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Magia perezosa (CF Reus 3 - 0 Llosetense)

El Reus soluciona el trámite ante el colista con 20 minutos de inspiración. Al equipo le cuesta romper la barrera psicológica del primer gol ante un Llosetente bien replegado. Óscar Rico y Edgar sentencian en el segundo tiempo

Marc Libiano Pijoan

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Edgar Hernández celebra uno de sus dos goles ante el Llosetense. Foto: Alfredo González

Edgar Hernández celebra uno de sus dos goles ante el Llosetense. Foto: Alfredo González

Andaba el Reus metido en su particular enredo. El rival le exigía precisión cirujana, refugiado en su telaraña de piernas y disfrazado de militar riguroso. El Llosetense no hizo más que corroborar los presagios de la previa. Su condición de colista no le permitía muchas licencias, necesitaba plantar un campo de minas y rezar. Soplar para que los minutos volaran. El partido se eternizó, aunque logró sujetarlo durante muchos instantes. Más de los que pensó, probablemente.

A la vuelta del respiro, Óscar Rico agarró un balón de espaldas al arco rival, en tres cuartos de cancha, cerquita de la zona de privilegio. El mediapunta sintió el aliento de dos rivales y pensó rápido. En milésimas de segundo, dibujó una maniobra deliciosa. Sólo con el control y un amago de cadera evitó chocar con los hambrientos defensores. Les atravesó como un alfiler delgado y el periscopio se activó. Óscar ya vislumbraba la portería rival de frente. Al borde de la cal se inventó un golpeo de rosca maravilloso. Su zurda exquisita acarició el balón con delicadeza. La obra de arte terminó en el ángulo de Mingo, el guardaredes balear.

El Reus se había pasado 49 minutos descosiendo el refugio enemigo. En la búsqueda de un resquicio definitivo. En su favor habla la paciencia que enseñó. Fue maduro para saber esperar. Y eso que ante él se abría un nuevo escenario. Un partido de vuelo bajo, muy distinto a los que había conquistado en los últimos tiempos. Quizás por eso tardó más de la cuenta en sacarse las legañas de los ojos y ponerse a jugar. En parte puede considerarse hasta humano ese confort excesivo.

Natxo observó la falta de fluidez en el manejo de la pelota y modificó la posición de sus enganches en el mordisco inaugural. El equipo generaba superioridades en la creación pero le faltaban luces para dar sentido a las posesiones en los metros finales, allí donde los ataques disfrutan o no de significado. Vítor, que empezó en la izquierda, se instaló por detrás de Fernando. Haro se acostó a la derecha y Rico a su banda natural. El Reus lució más criterio. Vítor es un experto bailarín de claqué entre líneas. Con libertad para expresarse. En banda, los regresos con el lateral le aburren, le desgastan. Siempre fue un alma libre.

El portugués rozó el desequilibrio en un libre directo que ejecutó con destreza. El balón lamió la madera. Antes, David Haro halló un pasillo venenoso, escorado en la derecha. Cuando ya había sorteado a Mingo se quedó sin ángulo. Vítor decidió silbarle, muy habilitado en el segundo palo. El servicio de David, muy forzado, topó con la parte exterior del poste y se perdió en la nada.

En el descanso asomó una sensación de incomodidad sospechosa. Los hinchas necesitaban la vitamina del gol. La pedían a gritos, a veces con exceso de ansia. El run run iba a contagiarse con el consumo del tiempo. Rico lo calló con una bella melodía musical. Todo resultó más sencillo desde entonces.

La rotación engordó la razón de Natxo. En ella se escondía un valor seguro. Edgar Hernández vive iluminado. Parece que su rostro lleve incorporado un imán para los cueros. El atacante de Gavà emergió por Fernando, su alma gemela en el plantel. El pileño realizó el trabajo del albañil. Agitó a los centrales con una labor fantástica de desgaste. Sin gritar demasiado, se marchó del césped agotado y con la siempre terrible sensación que invade a los delanteros. Cuando no hay gol falta alimento.

 

La aparición estelar

Su socio lo cazó muy rápido. Literalmente, en su primera relación con el balón. A los 61 minutos. Ángel, desde la izquierda, facilitó las sonrisas. El lateral suele elegir con minuciosidad cada despliegue. La profundidad no le asusta. En parte porque su pierna izquierda le ayuda a terminar cada acción con cordura. Edgar lo agradeció con un remate con la testa en el segundo palo. Hernández no se conformó. Notó al enemigo fatigado, con el corazón roto.

Edgar le marcó el movimiento al pequeño Haro en una transición a los 64 minutos. El pase, con campo abierto y siempre por delante, dejó al delantero solo ante Mingo. Le esquivó con la puntita y concretó desde el suelo. Ahí murió la pelea. Con 20 minutos de inspiración poética. De magia perezosa.

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