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Messi, el fútbol soñado

La exhibición del barcelonista en el clásico del Bernabéu nació con el aplauso cariñoso de su afición ante la Juventus

Agencias

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El delantero argentino celebra su primer gol en el Santiago Bernabéu con su habitual dedicatoria a su abuela. FOTO: EFE

El delantero argentino celebra su primer gol en el Santiago Bernabéu con su habitual dedicatoria a su abuela. FOTO: EFE

Hay cracks más musculados y potentes, algunos son más rápidos y resistentes, otros tienen mejores momentos puntuales de forma, también existen los más simpáticos, más expresivos, menos melancólicos, más comerciales. Incluso los hay más afortunados en las grandes citas con sus selecciones resueltas en finales con prórrogas y penaltis. Se puede hablar de futbolistas de hoy, de ayer e imaginar a los de mañana, pero a estas alturas de la película, con más o menos trofeos (a decenas), con más o menos goles (a centenas) y con más o menos jugadas para el recuerdo (a miles), sólo existe uno que reúna todo con lo que un niño sueña cuando comienza a familiarizarse con un balón: fantasía, talento, gol, lucha contra la adversidad, épica.

Leo Messi demostró el domingo en el Santiago Bernabéu que los debates sobre los premios individuales de cada final de año son absurdos. El mejor futbolista del mundo es él. También el mejor jugador de la historia. Si quieren, que distingan otras categorías: el crack más constante, el más ambicioso, el más solidario con sus compañeros. Pero en la categoría global nunca ha habido color. Digan lo que digan. Messi es único.

El miércoles acabó su participación en la Liga de Campeones cabizbajo, deprimido, con los ojos llorosos y el pómulo hinchado tras una caída espeluznante. Se le habían escapado por milímetros las tres mejores ocasiones que tuvo el Barça para intentar remontar a la Juventus. En un segundo, el término fin de ciclo volvió a aparecer para el equipo azulgrana, pero también para él. No importaba que todavía fuese el máximo goleador de la presente Liga de Campeones, el Pichichi de la Liga y mandara en la Bota de Oro. No marcó en los cuartos de final ante el equipo italiano y en el mundo actual de la inmediatez eso suponía su tumba deportiva.

Hace años que Messi se impone una autoexigencia que le hace culpabilizarse de los fracasos deportivos del Barça y de la selección argentina. Acepta que de él siempre se espere lo mejor y él se frustra si no ofrece todo su potencial. Y a veces le afecta, es humano, y puede caer en un estado depresivo que limite su rendimiento en los partidos posteriores. Pero esta vez pasó algo diferente que iluminó su indescifrable mundo interior. La afición del Barça coreó su nombre cuando falló un pase en los últimos minutos ante la Juventus y premió al equipo con una ovación por su esfuerzo pese a la decepción europea. Se sentía en deuda. Le habían tocado el corazón.

Y con el corazón tocado, sólo faltó que Casemiro le tocara también los tobillos con dos faltas escandalosas que merecieron la expulsión y que Marcelo le golpeara en la boca con el codo desplazado del cuerpo (otra roja al limbo) hasta hacerle sangrar y obligarle a jugar varios minutos mordiendo una gasa para frenar la hemorragia.

Messi comenzó a pedir el balón por todas las zonas del campo, encarando al mediocentro del Madrid en campo propio, driblando interiores blancos, pisando área, rematando. Sergio Ramos está a tiempo de darle las gracias por esquivar su terrorífica entrada que, esta vez sí, supuso la expulsión. Los reflejos de Messi le evitaron la vergüenza mundial de lesionar de gravedad al mejor jugador del mundo.

Acabó logrando dos goles, el último a pocos segundos del final, mostrando su camiseta al Bernabéu, pero también al mundo, besando el escudo, su forma de responder al gesto de los barcelonistas ante la Juve. Quizás no valga para ganar la Liga, pero lo del clásico será inolvidable. Su salida del césped camino de los vestuarios fue apoteósica. Cada compañero le abrazó con ternura, cariño y delicadeza, como si se fuera a romper, con respeto y admiración.

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