiempo de alto nivel. También para guardar oxígeno. El plan salió redondo. A menos de un bocado para el respiro, Matías Pascual perdió el norte y cometió una falta inocente en la misma pista del Reus. Fue tiro directo. Marín no acostumbra a perdonar regalos de Navidad por anticipado. Arrastró al ángulo y ofreció un tesoro. El gol contenía refuerzos psicológicos extraordinarios.

Poco le duró la sonrisa al Reus. Salvat se equivocó en un control en el estreno del desenlace. Abrió espacios para que el Barcelona corriera. Bargalló emparejó el resultado con un remate malabarista, a media altura. Había recibido de Gual, en un despliegue puntual y milimétrico azulgrana. Ese gol abrió la ofensiva de Edu Castro, el estratega del poderoso Barça. Subió la línea de presión para ahogar al Reus, al que ya se le intuían signos de fatiga preocupantes. Pablo Álvarez envió dos arrastres al larguero, con el rival pidiendo auxilio. Ballart decidió entonces que sus socios le llamaban. Tomó la responsabilidad propia de un arquero decisivo. Sostuvo al Reus.

Asfixiado, advertido, destrozado físicamente, pero nunca asustado. El Reus se armó de valor para resistir. El templo le resurgió. Y Torra, que acabó derrumbado, se inventó un penalti de quilates. Torra completó una actuación  de fidelidad maravillosa. Casanovas, de nuevo él, se encargó de escribir lo que dicen las leyendas. Los héroes nunca se rinden.

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